ATARDECER

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Remar mar adentro

25/6/10

Saramago murió; Dios vive

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Ha fallecido José Saramago, de origen portugués, premio Nóbel de Literatura, escritor prolífico y profundo, crítico de los sistemas, comprometido con los marginados, agudo para analizar los fenómenos sociales y políticos, libre para denunciar opresiones, fiel a sus convicciones marxistas. No podemos regatear sus méritos literarios y sociales.



Fue un ateo convencido y beligerante. Atacó acremente a nuestra fe, haciendo una interpretación tendenciosa e históricamente incompleta del cristianismo, de la Iglesia y de la práctica religiosa. Manifestó no tener fe en otra vida con Dios, como la esperamos los creyentes, pues rechazó la misma existencia de un Ser Superior. Esto le trajo dividendos de fama e ingresos económicos, con grandes espacios en medios de la misma tendencia. Ya murió, pero Dios, a quien él negó, no morirá jamás. Mueren famosos literatos, como moriremos todos, pero nuestra fe en un Dios vivo y trascendente nos sostiene en la esperanza. La vida tiene pleno sentido en El, con El y por El.



JUZGAR

¿A qué se debe el ateísmo? ¿Cuáles son sus raíces y sus diversas manifestaciones?



Al respecto, dijo el Concilio Vaticano II desde 1965: “La palabra ‘ateísmo’ designa realidades muy diversas. Unos niegan a Dios expresamente. Otros afirman que nada puede decirse acerca de Dios. Los hay que someten la cuestión teológica a un análisis metodológico tal, que consideran como inútil el propio planteamiento de la cuestión. Muchos, rebasando indebidamente los límites de las ciencias positivas, pretenden explicarlo todo sobre esta base puramente científica, o por el contrario, rechazan sin excepción toda verdad absoluta. Hay quienes exaltan tanto al hombre, que dejan sin contenido la fe en Dios, ya que les interesa más, a lo que parece, la afirmación del hombre que la negación de Dios. Hay quienes se imaginan un Dios por ellos rechazado, que nada tiene que ver con el Dios del Evangelio. Otros ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten inquietud religiosa alguna y no perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso. Además, el ateísmo nace a veces como violenta protesta contra la existencia del mal en el mundo, o como adjudicación indebida del carácter absoluto de ciertos bienes humanos que son considerados prácticamente como sucedáneos de Dios.



Quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, desoyen el dictado de su conciencia y, por tanto, no carecen de culpa. Sin embargo, también los creyentes tienen en esto su parte de responsabilidad. Porque el ateísmo, considerado en su total integridad, no es un fenómeno originario, sino un fenómeno derivado de varias causas, entre las cuales se debe contar también la reacción crítica contra las religiones y, ciertamente en algunas zonas del mundo, contra la religión cristiana. Por lo cual, en esta génesis del ateísmo, pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral o social, han ocultado, más bien que revelado, el genuino rostro de Dios y de la religión” (GS 19).



ACTUAR

Afirma el Concilio: “El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado en la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta y el amor fraterno” (GS 21). “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (GS 22).



Respetemos a los no creyentes, pero que éstos también nos respeten a nosotros. La mejor forma de contrarrestar el ateísmo, es cimentando nuestra fe en la Palabra de Dios y en la doctrina de la Iglesia, y sobre todo con nuestra coherencia de vida en la justicia, la verdad, la honestidad, el servicio fraterno, la opción por los pobres.





+ Felipe Arizmendi Esquivel

Obispo de San Cristóbal de Las Casas

23/6/10

Para reflexionar

“Si quieres ser realmente eficaz,
hunde tu azada en la tierra y trabaja;
pero hunde también esa otra azada de tu oración
en el corazón de Dios,
y deja que Él trabaje contigo”

21/6/10

HIERE LA MISERIA DE MI CORAZÓN


Mi oración, Dios mío, es ésta:
Hiere, hiere la raíz
de la miseria de mi corazón.
Dame fuerza para llevar
ligero mis alegrías y mis pesares.
Dame fuerza para mi amor dé frutos útiles.
Dame fuerza
para no renegar nunca del pobre,
ni doblar la rodilla al poder del insolente.
Dame fuerza para levantar mi pensamiento
sobre la pequeñez cotidiana.
Dame, en fin, fuerza para rendir mi fuerza,
enamorada, a tu voluntad.
Rabindranath Tagore

13/6/10

Los sacerdotes, “primeros obreros de la civilización del amor”

Los sacerdotes, “primeros obreros de la civilización del amor”

Intervención de Benedicto XVI con motivo del Ángelus de este domingo.


Queridos hermanos y hermanas:

En los días pasados ha concluido el Año Sacerdotal. Hemos vivido aquí, en Roma, días inolvidables, con la presencia de más de quince mil sacerdotes de todas las partes del mundo. Por este motivo, deseo dar gracias a Dios por todos los beneficios que este Año ha producido en la Iglesia universal. Nadie podrá medirlos nunca, pero ciertamente ya se ven y se verán todavía más los frutos.

El Año Sacerdotal ha concluido en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que tradicionalmente es la "jornada de santificación sacerdotal"; esta vez lo ha sido de manera especial. En efecto, queridos amigos, el sacerdote es un don del Corazón de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo. Del Corazón del Hijo de Dios, desbordante de caridad, proceden todos los bienes de la Iglesia, y en él tiene su origen la vocación de esos hombres que, conquistados por el Señor Jesús, lo dejan todo para dedicarse totalmente al servicio del pueblo cristiano, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor. El sacerdote queda plasmado por la misma caridad de Cristo, por ese amor que le llevó a dar la vida por sus amigos y a perdonar a sus enemigos. Por este motivo, los sacerdotes son los primeros obreros de la civilización del amor. Y en este sentido, pienso en tantos modelos de sacerdotes, conocidos y menos conocidos, algunos elevados al honor de los altares; en otros casos, su recuerdo permanece indeleble en los fieles, quizá en una pequeña comunidad parroquial. Como sucedió en Ars, el pueblo de Francia en el que desempeñó su ministerio san Juan María Vianney. No hace falta añadir nada a lo que ya se ha dicho en los meses pasados. Pero su intercesión nos debe acompañar aún más a partir de ahora. Que su oración, su "Acto de amor", que tantas veces hemos recitado durante el Año Sacerdotal, siga alimentando nuestro coloquio con Dios.

Quisiera recordar otra figura: el padre Jerzy Popiełuszko, sacerdote y mártir, que fue proclamado beato precisamente el domingo pasado. Ejerció su generoso y valiente ministerio junto a quienes se comprometían por la liberad, por la defensa de la vida y de su dignidad. Esta obra al servicio del bien y de la verdad era un signo de contradicción para el régimen que entonces gobernaba Polonia. El amor del Corazón de Jesús le llevó a dar la vida, y su testimonio ha sido semilla de una nueva primavera en la Iglesia y en la sociedad. Si analizamos la historia, podemos observar cuántas páginas de auténtica renovación espiritual y social han sido escritas con la contribución decisiva de sacerdotes católicos, alentados sólo por la pasión por el Evangelio y por el hombre, por su auténtica libertad, religiosa y civil. ¡Cuántas iniciativas de promoción humana integral han comenzado por la intuición de un corazón sacerdotal!

Queridos hermanos y hermanas: encomendemos al Corazón Inmaculado de María, del que ayer celebramos la memoria litúrgica, a todos los sacerdotes del mundo para que, con la fuerza del Evangelio, sigan edificando en todo lugar la civilización del amor.

San Antonio de Padua, “invocado y amado en todo el mundo”



Fiesta de S.Antonio en Nerva (Huelva)


"Jesús ha prometido que siempre
habrá signos en la Iglesia.
San Antonio de Padua
es uno de estos signos"
(Juan Pablo I)
San Antonio de Padua nos ofrece una propuesta de vida cristiana a todos los que somos sus devotos. Como afirmaba  el Papa León XIII; es uno de los santos que mejor ha ganado el corazón del pueblo fiel. Es conocido invocado y amado en todo el mundo.
La vida de Antonio de Lisboa, allí nació, fue breve en los años transcurridos aunque muy intensa en su entrega a los necesitados y a quienes se le acercaban. Un santo que vivió humilde repartiendo su pan de la caridad y el pan de los milagros a todos los que se lo pedían. Fue otro franciscano, San Buenaventura, quien dijo: «Acude con confianza a Antonio, que hace milagros, y el te conseguirá lo que buscas.»
La verdadera misión de San Antonio estaba en el púlpito. Poseía todas las cualidades del gran predicador: ciencia, elocuencia, un gran poder de persuasión, y un ardiente celo por la salvación de las personas. Pero el siempre repetía, «el gran peligro del cristiano es predicar y no practicar», una enseñanza muy actual y necesaria para nuestros tiempos en que tantos cristianos viven un divorcio entre su fe y su vida. Uno de los grandes desafíos que tenemos hoy en día es vivir la coherencia entre la fe y la vida, hacer que la vida cristiana se haga vida cotidiana.
Todo predicaba en San Antonio: su modestia, su humildad, su mansedumbre, sus gratísimos modales. Primero ganaba los corazones, y después los convertía.
San Antonio afirmaba:
 “Un cristiano fiel, iluminado por los rayos de la gracia al igual que un cristal, deberá iluminar a los demás con sus palabras y acciones, con la luz del buen ejemplo”.
San Antonio es  una invitación a volver al Señor, a convertirnos, a iniciar una nueva vida.
San Antonio fue ante todo un enamorado de Jesús. En sus sermones encontramos frases como estas:
"Jesús es un nombre dulce que alimenta la esperanza; nombre que es, como dice San Bernardo, júbilo para el corazón, melodía para el oído y miel para la boca".
"Si tú predicas a Jesús, Él ablanda los corazones y dulcifica las ásperas tentaciones. Si piensas en Él, domina tu corazón. Si lo lees, sacia tu mente". 
San Antonio  sigue siendo lo que fue durante su existencia terrena: una luz y un guía para el pueblo cristiano.
San Antonio nos trae también hoy  un mensaje de salvación: el mensaje para obtener, mantener y aumentar la gracia divina.
A San Antonio  encomendamos nuestros   sufrimientos, nuestras esperanzas pues estamos seguro que por medio de él, Dios nos conforta y consuela.
Todas las maravillas que cada día está obrando Dios por los méritos de este prodigioso Santo se compendian en el siguiente responsorio, con que comúnmente invoca la devoción á San Antonio:
“Si buscas milagros, hallarás que por la intercesión de San Antonio la muerte se retira, el error se desvanece, los trabajos cesan, el demonio huye y la lepra se disipa. Los enfermos se levantan repentinamente sanos, el mar alborotado se sosiega y se rompen las prisiones. Acuden á Antonio los jóvenes y los ancianos, así por los miembros como por las demás cosas que perdieron: recobran los primeros y encuéntrense con las segundas. En una palabra, destierra los peligros y ahuyenta la necesidad. Díganlo, si no, los paduanos y publíquenlo cuantos lo han experimentado”.
 “PAZ Y BIEN”.

11/6/10

Invocación a Cristo


 
Cuando el dolor arrecie:
Me volveré a Cristo
Cuando la inyección duela:
Clamare a Cristo.
Cuando la nostalgia golpee:
Buscare a Cristo.
Cuando sobrevenga el miedo:
Me refugiare en Cristo.
Cuando el dolor me venza.
Me pondré en la Cruz con Cristo.
Cuando no me pueda levantar:
Estaré postrado con Cristo.
Cuando pierda una parte de mi cuerpo:
Se la ofreceré a Cristo.
Cuando no pueda dormir.
Vigilare con Cristo.
Cuando mi fe desfallezca
Clamare por Cristo.
Cuando me sienta abandonada
Buscare a Cristo
Cuando tenga problemas, disgustos,
Clamare por Cristo
Cuando me duela la cabeza:
Pensare en las espinas de Cristo.
Cuando mi corazón desfallezca:
Recordare el corazón traspasado de Cristo.
Cuando mis pies no se muevan:
Mirare los pies clavados de Cristo.
Cuando vea correr mi sangre:
Me uniré a la flagelación de Cristo.
Cuando viva abandonado:
Me abandonare en la soledad de Cristo.
Cuando oiga palabras duras:
Recordare los insultos dirigidos a Cristo.
Cuando me lleven a operar
Me uniré al vía crucis de Cristo.
Cuando tenga que lamentarme:
Oiré los lamentos de Cristo.
Cuando mi vida decline:
Abrazare la cruz con Cristo
Cuando me sienta morir:
Aceptare morir con Cristo.
Después, quiero estar siempre con Cristo,
Imitar en todo a Cristo,
Y vivir en El, para siempre.   
Amen.
 (Hilario s.)  

Homilía en la Clausura del Año Sacerdotal

  Benedicto XVI: 
“Dios se acerca al hombre a través del sacerdote” 
Aquí os dejo algunos párrafos de la brillante homilía del Papa hoy.

“El sacerdocio no es un simple «oficio», sino un sacramento: 
Dios se vale de un hombre con sus limitaciones para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor. 
Esta audacia de Dios, que se abandona en las manos de seres humanos; que, aun conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y presentarse en su lugar, esta audacia de Dios es realmente la mayor grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio». 
Que Dios nos considere capaces de esto; que por eso llame a su servicio a hombres y, así, se una a ellos desde dentro, esto es lo que en este año hemos querido de nuevo considerar y comprender. 
Queríamos despertar la alegría de que Dios esté tan cerca de nosotros, y la gratitud por el hecho de que Él se confíe a nuestra debilidad; que Él nos guíe y nos ayude día tras día. 
Queríamos también, así, enseñar de nuevo a los jóvenes que esta vocación, esta comunión de servicio por Dios y con Dios, existe; más aún, que Dios está esperando nuestro «sí». 
Junto con la Iglesia, hemos querido destacar de nuevo que tenemos que pedir a Dios esta vocación. Pedimos trabajadores para la mies de Dios, y esta plegaria a Dios es, al mismo tiempo, una llamada de Dios al corazón de jóvenes que se consideren capaces de eso mismo para lo que Dios los cree capaces. Era de esperar que al «enemigo» no le gustara que el sacerdocio brillara de nuevo; él hubiera preferido verlo desaparecer, para que al fin Dios fuera arrojado del mundo. Y así ha ocurrido que, precisamente en este año de alegría por el sacramento del sacerdocio, han salido a la luz los pecados de los sacerdotes, sobre todo el abuso a los pequeños, en el cual el sacerdocio, que lleva a cabo la solicitud de Dios por el bien del hombre, se convierte en lo contrario. 
También nosotros pedimos perdón insistentemente a Dios y a las personas afectadas, mientras prometemos que queremos hacer todo lo posible para que semejante abuso no vuelva a suceder jamás; que en la admisión al ministerio sacerdotal y en la formación que prepara al mismo haremos todo lo posible para examinar la autenticidad de la vocación; y que queremos acompañar aún más a los sacerdotes en su camino, para que el Señor los proteja y los custodie en las situaciones dolorosas y en los peligros de la vida. 
Si el Año Sacerdotal hubiera sido una glorificación de nuestros logros humanos personales, habría sido destruido por estos hechos. 
Pero, para nosotros, se trataba precisamente de lo contrario, de sentirnos agradecidos por el don de Dios, un don que se lleva en «vasijas de barro», y que una y otra vez, a través de toda la debilidad humana, hace visible su amor en el mundo. 
Así, consideramos lo ocurrido como una tarea de purificación, un quehacer que nos acompaña hacia el futuro y que nos hace reconocer y amar más aún el gran don de Dios. 
De este modo, el don se convierte en el compromiso de responder al valor y la humildad de Dios con nuestro valor y nuestra humildad. 
La palabra de Cristo, que hemos entonado como canto de entrada en la liturgia de hoy, puede decirnos en este momento lo que significa hacerse y ser sacerdote: 
«Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt11,29).”



9/6/10

El Mesías está entre vosotros


Cuentan que un día un monasterio, que una vez fue muy famoso estaba en decadencia, cada día había menos monjes. Los monjes tal parecía no se llevaban bien entre sí.
 
Un día el Abad del monasterio fue a consultar a un sabio rabino que le diera algunos consejos para que su monasterio volviera a florecer como en la antigüedad. El rabino dijo que no tenía ninguna palabra en concreto de Dios pero que solamente le podía decir una cosa y esto lo sentía en su corazón de que el Mesías estaba en el Monasterio, el Mesías estaba entre ellos. El Abad regreso al monasterio y relato lo que el rabino le había dicho a todos los monjes de su comunidad. Ellos comenzaron a preocuparse y a preguntarse unos a otros en silencio quien será el Mesías, ¿será el hermano Rafael, será el hermano Juan, será el hermano Agustín?, el caso es que los monjes como no sabían realmente cuál de ellos era el Mesías comenzaron a amarse los unos a los otros, comenzaron a preocuparse los unos por los otros, a servirse los unos a los otros, pensando que tal vez al que le estaba sirviendo o al que estaban amando o por quien se estaban preocupando era realmente el Mesías. Nos dice la historia que poco a poco la gente comenzó a darse cuenta que en aquel monasterio había armonía y había paz y los monjes se amaban y se llevaban bien y se preocupaban los unos por los otros y se servían los unos a los otros. Las familias comenzaron a ir al monasterio a visitarlo y muchos jóvenes desearon entonces integrarse en la comunidad y ser parte de aquella hermosísima comunidad que como nunca antes estaba de nuevo floreciendo. El monasterio llego a convertirse en uno de los más famosos de la historia de la Iglesia y paso simplemente porque los monjes se preocupaban unos por otros se servían unos a otros se amaban unos a otros pensando que cada uno de ellos podía realmente ser el Mesías.

"Pon amor donde no hay amor y encontraras amor". (San Juan de la Cruz.) 

La unidad en el amor

Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. No hagan nada por rivalidad o vanagloria, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. (Flp 2,1-4)