ATARDECER

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Remar mar adentro

27/4/11

Sin complejos

La nueva constitución Húngara empieza con una invocación a Dios y un reconocimiento / agradecimiento a la raíz cristiana de HungríaDios salve a Hungría.

Nosotros, el pueblo de Hungría, conscientes de nuestra responsabilidad, decimos lo siguiente a todos los húngaros, en este principio de milenio:

- Estamos orgullosos de que nuestro rey Esteban, santo patrón de Hungría durante mil años, haya fundado sobre buenos cimientos nuestra patria, incorporándola a la Europa cristiana.

- Estamos orgullosos de nuestros antepasados, que pereveraron en ella y lucharon por la libertad y la independencia de nuestra patria.

- Estamos orgullosos de los grandes logros espirituales del pueblo húngaro.

- Estamos orgullosos de que nuestro pueblo haya defendido Europa durante mil años, y que sus valores comunes se hayan enriquecido con sus talentos y sus esfuerzos.

- Reconocemos el papel del cristianismo en la pervivencia de la nación.

24/4/11

Christos Anesti - Cristo ha Resucitado ♫ Hristos Anesti ♫



Χριστός ανέστη

Χριστός ανέστη εκ νεκρών,
θανάτω θάνατον πατήσας,
και τοις εν τοις μνήμασι,
ζωὴν χαρισάμενος!
Christos anesti ek nekron,
thanato thanaton patisas,
ke tis en tis mnimasin,
zoin charisamenos!
Cristo ha resucitado de entre los muertos
pisoteando a la muerte contra la muerte
y otorgando vida a aquellos en las tumbas

CRISTO HA RESUCITADO, ESTÁ VIVO Y CAMINA CON NOSOTROS.

Mensaje urbi et orbi del Papa Benedicto XVI para la Pascua 2011


In resurrectione tua, Christe, coeli et terra laetentur.
En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra
 (Liturgia de las Horas.)

Queridos hermanos y hermanas de Roma y de todo el mundo:
La mañana de Pascua nos ha traído el anuncio antiguo y siempre nuevo: ¡Cristo ha resucitado! El eco de este acontecimiento, que surgió en Jerusalén hace veinte siglos, continúa resonando en la Iglesia, que lleva en el corazón la fe vibrante de María, la Madre de Jesús, la fe de la Magdalena y las otras mujeres que fueron las primeras en ver el sepulcro vacío, la fe de Pedro y de los otros Apóstoles.
Hasta hoy —incluso en nuestra era de comunicaciones supertecnológicas— la fe de los cristianos se basa en aquel anuncio, en el testimonio de aquellas hermanas y hermanos que vieron primero la losa removida y el sepulcro vacío, después a los mensajeros misteriosos que atestiguaban que Jesús, el Crucificado, había resucitado; y luego, a Él mismo, el Maestro y Señor, vivo y tangible, que se aparece a María Magdalena, a los dos discípulos de Emaús y, finalmente, a los once reunidos en el Cenáculo (cf. Mc 16,9-14).
La resurrección de Cristo no es fruto de una especulación, de una experiencia mística. Es un acontecimiento que sobrepasa ciertamente la historia, pero que sucede en un momento preciso de la historia dejando en ella una huella indeleble. La luz que deslumbró a los guardias encargados de vigilar el sepulcro de Jesús ha atravesado el tiempo y el espacio. Es una luz diferente, divina, que ha roto las tinieblas de la muerte y ha traído al mundo el esplendor de Dios, el esplendor de la Verdad y del Bien.
Así como en primavera los rayos del sol hacen brotar y abrir las yemas en las ramas de los árboles, así también la irradiación que surge de la resurrección de Cristo da fuerza y significado a toda esperanza humana, a toda expectativa, deseo, proyecto. Por eso, todo el universo se alegra hoy, al estar incluido en la primavera de la humanidad, que se hace intérprete del callado himno de alabanza de la creación. El aleluya pascual, que resuena en la Iglesia peregrina en el mundo, expresa la exultación silenciosa del universo y, sobre todo, el anhelo de toda alma humana sinceramente abierta a Dios, más aún, agradecida por su infinita bondad, belleza y verdad.
«En tu resurrección, Señor, se alegren los cielos y la tierra». A esta invitación de alabanza que sube hoy del corazón de la Iglesia, los «cielos» responden al completo: La multitud de los ángeles, de los santos y beatos se suman unánimes a nuestro júbilo. En el cielo, todo es paz y regocijo. Pero en la tierra, lamentablemente, no es así. Aquí, en nuestro mundo, el aleluya pascual contrasta todavía con los lamentos y el clamor que provienen de tantas situaciones dolorosas: miseria, hambre, enfermedades, guerras, violencias. Y, sin embargo, Cristo ha muerto y resucitado precisamente por esto. Ha muerto a causa de nuestros pecados de hoy, y ha resucitado también para redimir nuestra historia de hoy. Por eso, mi mensaje quiere llegar a todos y, como anuncio profético, especialmente a los pueblos y las comunidades que están sufriendo un tiempo de pasión, para que Cristo resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz.
Que pueda alegrarse la Tierra que fue la primera a quedar inundada por la luz del Resucitado. Que el fulgor de Cristo llegue también a los pueblos de Oriente Medio, para que la luz de la paz y de la dignidad humana venza a las tinieblas de la división, del odio y la violencia. Que, en Libia, la diplomacia y el diálogo ocupen el lugar de las armas y, en la actual situación de conflicto, se favorezca el acceso a las ayudas humanitarias a cuantos sufren las consecuencias de la contienda. Que, en los Países de África septentrional y de Oriente Medio, todos los ciudadanos, y particularmente los jóvenes, se esfuercen en promover el bien común y construir una sociedad en la que la pobreza sea derrotada y toda decisión política se inspire en el respeto a la persona humana. Que llegue la solidaridad de todos a los numerosos prófugos y refugiados que provienen de diversos países africanos y se han viso obligados a dejar sus afectos más entrañables; que los hombres de buena voluntad se vean iluminados y abran el corazón a la acogida, para que, de manera solidaria y concertada se puedan aliviar las necesidades urgentes de tantos hermanos; y que a todos los que prodigan sus esfuerzos generosos y dan testimonio en este sentido, llegue nuestro aliento y gratitud.
Que se recomponga la convivencia civil entre las poblaciones de Costa de Marfil, donde urge emprender un camino de reconciliación y perdón para curar las profundas heridas provocadas por las recientes violencias. Y que Japón, en estos momentos en que afronta las dramáticas consecuencias del reciente terremoto, encuentre alivio y esperanza, y lo encuentren también aquellos países que en los últimos meses han sido probados por calamidades naturales que han sembrado dolor y angustia.
Se alegren los cielos y la tierra por el testimonio de quienes sufren contrariedades, e incluso persecuciones a causa de la propia fe en el Señor Jesús. Que el anuncio de su resurrección victoriosa les infunda valor y confianza.
Queridos hermanos y hermanas. Cristo resucitado camina delante de nosotros hacia los cielos nuevos y la tierra nueva (cf. Ap 21,1), en la que finalmente viviremos como una sola familia, hijos del mismo Padre. Él está con nosotros hasta el fin de los tiempos. Vayamos tras Él en este mundo lacerado, cantando el Aleluya. En nuestro corazón hay alegría y dolor; en nuestro rostro, sonrisas y lágrimas. Así es nuestra realidad terrena. Pero Cristo ha resucitado, está vivo y camina con nosotros. Por eso cantamos y caminamos, con la mirada puesta en el Cielo, fieles a nuestro compromiso en este mundo.
Feliz Pascua a todos.

20/4/11

Pasión de Cristo-Pasión de un Papa

Un buen articulo de Don Olegario González de Cardedal en ABC

El cristianismo pasa hoy al mundo primero por la inteligencia, luego por la acción y el testimonio. Su aportación primera es pensar bien y hablar bien de Dios, de Cristo y del hombre.

SHALOM JERUSALEM

MISA CRISMAL

Ayer, Martes Santo, tuvimos en la Catedra la Misa Crismal. Se trata de una celebración relacionada directamente con el Jueves Santo, pero que por razones prácticas -la posibilidad de que participen en ella todos cuantos más sacerdotes diocesanos posible, por su peculiar relación con la comunión del presbiterio diocesano- suele celebrarse en los días anteriores de la Semana Santa. Es la misa de la renovación de las promesas sacerdotales y de la bendición de los óleos sagrados que al término de la misa los párrocos recogen para llevar a las parroquias, desde donde administrarlos para la recepción de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Unción de los enfermos.
La Misa Crismal que celebra el obispo con todos los presbíteros de la diócesis, es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. En ella se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos.
En su homilía, el obispo ha señalado que esta Unción es para la Misión. Por eso, cuando nosotros hoy celebramos esta consagración del Santo Crisma con el que serán ungidos los bautizados, los confirmados –ha señalado- tomamos conciencia de que Cristo, el Ungido, nos ha hecho partícipes de su misma Unción que nos lanza a la misma misión de anunciar el Evangelio a los pobres, de abrir los ojos a los ciegos, las mazmorras a los cautivos y anunciar el año de gracia del Señor.
De esta forma, Don José Vilaplana ha señalado la dimensión misionera de toda la Iglesia, cuyo gozo y responsabilidad es, ante todo, Evangelizar. Así, haciendo referencia al documento de trabajo que se utilizará para el próximo Sínodo sobre la Nueva Evangelización y la Transmisión de la Fe, el obispo ha señalado los nuevos escenarios de esta Evangelización: la cultura, que hoy prescinde de lo trascendente; el gran fenómeno de las migraciones, que ha generado un mundo intercomunicado; la fuerza de los medios de comunicación social; y, finalmente, la crisis mundial que actualmente padecemos. Un panorama que a la Iglesia le plantea nuevos desafíos que, con realismo, quiere afrontar.

Pero, especialmente, ha querido señalar que no sólo tenemos que pensar en los destinatarios, sino, principalmente, en la Iglesia como sujeto de la Evangelización, y no considerados como evangelizadores individuales, sino como comunidad que toda ella está llamada a Evangelizar. Desde esta convicción, el obispo de Huelva ha llamado a su Iglesia a preguntarse si estamos siendo capaz de conectar con el mundo con un estilo nuevo; capaz de mantener lo más fundamental de nuestra fe sin titubeos, ofreciéndolo como el gran regalo, el gran don para nuestra sociedad; viviendo una experiencia fraternal que sea realmente significativa, de tal manera que puedan decir “mirad cómo viven los creyentes” porque, en el seno de la Iglesia, se  genera unas relaciones de discipulado que nos ayudan a mostrarnos siempre como auténticos seguidores de Jesús. 

El obispo agradeció a Dios el signo de unidad que ha supuesto la presencia de la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud en la semana de Pasión, recorriendo la geografía de toda la provincia y, especialmente, lugares de dolor como los hospitales o la cárcel.  En este sentido, nos ha dicho que “una comunidad que evangeliza llevando como única arma la Cruz de Jesucristo, el signo del amor más grande, es una comunidad que vivirá siempre poniendo en el centro de su vida al Señor Resucitado, a los más necesitados y empobrecidos, y capaz de contagiar alegría porque se siente siempre rejuvenecida  por su Señor”.
Héctor M. Sánchez Durán
Departamento de MCS - Diócesis de Huelva
 

16/4/11

Entrada en Jerusalén como peregrino de la paz.


DOMINGO DE RAMOS: 
Entrada en Jerusalén como peregrino de la paz.
Trasladémonos ahora con la imaginación a Jerusalén acompañando Jesús, se aproximan a sus últimos días con decisión. No se acobarda ante lo que se le avecina, no se esconde, no tiene miedo. Se encamina hacia Jerusalén como un peregrino de la paz, montado en un borrico.
Alégrate con alegría grande, hija de Sión. Salta de júbilo, hija de Jerusalén. Mira que viene a ti tu rey, montado en un asno, en un pollino hijo de asna” (Za 9,9).
Su entrada es apoteósica. Aclamado por sus discípulos y quienes le acompañan como el Enviado de Dios. “¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor!” (Lc 19,38).
“Hosanna el que viene en el nombre del Señor”.
También nosotros, como enseñaba Benedicto XVI, “hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad”.
“¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria” (Sal 24).
El que llama a la puerta del santuario es Jesús. Llama con el madero de su cruz, con la fuerza de su amor. Llama desde el lado del mundo a la puerta de Dios: “Con la cruz, Jesús ha abierto de par en par la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres. Ahora ya está abierta. Pero también desde el otro lado, el Señor llama con su cruz, a las puertas de nuestro corazón, que con tanta frecuencia y en tan gran número están cerradas para Dios”, y nos dice: “mírame a mí, al Dios que sufre por ti, que personalmente padece contigo; mira que sufro por amor a ti y ábrete a mí, tu Señor y tu Dios” (Benedicto XVI).

3/4/11

Testimonio sobre Juan Pablo II

" Estar con Juan Pablo II quería decir vivir en el Evangelio, estar dentro del Evangelio. En los últimos años del servicio junto a él me di cuenta de que la belleza está siempre ligada al sufrimiento. No se puede tocar a Jesús sin tocar la cruz: el Pontífice estaba tan probado, se puede decir martirizado por el sufrimiento, pero tan extremadamente bello, en cuanto que con alegría ofreció todo esto que había recibido de Dios y con alegría restituyó a Dios todo lo que de Él había tenido. La santidad, de hecho, - como decía la Madre Teresa de Calcuta - no significa sólo que nosotros ofrecemos todo a Dios sino también que Dios toma de nosotros todo aquello que nos ha dado. El atleta que caminaba y esquiaba en las montañas ahora había dejado de caminar; el actor había perdido la voz. Poco a poco se le había quitado todo"
Konrad Krajewski