ATARDECER

ATARDECER
Remar mar adentro

24/3/13

Con Cristo el corazón nunca envejece.

“Jesús entra en Jerusalén. La muchedumbre de los discípulos lo acompañan festivamente, se extienden los mantos ante él, se habla de los prodigios que ha hecho, se eleva un grito de alabanza: «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto» (Lc 19,38).
Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios, se ha inclinado para curar el cuerpo y el alma.
Este es Jesús. Este es su corazón que nos mira a todos, que mira nuestras enfermedades, nuestros pecados. Es grande el amor de Jesús. Y así entra en Jerusalén con este amor, y nos mira a todos. Es una bella escena, llena de luz -la luz del amor de Jesús, el de su corazón-, de alegría, de fiesta.
Al comienzo de la Misa, también nosotros la hemos repetido. Hemos agitado nuestras palmas. También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se ha abajado a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. Aquí nos ilumina en el camino. Y así hoy lo hemos acogido. Y esta es la primera palabra que quería deciros: alegría.
No seáis nunca hombres y mujeres tristes: un cristiano jamás puede serlo. Nunca os dejéis vencer por el desánimo. Nuestra alegría no es algo que nace de tener tantas cosas, sino que nace de haber encontrado a una persona, Jesús, que está en medio de nosotros, nace de saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables…, y ¡hay tantos!
Y en este momento viene el enemigo, viene el diablo, tantas veces disfrazado de ángel, y de modo insidioso nos dice su palabra. ¡No lo escuchéis! ¡Sigamos a Jesús! Nosotros acompañamos, seguimos a Jesús, pero sobre todo sabemos que él nos acompaña y nos carga sobre sus hombros: en esto reside nuestra alegría, la esperanza que hemos de llevar en este mundo nuestro. Y por favor, ¡no os dejéis robar la esperanza! ¡No dejéis que os roben la esperanza! La que nos da Jesús.
Segunda palabra. ¿Por qué Jesús entra en Jerusalén? O, tal vez mejor, ¿cómo entra Jesús en Jerusalén? La multitud lo aclama como rey. Y él no se opone, no la hace callar (cf. Lc 19,39-40). Pero, ¿qué tipo de rey es Jesús? Mirémoslo: montado en un pollino, no tiene una corte que lo sigue, no está rodeado por un ejército, símbolo de fuerza. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla, que tiene el buen sentido de ver en Jesús algo más; tiene el sentido de la fe, que dice: éste es el Salvador. Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra, a quien tiene poder, a quien domina; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías en la Primera Lectura (cf. Is 50,6); entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero. Y, entonces, he aquí la segunda palabra: cruz. Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz.
Y es precisamente aquí donde resplandece su ser rey según Dios: su trono regio es el madero de la cruz. Pienso en lo que Benedicto XVI decía los cardenales: “Sois príncipes, pero de un rey crucificado. Ése es el trono de Jesús. Jesús toma sobre sí…¿por qué la Cruz? Porque Jesús toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, el de todos nosotros, y lo lava, lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, que luego nadie puede llevarse consigo, debe dejarlo. Mi abuela nos decía cuando éramos niños: el sudario no tiene bolsillos. Amor al dinero, poder, la corrupción, las divisiones, los crímenes contra la vida humana y contra la creación.
Y también -cada uno de nosotros lo sabe y lo conoce- nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Y Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Este es el bien que Jesús nos hace a todos sobre el trono de la Cruz. La cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hace un poquito lo que Él hizo el día de su muerte.
Hoy están en esta plaza tantos jóvenes: desde hace 28 años, el Domingo de Ramos es la Jornada de la Juventud. Y esta es la tercera palabra: jóvenes. Queridos jóvenes, os he visto en la procesión, cuando entrabais; os imagino haciendo fiesta en torno a Jesús, agitando ramos de olivo; os imagino mientras aclamáis su nombre y expresáis la alegría de estar con él. Vosotros tenéis una parte importante en la celebración de la fe. Nos traéis la alegría de la fe y nos decís que tenemos que vivir la fe con un corazón joven, siempre, un corazón joven, incluso a los setenta, ochenta años. ¡Corazón joven!
Con Cristo el corazón nunca envejece. Pero todos sabemos, y vosotros lo sabéis bien, que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar. Y vosotros no os avergonzáis de su cruz. Más aún, la abrazáis porque habéis comprendido que la verdadera alegría está en el don de sí mismo, en el don de sí, en salir de sí mismos y que con el amor de Dios Él ha triunfado sobre el mal precisamente con el amor.
Lleváis la cruz peregrina a través de todos los continentes, por las vías del mundo. La lleváis respondiendo a la invitación de Jesús: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19), que es el tema de la Jornada Mundial de la Juventud de este año. La lleváis para decir a todos que, en la cruz, Jesús ha derribado el muro de la enemistad, que separa a los hombres y a los pueblos, y ha traído la reconciliación y la paz.
Queridos amigos, también yo me pongo en camino con vosotros, desde hoy, sobre las huellas del beato Juan Pablo II y Benedicto XVI. Ahora estamos ya cerca de la próxima etapa de esta gran peregrinación de la cruz. Miro con alegría al próximo mes de julio, en Río de Janeiro. Os doy cita en aquella gran ciudad de Brasil. Preparaos bien, sobre todo espiritualmente en vuestras comunidades, para que este encuentro sea un signo de fe para el mundo entero ¡Los jóvenes deben decir al mundo: es bueno ir con Jesús! ¡es bueno andar con Jesús! ¡es bueno el mensaje de Jesús!…¡es bueno salir de sí mismos, ir a la periferia del mundo y de la existencia para llevar a Jesús! Tres palabras: alegría, cruz, jóvenes.
Pidamos la intercesión de la Virgen María. Ella nos enseña el gozo del encuentro con Cristo, el amor con el que debemos mirarlo al pie de la cruz, el entusiasmo del corazón joven con el que hemos de seguirlo en esta Semana Santa y durante toda nuestra vida. Así sea.” 

21/3/13

PADRE NUESTRO

Qué bueno es imaginar al Padre diciéndonos estas cosas.
EL DEL PADRE NUESTRO
Yo soy su Padre, dice Dios, el del Padre nuestro que estás en los cielos.
Mi hijo ya se lo ha dicho a los hombres, que Yo soy su Padre.
Soy también su juez ( y esto también se la ha dicho mi Hijo), pero sobre todo soy Padre.
El que es padre es padre ante todo, y el que una vez ha sido padre ya no puede ser nunca más que padre.
De modo que los hombres son los hermanos de mi Hijo, son mis hijos y yo soy su Padre.
Y mi Hijo les ha enseñado la oración del Padre nuestro...
Bien sabía mi Hijo Jesús lo que hacía enseñándoles a rezar así, bien sabía lo que El hacía, que les amó tanto que vivió con ellos, como uno de ellos, que andaba como ellos, y hablaba como ellos, y sufría como ellos, y murió como ellos, y se trajo al cielo un cierto sabor a hombre, un cierto sabor a tierra...
Charles Péguy:

20/3/13

LA HUMILDAD



“Si quieres ser grande, comienza por ser pequeño; 
si quieres construir un edificio que llegue hasta el cielo, 
piensa primero en poner el fundamento de la humildad. 
Cuanto mayor sea la mole que se trate de levantar 
y la altura del edificio, 
tanto más hondo hay que cavar el cimiento. 
Y mientras el edificio que se construye se eleva hacia lo alto, 
el que cava el cimiento se abaja hasta lo más profundo. 
El edificio antes de subir se humilla,
 y su cúspide se erige después de la humillación."  
San Agustín.

19/3/13

Tenemos un Padre bueno que es Dios

El Papa Francisco saluda a sus fieles argentinos con un llamada telefónica
«Gracias por haberse reunido a rezar»

"Es tan lindo rezar, mirar hacia el cielo, mirar a nuestro corazón y saber que tenemos un Padre bueno que es Dios. Gracias por eso"
 "Caminemos juntos todos, cuidémonos los unos a los otros, cuídense entre ustedes, no se hagan daño, cuídense la vida, cuiden la familia, cuiden la naturaleza, cuiden a los niños, cuiden a los viejos, que no haya odio, que no haya pelea, dejen de lado la envidia, dialoguen, que entre ustedes, este deseo de cuidarse vaya creciendo en el corazón y acérquense a Dios"

NO DEBEMOS TENER MIEDO DE LA BONDAD, DE LA TERNURA.

Homilía del Papa Francisco en la misa de inicio de su pontificado (19 de marzo de 2013)
Queridos hermanos y hermanas
Doy gracias al Señor por poder celebrar esta Santa Misa de comienzo del ministerio petrino en la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal: es una coincidencia muy rica de significado, y es también el onomástico de mi venerado Predecesor: le estamos cercanos con la oración, llena de afecto y gratitud.
Saludo con afecto a los hermanos Cardenales y Obispos, a los presbíteros, diáconos, religiosos y religiosas y a todos los fieles laicos. Agradezco por su presencia a los representantes de las otras Iglesias y Comunidades eclesiales, así como a los representantes de la comunidad judía y otras comunidades religiosas. Dirijo un cordial saludo a los Jefes de Estado y de Gobierno, a las delegaciones oficiales de tantos países del mundo y al Cuerpo Diplomático.
Hemos escuchado en el Evangelio que «José hizo lo que el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su mujer» (Mt 1,24). En estas palabras se encierra ya la la misión que Dios confía a José, la de ser custos, custodio. Custodio ¿de quién? De María y Jesús; pero es una custodia que se alarga luego a la Iglesia, como ha señalado el beato Juan Pablo II: «Al igual que cuidó amorosamente a María y se dedicó con gozoso empeño a la educación de Jesucristo, también custodia y protege su cuerpo místico, la Iglesia, de la que la Virgen Santa es figura y modelo» (Exhort. ap. Redemptoris Custos, 1).
¿Cómo ejerce José esta custodia? Con discreción, con humildad, en silencio, pero con una presencia constante y una fidelidad y total, aun cuando no comprende. Desde su matrimonio con María hasta el episodio de Jesús en el Templo de Jerusalén a los doce años, acompaña en todo momento con esmero y amor. Está junto a María, su esposa, tanto en los momentos serenos de la vida como los difíciles, en el viaje a Belén para el censo y en las horas temblorosas y gozosas del parto; en el momento dramático de la huida a Egipto y en la afanosa búsqueda de su hijo en el Templo; y después en la vida cotidiana en la casa de Nazaret, en el taller donde enseñó el oficio a Jesús
¿Cómo vive José su vocación como custodio de María, de Jesús, de la Iglesia? Con la atención constante a Dios, abierto a sus signos, disponible a su proyecto, y no tanto al propio; y eso es lo que Dios le pidió a David, como hemos escuchado en la primera Lectura: Dios no quiere una casa construida por el hombre, sino la fidelidad a su palabra, a su designio; y es Dios mismo quien construye la casa, pero de piedras vivas marcadas por su Espíritu. Y José «custodio» porque sabe escuchar a Dios, se deja guiar por su voluntad, y precisamente por eso es más sensible aún a las personas que se le han confiado, sabe cómo leer con realismo los acontecimientos, está atento a lo que le rodea, y sabe tomar las decisiones más sensatas. En él, queridos amigos, vemos cómo se responde a la llamada de Dios, con disponibilidad, con prontitud; pero vemos también cuál es el centro de la vocación cristiana: Cristo. Guardemos a Cristo en nuestra vida, para guardar a los demás, salvaguardar la creación.
Pero la vocación de custodiar no sólo nos atañe a nosotros, los cristianos, sino que tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos. Es custodiar toda la creación, la belleza de la creación, como se nos dice en el libro del Génesis y como nos muestra san Francisco de Asís: es tener respeto por todas las criaturas de Dios y por el entorno en el que vivimos. Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón. Es preocuparse uno del otro en la familia: los cónyuges se guardan recíprocamente y luego, como padres, cuidan de los hijos, y con el tiempo, también los hijos se convertirán en cuidadores de sus padres. Es vivir con sinceridad las amistades, que son un recíproco protegerse en la confianza, en el respeto y en el bien. En el fondo, todo está confiado a la custodia del hombre, y es una responsabilidad que nos afecta a todos. Sed custodios de los dones de Dios.
Y cuando el hombre falla en esta responsabilidad, cuando no nos preocupamos por la creación y por los hermanos, entonces gana terreno la destrucción y el corazón se queda árido.
Por desgracia, en todas las épocas de la historia existen «Herodes» que traman planes de muerte, destruyen y desfiguran el rostro del hombre y de la mujer. Quisiera pedir, por favor, a todos los que ocupan puestos de responsabilidad en el ámbito económico, político o social, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad: seamos «custodios» de la creación, del designio de Dios inscrito en la naturaleza, guardianes del otro, del medio ambiente; no dejemos que los signos de destrucción y de muerte acompañen el camino de este mundo nuestro. Pero, para «custodiar», también tenemos que cuidar de nosotros mismos.
Recordemos que el odio, la envidia, la soberbia ensucian la vida. Custodiar quiere decir entonces vigilar sobre nuestros sentimientos, nuestro corazón, porque ahí es de donde salen las intenciones buenas y malas: las que construyen y las que destruyen. No debemos tener miedo de la bondad, más aún, ni siquiera de la ternura.
Y aquí añado entonces una ulterior anotación: el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor. No debemos tener miedo de la bondad, de la ternura.
Hoy, junto a la fiesta de San José, celebramos el inicio del ministerio del nuevo Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, que comporta también un poder. Ciertamente, Jesucristo ha dado un poder a Pedro, pero ¿de qué poder se trata? A las tres preguntas de Jesús a Pedro sobre el amor, sigue la triple invitación: Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas. Nunca olvidemos que el verdadero poder es el servicio, y que también el Papa, para ejercer el poder, debe entrar cada vez más en ese servicio que tiene su culmen luminoso en la cruz; debe poner sus ojos en el servicio humilde, concreto, rico de fe, de san José y, como él, abrir los brazos para custodiar a todo el Pueblo de Dios y acoger con afecto y ternura a toda la humanidad, especialmente los más pobres, los más débiles, los más pequeños; eso que Mateo describe en el juicio final sobre la caridad: al hambriento, al sediento, al forastero, al desnudo, al enfermo, al encarcelado (cf. Mt 25,31-46). Sólo el que sirve con amor sabe custodiar.
En la segunda Lectura, san Pablo habla de Abraham, que «apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza» (Rm 4,18). Apoyado en la esperanza, contra toda esperanza. También hoy, ante tantos cúmulos de cielo gris, hemos de ver la luz de la esperanza y dar nosotros mismos esperanza. Custodiar la creación, cada hombre y cada mujer, con una mirada de ternura y de amor; es abrir un resquicio de luz en medio de tantas nubes; es llevar el calor de la esperanza.
Y, para el creyente, para nosotros los cristianos, como Abraham, como san José, la esperanza que llevamos tiene el horizonte de Dios, que se nos ha abierto en Cristo, está fundada sobre la roca que es Dios.
Custodiar a Jesús con María, custodiar toda la creación, custodiar a todos, especialmente a los más pobres, custodiarnos a nosotros mismos; he aquí un servicio que el Obispo de Roma está llamado a desempeñar, pero al que todos estamos llamados, para hacer brillar la estrella de la esperanza: protejamos con amor lo que Dios nos ha dado.
Imploro la intercesión de la Virgen María, de san José, de los Apóstoles san Pedro y san Pablo, de san Francisco, para que el Espíritu Santo acompañe mi ministerio, y a todos vosotros os digo: Orad por mí. Amen.


18/3/13

"Si el Señor no perdona todo, el mundo no existiría."



Recuerdo que apenas era obispo, en 1992, llegó (la imagen) de Nuestra Señora de Fátima a Buenos Aires y se celebró una gran misa para los enfermos. Fui a confesar a aquella misa. Y casi al final, me levanté, porque debía administrar una confirmación. Pero vino una anciana, humilde, muy humilde, octogenaria. La ví y le dije: "Abuela --porque así le decimos a las personas ancianas: abuela--, ¿quiere confesarse?". "Sí", me dijo. "Pero si usted no ha pecado ...". Y ella dijo: "Todos tenemos pecados ...".

"Pero tal vez el Señor no la perdona...". "El Señor perdona todo", me dijo. "¿Segura? ¿Pero cómo lo sabe usted, señora?". "Si el Señor no perdona todo, el mundo no existiría." Sentí ganas de preguntarle: "Dígame, señora, ¿usted estudió en la Gregoriana?", Porque esa es la sabiduría que da el Espíritu Santo: la sabiduría interior ante la misericordia de Dios.

Francisco 

16/3/13

SI SE PRESCINDE DE DIOS, FALTA LA BRÚJULA PARA HALLAR EL CAMINO.



Queridos hermanos y hermanas:
En esta breve homilía deseo decir algunas palabras sobre la oración con la que se concluyen estas Vísperas, porque me parece que en esta oración se interpreta y se transforma en plegaria el pasaje leído de la carta a los Romanos.

La oración se compone de dos partes: un mensaje —un encabezamiento, por así decirlo— y después la plegaria formada por dos súplicas.

Comenzamos con el mensaje, que también tiene dos partes: aquí hay que concretar un poco el "Tú" a quien hablamos para poder llamar con mayor fuerza al Corazón de Dios.

En el texto italiano leemos sencillamente: "Padre Misericordioso". El texto original en latín es algo más amplio; dice: "Dios Omnipotente, Misericordioso". En mi reciente encíclica "Caritas in veritate" he intentado mostrar la prioridad de Dios tanto en la vida personal como en la vida de la historia, de la sociedad, del mundo.

Ciertamente la relación con Dios es algo profundamente personal, y la persona es un ser en relación, y si la relación fundamental —la relación con Dios— no está viva, si no se vive, tampoco las demás relaciones pueden encontrar su justa forma. Pero esto vale también para la sociedad, para la humanidad como tal. También aquí, si falta Dios, si se prescinde de Dios, si Dios está ausente, falta la brújula para mostrar el conjunto de todas las relaciones a fin de hallar el camino, la orientación que conviene seguir.

¡Dios! Debemos llevar de nuevo a este mundo nuestro la realidad de Dios, darlo a conocer y hacerlo presente. Pero, ¿cómo conocer a Dios? En las visitas "ad limina" hablo siempre con los obispos, sobre todo africanos, pero también los de Asia y América Latina, donde existen todavía religiones tradicionales, precisamente de estas religiones. Hay muchos detalles, naturalmente bastante distintos, pero existen también elementos comunes. Todos saben que existe Dios, un solo Dios, que Dios es una palabra en singular, que los dioses no son Dios, que hay Dios, un solo Dios.
Sin embargo, al mismo tiempo, este Dios parece ausente, muy lejano; no parece entrar en nuestra vida cotidiana, se esconde, no conocemos su Rostro. Y así la religión en gran parte se ocupa de las cosas, de los poderes más próximos, los espíritus, los antepasados, etcétera, dado que Dios mismo está demasiado lejos y entonces se debe tratar con estos poderes cercanos. Y el acto de la evangelización consiste precisamente en el hecho de que el Dios lejano se acerca, que Dios ya no está lejos, sino que está cerca; que este "conocido-desconocido" ahora se da a conocer realmente, muestra su rostro, se revela: cae el velo de su rostro y lo muestra de verdad. Por ello, dado que Dios mismo ahora está cerca, lo conocemos, nos muestra su Rostro, entra en nuestro mundo. Ya no hay necesidad de arreglárselas con estos otros poderes, porque Él es el Poder verdadero, el Omnipotente.

Desconozco por qué se ha omitido en el texto italiano la palabra "omnipotente", pero es cierto que casi nos sentimos un poco amenazados por la omnipotencia: parece limitar nuestra libertad, parece un peso demasiado fuerte. Pero debemos aprender que la Omnipotencia de Dios no es un poder arbitrario, porque Dios es el Bien, es la Verdad, y por ello Dios lo puede todo; sin embargo, no puede actuar contra el bien, no puede actuar contra la verdad, no puede actuar contra el amor ni contra la libertad, porque Él mismo es el Bien, es el Amor, es la verdadera Libertad. Por ello, todo cuanto hace jamás puede estar en contradicción con la verdad, el amor y la libertad. Es cierto lo contrario. Él, Dios, es el custodio de nuestra libertad, del amor, de la verdad. Este ojo que nos mira no es un ojo malvado que nos vigila, sino que es la presencia de un Amor que jamás nos abandona y que nos da la certeza de que el bien es ser, el bien es vivir: es la mirada del Amor que nos da el aire para vivir.

Dios Omnipotente y Misericordioso. Una oración romana, vinculada al texto del libro de la Sabiduría, dice: "Tú, Dios, muestras tu omnipotencia en el perdón y en la misericordia". La cumbre del poder de Dios es la Misericordia, es el perdón. Hoy, en nuestro concepto mundial de poder pensamos en alguien con grandes propiedades, que tiene algo que decir en economía, que dispone de capitales para influir en el mundo del mercado. Pensamos en quien dispone de poder militar, en quien puede amenazar. La pregunta de Stalin: "¿Cuántos ejércitos tiene el Papa?" todavía caracteriza la idea común del poder. Tiene poder quien puede ser peligroso, quien puede amenazar, quien puede destruir, quien tiene en su mano muchas cosas del mundo. Pero la Revelación nos dice: "No es así"; el verdadero poder es el poder de gracia y de misericordia. En la Misericordia Dios demuestra el verdadero poder.

Así, la segunda parte de este encabezamiento dice: "Has redimido al mundo con la Pasión, con el sufrimiento de tu Hijo". Dios ha sufrido y en su Hijo sufre con nosotros. Esta es la cumbre suprema de su poder, que es capaz de sufrir con nosotros. Así demuestra el verdadero poder divino: quería sufrir con nosotros y por nosotros. En nuestros sufrimientos jamás hemos estado solos. Dios, en su Hijo, ha sufrido antes y está cerca de nosotros en nuestros padecimientos.

Con todo, persiste la difícil cuestión que ahora no puedo interpretar ampliamente: ¿por qué era necesario sufrir para salvar al mundo? Era necesario porque en el mundo existe un océano de mal, de injusticia, de odio, de violencia, y las numerosas víctimas del odio y de la injusticia tienen derecho a que se haga justicia. Dios no puede ignorar este grito de los que sufren, oprimidos por la injusticia. Perdonar no es ignorar, sino transformar; es decir, Dios debe entrar en este mundo y oponer al océano de la injusticia el océano más vasto del Bien y del Amor. Y este es el acontecimiento de la Cruz: desde ese momento, contra el océano del mal existe un río infinito y por eso siempre más grande que todas las injusticias del mundo, un río de Bondad, de Verdad, de Amor. Así Dios perdona transformando el mundo y entrando en nuestro mundo a fin de que haya realmente una fuerza, un río de Bien más grande que todo el mal que pueda existir.

Así, nuestra súplica a Dios se convierte en un mensaje para nosotros; o sea, este Dios nos invita a ponernos de su parte, a salir del océano del mal, del odio, de la violencia, del egoísmo, y a identificarnos, a entrar en el río de su Amor.

Precisamente este es el contenido de la primera parte de la plegaria que sigue: "Haz que tu Iglesia se ofrezca a Ti como sacrificio vivo y santo". Esta súplica, dirigida a Dios, también se dirige a nosotros mismos. Es una alusión a dos textos de la carta a los Romanos. Nosotros mismos, con todo nuestro ser, debemos ser adoración, sacrificio, restituir nuestro mundo a Dios y transformar así el mundo. La función del sacerdocio es consagrar el mundo para que se transforme en Hostia viva, para que el mundo se convierta en liturgia: que la liturgia no sea algo paralelo a la realidad del mundo, sino que el mundo mismo se transforme en hostia viva, que se convierta en liturgia. Es la gran visión que después tuvo también Teilhard de Chardin: al final tendremos una auténtica liturgia cósmica, en la que el cosmos se convierta en Hostia viva.

Roguemos al Señor que nos ayude a ser sacerdotes en este sentido, para contribuir a la transformación del mundo, a la adoración de Dios, empezando por nosotros mismos. Que nuestra vida hable de Dios; que nuestra vida sea realmente liturgia, anuncio de Dios, puerta por la que el Dios lejano se convierta en Dios cercano, y realmente don de nosotros mismos a Dios.

Después, la segunda plegaria. Suplicamos: "Haz que tu pueblo experimente siempre la plenitud de tu Amor". En el texto en latín se dice: "Sácianos con tu amor". Así el texto alude al Salmo que hemos cantado, donde se dice: "Abres tu mano y sacias el hambre de todos los vivientes". ¡Cuánta hambre hay en la tierra, hambre de pan en muchas partes del mundo!
Y con esta plegaria, rogamos a Dios: "Abre tu mano y sacia realmente el hambre de todos los vivientes. Sacia nuestra hambre de la Verdad, de tu Amor". Así sea. Amén.
CELEBRACIÓN DE VÍSPERAS EN LA CATEDRAL DE AOSTA

 

15/3/13

"Cuando caminamos sin la Cruz no somos discípulos del Señor"



El Papa Francisco en su primera Misa: "Cuando caminamos sin la Cruz no somos discípulos del Señor"primera-misa-papa-francisco
Sin papeles, con un breve esquema, en menos de ocho minutos, la primera homilía del Papa Francisco ha estado cargada de mensajes. El primero, contundente. A los católicos nos corresponde caminar, edificar y confesar, siempre con la Cruz de Cristo. El segundo, muy claro, "quien no reza al Señor, reza al diablo".

Tres movimientos: caminar, edificar, confesar.
Caminar, edificar, confesar. Caminar, casa de Jacob. Caminemos en la luz del Señor. Esto es lo primero que Dios le dijo a Abraham.
Camina en mi presencia y sé irreprochable, le dijo Dios a Abraham. Nuestra vida es un camino y cuando nos paramos, la cosa no funciona.
Edificar. Edificar la Iglesia. Se habla de piedras. Si no hay piedras, no hay consistencia. Piedras unidas por el Espíritu Santo.
Edificar la Iglesia, la esposa de Cristo, sobre la piedra angular.
El tercer movimiento es confesar. Podemos caminar, edificar, pero si no confesamos sobre Jesucristo, nos convertiremos en una ONG piadosa.
Quien no reza al Señor, reza al Diablo.  Quien no reza a Jesucristo, reza a la mundanidad del demonio.
Hay movimientos que no son los del camino. Son movimientos que nos echan para atrás.
Este Evangelio continúa con una situación especial: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de la Cruz.
Cuando caminamos, edificamos y confesamos un Cristo sin la Cruz, no somos discípulos del Señor.
Me gustaría que todos tuviéramos la valentía de caminar con la cruz del Señor, de edificar la Iglesia sobre la cruz del Señor.
Os prometo a todos que el Espíritu Santo, que la oración de la Virgen, nos concede esta gracia: caminar edificar, confesar a Cristo.