ÚLTIMO ÁNGELUS DE BENEDICTO XVI
Queridos hermanos y hermanas:
En el segundo Domingo de Cuaresma la
Liturgia nos presenta siempre el Evangelio de la Transfiguración del
Señor. El evangelista Lucas resalta de modo particular el hecho de que Jesús
se transfiguró mientras oraba: la suya es una experiencia profunda de relación
con el Padre durante una especie de retiro espiritual que Jesús vive en un monte
alto en compañía de Pedro, Santiago y Juan, los tres discípulos siempre
presentes en los momentos de la manifestación divina del Maestro (Lc 5, 10; 8,
51; 9, 28). El Señor, que poco antes había preanunciado su muerte y resurrección
(9, 22), ofrece a los discípulos un anticipo de su gloria. Y también en la
Transfiguración, como en el Bautismo, resuena la voz del Padre celestial:
“Éste es mi Hijo, mi Elegido; escúchenlo” (9, 35).
Además, la
presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas de la antigua
Alianza, es sumamente significativa: toda la historia de la Alianza está
orientada hacia Él, hacia Cristo, quien realiza un nuevo “éxodo” (9, 31),
no hacia la tierra prometida como en tiempos de Moisés, sino hacia el Cielo. La
intervención de Pedro: “¡Maestro, qué bello es estar aquí!” (9, 33)
representa el intento imposible de demorar tal experiencia mística. Comenta san
Agustín: “[Pedro]… en el monte… tenía a Cristo como alimento del alma. ¿Por
qué habría tenido que descender para regresar a las fatigas y a los dolores,
mientras allá arriba estaba lleno de sentimientos de santo amor hacia Dios que
le inspiraban, por tanto, una santa conducta?” (Discurso 78,
3).
Meditando este pasaje del Evangelio, podemos aprender una
enseñanza muy importante. Ante todo, la primacía de la oración, sin la
cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo. En
la Cuaresma aprendemos a dar el justo tiempo a la oración, personal y
comunitaria, que da trascendencia a nuestra vida espiritual. Además, la oración
no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como en el Tabor habría
querido hacer Pedro, sino que la oración reconduce al camino, a la
acción.
Además, la presencia de Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas de la antigua Alianza, es sumamente significativa: toda la historia de la Alianza está orientada hacia Él, hacia Cristo, quien realiza un nuevo “éxodo” (9, 31), no hacia la tierra prometida como en tiempos de Moisés, sino hacia el Cielo. La intervención de Pedro: “¡Maestro, qué bello es estar aquí!” (9, 33) representa el intento imposible de demorar tal experiencia mística. Comenta san Agustín: “[Pedro]… en el monte… tenía a Cristo como alimento del alma. ¿Por qué habría tenido que descender para regresar a las fatigas y a los dolores, mientras allá arriba estaba lleno de sentimientos de santo amor hacia Dios que le inspiraban, por tanto, una santa conducta?” (Discurso 78, 3).
Meditando este pasaje del Evangelio, podemos aprender una enseñanza muy importante. Ante todo, la primacía de la oración, sin la cual todo el empeño del apostolado y de la caridad se reduce a activismo. En la Cuaresma aprendemos a dar el justo tiempo a la oración, personal y comunitaria, que da trascendencia a nuestra vida espiritual. Además, la oración no es aislarse del mundo y de sus contradicciones, como en el Tabor habría querido hacer Pedro, sino que la oración reconduce al camino, a la acción.
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