ATARDECER

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Remar mar adentro

21/4/12

En el día de su cumpleaños


LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA


Este escrito lo llevaba siempre consigo el sacerdote salesiano Alfonso Arboleda, muerto recientemente, y fue escrito antes de morir por el Padre Jegussel, profesor de una universidad romana, a petición de sus alumnos.
1. Sea la Celebración de la Eucaristía el sol de cada una de tus jornadas. Esfuérzate por comprenderla, gustarla, vivirla. Preside cada celebración como si fuera la primera, la única, la última de tu vida.
2. Recuerda que la Celebración Eucarística mejor presidida y celebrada es la mejor preparada. No seas de aquellos que pasan de charlas mundanas a presidir la celebración del santo Sacrificio sin preparase por medio de la oración, sin meditar nada, sin hacer siquiera un pequeño paréntesis de recogimiento.
3. Libera la celebración de la rutina y del automatismo. El veneno que mata a la Celebración de la Eucaristía es la rutina. Y la repetición trae rutina. Por esto no proclames siempre una sola Plegaria Eucarística, generalmente la más corta. Es necesario que vayas cambiando de Plegaria, según el sentido espiritual y pastoral de las múltiples que te ofrece el misal. Por ejemplo, la primera es la de la gran tradición de la Iglesia Romana, pronunciada por mucho santos y apóstoles durante más de 10 siglos, la tercera es muy venerada por su antigüedad, la cuarta es un bello resumen de la Historia de la Salvación. Puedes aprovechar los momentos penitenciales y las celebraciones con niños y jóvenes proclamando las Plegarias especiales para cada caso.
4. Que cada palabra que pronuncies sea un verdadero "anuncio" y cada rito que realices sea un auténtico "signo sagrado". Trasforma tu celebración en una verdadera vivencia. Toda comunidad cristiana experimenta con alegría la presencia del Señor en la Celebración Eucarística, si la presides con devoción y con fe, pronunciando con cuidado cada palabra y ejecutando con cariño cada gesto, "como quien habla a Alguien allí presente y a Quien ama y respeta inmensamente".
5. Evita toda "carrera", especialmente al pronunciar la Plegaria Eucarística. Recuerda las palabras del Cardenal Mercier: "Dedica unos minutos más a tu misa". Sucede que las palabras de las Plegarias Eucarísticas, especialmente de la segunda, ya te las sabes de memoria y por lo tanto tienes el peligro de pronunciarlas a la carrera y la comunidad se da cuenta de tu modo descuidado de presidir. No temas ser muy cuidadoso en pronunciar bien y con sentido todas las frases, claro está sin exageraciones teatrales, pero sí con toda solemnidad. La comunidad te lo agradecerá.
6. No improvises nunca tu celebración. Que no te suceda jamás que al llegar al altar no sepas de qué tratan las lecturas del día ni que fiesta se celebra. Sería un irrespeto incalificable a la acción más importante de la Iglesia y de tu vida.
7. Nunca la causa de Dios, que es la salvación de todo el género humano, está tan en tus manos como cuando predicas la homilía. Bien sabes que la homilía puede ser la única instrucción y formación en la fe que reciba tu comunidad. Es necesario que te convenzas que difícilmente el Pueblo de Dios recibe la Palabra fuera de la Misa. De este ministerio tan grande serás interpelado por el Señor en el día de tu encuentro definitivo con El. Ten en cuenta las palabras de la Biblia: "Pidieron pan y no hubo quien se los diera". Por eso piensa en tu responsabilidad para que se cumpla en ti la promesa divina: "Los que enseñaron a muchos la santidad, brillarán como estrellas portada la eternidad" (Daniel 12).
8. Graba esto en lo más profundo de tu corazón: Lo más importante de toda mi jornada es la celebración Eucarística. La presidencia de la Celebración Eucarística como la de los demás sacramentos, es la realidad por la que más vales como sacerdote. Cuando presides la celebración estás en la parte más alta de toda la pirámide humana, y en ese momento sólo hay uno por encima de ti: Dios. ¿No es una verdadera lástima, entonces, que te apresures en la preparación, celebración y acción de gracias de la Misa y que te distraigas tan fácilmente en ella?
9. "Vive lo que celebras y celebra lo que practicas". Estas palabras que te recuerdan el día memorable de tu ordenación, te invitan a ofrecerte diariamente como "hostia viva y agradable a Dios" (Romanos 12,1). Acuérdate siempre al terminar la celebración, que tu misa debe continuar durante toda la jornada. Para esto, practica el consejo del Papa Pío XII: "No dejar ni un día de hacer una visita al Santísimo Sacramento, que será, por otra parte, un excelente buen ejemplo para tu comunidad". Y hazla con amor por El, con aquella intención que deseaba Paulo VI: "Como un agradecimiento al don sublime de la Eucaristía y como un 'gracias' y una preparación más para la celebración de la misa". Un sacerdote que preside santamente y visita con frecuencia al Santísimo hace menos disparates que otros.
10. La celebración de la Liturgia de las Horas es el mejor termómetro de tu ardor sacerdotal. Es lo primero que abandona un sacerdote tibio. Ama el Oficio Divino como escudo de tu santidad. No lo consideres como una pesada carga sino como una maravillosa oportunidad para realizar el mismo "oficio de Dios" como lo llamaba San Agustín. Es el momento de adorarlo por tantos que no lo hacen, de pedirle perdón por tus pecados y por los de todos, de darle gracias en nombre de toda la humanidad y de enriquecerte de una manera maravillosa en tu vida interior.
11. Busca la manera de que todos los que se encuentren contigo te experimenten primero y ante todo como sacerdote y sacerdote de Cristo.
12. Considérate al servicio y a la disposición de todos. Ojalá siempre, durante toda tu vida, puedas repetir las Palabras del Señor: " No he venido a ser servido sino a servir" Y que el Divino Redentor te conceda lo que El prometió a sus Apóstoles y discípulos: "Sabiendo esto, seréis dichosos si lo cumplís" (Juan 13,17).

13/4/12

Ayúdame a esparcir tu fragancia....

Oh Jesús, 
ayúdame a esparcir tu fragancia dondequiera que vaya.  
Inunda mi alma de tu espíritu y vida.  
Penétrame y aduéñate tan por completo de mí, 
que toda mi vida sea una irradiación de la tuya. 
Ilumina por mi medio y de tal manera toma posesión de mí, 
que cada alma con la que yo entre en contacto 
pueda sentir tu presencia en mi alma.  
Que al verme no me vea a mí, sino a Ti en mí. 
Permanece en mí.  
Así resplandeceré con tu mismo resplandor, 
y que mi resplandor sirva de luz para los demás. 
Mi luz toda de Ti vendrá, 
Jesús: ni el más leve rayo será mío. 
Será Tú el que iluminarás a otros por mi medio. 
Sugiéreme la alabanza que más te agrada, 
iluminando a otros a mi alrededor.  
Que no te pregono con palabras sino con mi ejemplo, 
con el influjo de lo que yo lleve a cabo, 
con el destello visible del amor, 
que mi corazón saca de Ti. 
¡Amén!
 (CARDENAL NEWMAN)

Ayúdanos

11/4/12

ESPAÑA

"Díptico español", de Luis Cernuda


I. ES LÁSTIMA QUE FUERA MI TIERRA

Cuando allá dicen unos
que mis versos nacieron
de la separación y la nostalgia
por la que fue mi tierra,
¿sólo la más remota oyen entre mis voces?
Hablan en el poeta voces varias:
escuchemos su coro concertado,
adonde la creída dominante
es tan sólo una voz entre las otras.

Lo que el espíritu del hombre
ganó para el espíritu del hombre
a través de los siglos,
es patrimonio nuestro y es herencia
de los hombres futuros.
Al tolerar que nos lo nieguen
y secuestren, el hombre entonces baja,
¿y cuánto?, en esa escala dura
que desde el animal llega hasta el hombre.

Así ocurre en tu tierra, la tierra de los muertos,
adonde ahora todo nace muerto,
vive muerto y muere muerto;
pertinaz pesadilla: procesión ponderosa
con restaurados restos y reliquias,
a la que dan escolta hábitos y uniformes,
en medio del silencio: todos mudos,
desolados del desorden endémico
que el temor, sin domarlo, así doblega.

La vida siempre obtiene
revancha contra quienes la negaron:
la historia de mi tierra fue actuada
por enemigos enconados de la vida.
El daño no es de ayer, ni tampoco de ahora,
sino de siempre. Por eso es hoy
la existencia española, llegada al paroxismo,
estúpida y cruel como su fiesta de los toros.

Un pueblo sin razón, adoctrinado desde antiguo
en creer que la razón de soberbia adolece
y ante el cual se grita impune:
muera la inteligencia, predestinado estaba
a acabar adorando las cadenas
y que ese culto obsceno le trajese
adonde hoy le vemos: en cadenas,
sin alegría, libertad ni pensamiento.

Si yo soy español, lo soy
a la manera de aquellos que no pueden
ser otra cosa: y entre todas las cargas
que, al nacer yo, el destino pusiera
sobre mí, ha sido ésa la más dura.
No he cambiado de tierra,
porque no es posible a quien su lengua une,
hasta la muerte, al menester de poesía.

La poesía habla en nosotros
la misma lengua con que hablaron antes,
y mucho antes de nacer nosotros,
las gentes en que hallara raíz nuestra existencia;
no es el poeta sólo quien ahí habla,
sino las bocas mudas de los suyos
a quienes él da voz y les libera.

¿Puede cambiarse eso? Poeta alguno
su tradición escoge, ni su tierra,
ni tampoco su lengua; él las sirve,
fielmente si es posible.
Mas la fidelidad más alta
es para su conciencia; y yo a ésa sirvo
pues, sirviéndola, así a la poesía
al mismo tiempo sirvo.

Soy español sin ganas,
que vive como puede bien lejos de su tierra
sin pesar ni nostalgia. He aprendido
el oficio de hombre duramente,
por eso en él puse mi fe. Tanto que prefiero
no volver a una tierra cuya fe, si una tiene, dejó de ser la mía,
cuyas maneras rara vez me fueron propias,
cuyo recuerdo tan hostil se me ha vuelto
y de la cual ausencia y tiempo me extrañaron.

No hablo para quienes una burla del destino
compatriotas míos hiciera, sino que hablo a solas
(quien habla a solas espera hablar a Dios un día)
o para aquellos pocos que me escuchen
con bien dispuesto entendimiento.
Aquellos que como yo respeten
el albedrío libre humano
disponiendo la vida que hoy es nuestra,
diciendo el pensamiento al que alimenta nuestra vida.

¿Qué herencia sino ésa recibimos?
¿Qué herencia sino ésa dejaremos?


II. BIEN ESTÁ QUE FUERA TU TIERRA

Su amigo, ¿desde cuando lo fuiste?
¿Tenías once, diez años al descubrir sus libros?
Niño eras cuando un día
en el estante de los libros paternos
hallaste aquéllos. Abriste uno
y las estampas tu atención fijaron;
las páginas a leer comenzaste
curioso de la historia así ilustrada.

Y cruzaste el umbral de un mundo mágico,
la otra realidad que está tras esta:
Gabriel, Inés, Amaranta,
Soledad, Salvador, Genara,
con tantos personajes creados para siempre
por su genio generoso y poderoso.
Que otra España componen,
entraron en tu vida
para no salir de ella ya sino contigo.

Más vivos que las otras criaturas
junto a ti tan pálidas pasando,
tu amor primero lo despertaron ellos;
héroes amados en un mundo heroico,
la red de tu vivir entretejieron con la suya,
aún más con la de aquellos tus hermanos,
Miss Fly, Santorcaz, Tilín, Lord Gray,
que, insatisfechos siempre, contemplabas
existir en la busca de un imposible sueño vivo.

El destino del niño esos lo provocaron
hasta que deseó ser como ellos,
vivir igual que ellos
y, como a Salvador, que le moviera
idéntica razón, idéntica locura,
el seguir turbulento, devoto a sus propósitos,
en su tierra y afuera de su tierra,
tantas quimeras desoladas
con fe que a decepción nunca cedía.

Y tras el mundo de los Episodios
luego el de las Novelas conociste:
Rosalía, Eloísa, Fortunata,
Mauricia, Federico Viera,
Martín Muriel, Moreno Isla,
tantos que habría de revelarte
el escondido drama de un vivir cotidiano:
la plácida existencia real y, bajo ella,
el humano tormento, la paradoja de estar vivo.

Los bien amados libros, releyéndolos
cuántas veces, de niño, mozo y hombre.
Cada vez más en su secreto te adentrabas
y los hallabas renovados
como tu vida iba renovándose;
con ojos nuevos los veías,
como iban viendo el mundo.
Qué pocos libros pueden
nuevo alimento darnos
a cada estación nueva en nuestra vida.

En tu tierra y afuera de tu tierra
siempre traían fielmente
el encanto de España, en ellos no perdido,
aunque en tu tierra misma no lo hallaras.
El nombre allí leído de un lugar, de una calle
(Portillo de Gilimón o Sal si Puedes),
provocaba en ti la nostalgia
de la patria imposible, que no es de este mundo.

El nombre de ciudad, de barrio o pueblo,
por todo el español espacio soleado
(Puerta de Tierra, Plaza de Santa Cruz, los Arapiles,
Cádiz, Toledo, Aranjuez, Gerona),
dicho por él, siempre traía,
una doble visión: imaginada y contemplada
conocido por ti el lugar o desconocido,
ambas hermosas, ambas entrañables.

Hoy, cuando a tu tierra ya no necesitas,
aún en estos libros te es querida y necesaria,
más real y entresoñada que la otra:
no ésa, mas aquélla es hoy tu tierra,
la que Galdós a conocer te diese,
como él tolerante de lealtad contraria,
según la tradición generosa de Cervantes,
heroica viviendo, heroica luchando
por el futuro que era el suyo,
no el siniestro pasado donde a la otra han vuelto.

La real para ti no es esa España obscena y deprimente
en la que regentea hoy la canalla,
sino esta España viva y siempre noble
que Galdós en sus libros ha creado.
De aquélla nos consuela y cura ésta.

Luis Cernuda en Desolación de la quimera (1956-1962), incluido en Antología poética (Alianza Editorial, Madrid, 1984).