ATARDECER

ATARDECER
Remar mar adentro

31/12/14

Gracias, Señor.

El titulo de esta entrada me la ha do el Papa Francisco esta mañana en su tuit  @Pontifex_es
Termina un año y estamos a punto de comenzar uno nuevo.
Se cierra un libro y empieza un nuevo libro con las paginas en blanco.
Hoy es un buen momento para hacer balance del año, pedir perdón, dar gracias y pedir ayuda. 
En el año que termina ha habido de todo, pero la certeza del amor de Dios ha estado conmigo todos los días.
Su ternura la he sentido muchas veces, y muchas veces su mano me ha levantado.
Gracias, Señor porque no termino el año sólo y el nuevo lo puedo empezar contigo.
Por eso yo no le pido nada al 2015, yo se lo pido a Dios.

En tus manos Señor pongo mi vida en este nuevo año 2015

27/12/14

¿Lo quieres?


Con la añoranza de la Navidad a cuesta, con el miedo a perder el espíritu de estos días, nos enfrentamos con la realidad de una sociedad con una multitud de detalles que no ayudan al recogimiento ante el Misterio que celebramos.
El silencio parece que está reñida con nuestra vida actual. El ser humano ha perdido su ser contemplativo. Pero necesitamos recuperarlo, no podemos vivir de una manera mecánica. 
Es necesario encontrar espacios para poder redescubrir la grandeza de nuestro ser como hijos de un  Dios, que está totalmente enamorado de nosotros, que no le importa hacerse pequeño, indefenso, vulnerable como un niño.
Es necesario volver nuestros ojos y contemplar con la mirada de un niño este Misterio del Amor de Dios, que se nos ha dado a conocer en el Niño de Belén. 
Ese Niño necesita de nuestra ternura, tiene sus manos abiertas hacia nosotros para que lo acojamos en la posada de nuestro corazón. 
Quizás te sientas cansado de todo este festival de ternura y pienses que esto no es para ti, que lo tuyo es poder triunfar en un mundo competitivo como este.
Quizás la vida no ha sido fácil para ti y todo esto te trae sin cuidado, que tú no estas para esto, necesitas otras cosas más importantes para afrontar tu día a día.
No importa, este Niño sabe esperar, tiene paciencia, lleva más de dos mil años pegando en la puerta de nuestro corazón con delicadeza y espera y espera.
De nuevo es Navidad y Él sigue esperando que alguien le abra para entrar en nuestras vidas. 
Que María y José nos ayude, ellos que supieron tenerlo tan cerca están deseando darte a ti y  a mí su gran tesoro. 
¿Lo quieres?


Tres postales de Navidad




25/12/14

“Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús”



Mensaje urbi et orbi del Papa Francisco en la Navidad 2014
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Navidad!
Jesús, el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, nos ha nacido. Ha nacido en Belén de una virgen, cumpliendo las antiguas profecías. La virgen se llama María, y su esposo José.
Son personas humildes, llenas de esperanza en la bondad de Dios, que acogen a Jesús y lo reconocen. Así, el Espíritu Santo iluminó a los pastores de Belén, que fueron corriendo a la cueva y adoraron al niño. Y luego el Espíritu guió a los ancianos Simeón y Ana en el templo de Jerusalén, y reconocieron en Jesús al Mesías. «Mis ojos han visto a tu Salvador – exclama Simeón –, a quien has presentado ante todos los pueblos» (Lc 2,30).
Sí, hermanos, Jesús es la salvación para todas las personas y todos los pueblos.
Para él, el Salvador del mundo, le pido que guarde a nuestros hermanos y hermanas de Irak y de Siria, que padecen desde hace demasiado tiempo los efectos del conflicto que aún perdura y, junto con los pertenecientes a otros grupos étnicos y religiosos, sufren una persecución brutal.
Que la Navidad les traiga esperanza, así como a tantos desplazados, prófugos y refugiados, niños, adultos y ancianos, de aquella región y de todo el mundo; que la indiferencia se transforme en cercanía y el rechazo en acogida, para que los que ahora están sumidos en la prueba reciban la ayuda humanitaria necesaria para sobrevivir a los rigores del invierno, puedan regresar a sus países y vivir con dignidad. Que el Señor abra los corazones a la confianza y otorgue la paz a todo el Medio Oriente, a partir la tierra bendecida por su nacimiento, sosteniendo los esfuerzos de los que se comprometen activamente en el diálogo entre israelíes y palestinos.
Que Jesús, Salvador del mundo, custodie a cuantos están sufriendo en Ucrania y conceda a esa amada tierra superar las tensiones, vencer el odio y la violencia y emprender un nuevo camino de fraternidad y reconciliación.
Que Cristo Salvador conceda paz a Nigeria, donde se derrama más sangre y demasiadas personas son apartadas injustamente de sus seres queridos y retenidas como rehenes o masacradas. También invoco la paz para otras partes del continente africano. Pienso, en particular, en Libia, el Sudán del Sur, la República Centroafricana y varias regiones de la República Democrática del Congo; y pido a todos los que tienen responsabilidades políticas a que se comprometan, mediante el diálogo, a superar contrastes y construir una convivencia fraterna duradera.
Que Jesús salve a tantos niños víctimas de la violencia, objeto de tráfico ilícito y trata de personas, o forzados a convertirse en soldados. Que consuele a las familias de los niños muertos en Pakistán la semana pasada. Que sea cercano a los que sufren por enfermedad, en particular a las víctimas de la epidemia de ébola, especialmente en Liberia, Sierra Leona y Guinea.
Agradezco de corazón a los que se están esforzando con valentía para ayudar a los enfermos y sus familias, y renuevo un llamamiento ardiente a que se garantice la atención y el tratamiento necesario. Hay verdaderamente muchas lágrimas en esta Navidad junto con las lágrimas del Niño Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, que el Espíritu Santo ilumine hoy nuestros corazones, para que podamos reconocer en el Niño Jesús, nacido en Belén de la Virgen María, la salvación que Dios nos da a cada uno de nosotros, a todos los hombres y todos los pueblos de la tierra. Que el poder de Cristo, que es liberación y servicio, se haga oír en tantos corazones que sufren la guerra, la persecución, la esclavitud. Que este poder divino, con su mansedumbre, extirpela dureza de corazón de muchos hombres y mujeres sumidos en lo mundano y la indiferencia. Que su fuerza redentora transforme las armas en arados, la destrucción en creatividad, el odio en amor y ternura. Así podremos decir con júbilo: «Nuestros ojos han visto a tu Salvador».
Feliz Navidad a todos.

"¿Permito a Dios que me quiera?"




"Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción"

Homilía del Papa Francisco en la Misa Nochebuena
«El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló» (Is 9,1). «Un ángel del Señor se les presentó [a los pastores]: la gloria del Señor los envolvió de claridad» (Lc 2,9). De este modo, la liturgia de la santa noche de Navidad nos presenta el nacimiento del Salvador como luz que irrumpe y disipa la más densa oscuridad. La presencia del Señor en medio de su pueblo libera del peso de la derrota y de la tristeza de la esclavitud, e instaura el gozo y la alegría.
También nosotros, en esta noche bendita, hemos venido a la casa de Dios atravesando las tinieblas que envuelven la tierra, guiados por la llama de la fe que ilumina nuestros pasos y animados por la esperanza de encontrar la «luz grande». Abriendo nuestro corazón, tenemos también nosotros la posibilidad de contemplar el milagro de ese niño-sol que, viniendo de lo alto, ilumina el horizonte.
El origen de las tinieblas que envuelven al mundo se pierde en la noche de los tiempos.
Pensemos en aquel oscuro momento en que fue cometido el primer crimen de la humanidad, cuando la mano de Caín, cegado por la envidia, hirió de muerte a su hermano Abel (cf. Gn 4,8).
También el curso de los siglos ha estado marcado por la violencia, las guerras, el odio, la opresión. Pero Dios, que había puesto sus esperanzas en el hombre hecho a su imagen y semejanza, aguardaba pacientemente. Esperó durante tanto tiempo, que quizás en un cierto momento hubiera tenido que renunciar. En cambio, no podía renunciar, no podía negarse a sí mismo (cf. 2 Tm 2,13). Por eso ha seguido esperando con paciencia ante la corrupción de los hombres y de los pueblos.
A lo largo del camino de la historia, la luz que disipa la oscuridad nos revela que Dios es Padre y que su paciente fidelidad es más fuerte que las tinieblas y que la corrupción. En esto consiste el anuncio de la noche de Navidad. Dios no conoce los arrebatos de ira y la impaciencia; está siempre ahí, como el padre de la parábola del hijo pródigo, esperando atisbar a lo lejos el retorno del hijo perdido.
La profecía de Isaías anuncia la aparición de una gran luz que disipa la oscuridad. Esa luz nació en Belén y fue recibida por las manos tiernas de María, por el cariño de José, por el asombro de los pastores. Cuando los ángeles anunciaron a los pastores el nacimiento del Redentor, lo hicieron con estas palabras: «Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12). La «señal» es la humildad de Dios llevada hasta el extremo; es el amor con el que, aquella noche, asumió nuestra fragilidad, nuestros sufrimientos, nuestras angustias, nuestros anhelos y nuestras limitaciones. El mensaje que todos esperaban, que buscaban en lo más profundo de su alma, no era otro que la ternura de Dios: Dios que nos mira con ojos llenos de afecto, que acepta nuestra miseria, Dios enamorado de nuestra pequeñez.
Esta noche santa, en la que contemplamos al Niño Jesús apenas nacido y acostado en un pesebre, nos invita a reflexionar. ¿Cómo acogemos la ternura de Dios? ¿Me dejo alcanzar por él, me dejo abrazar por él, o le impido que se acerque? «Pero si yo busco al Señor» –podríamos responder–. Sin embargo, lo más importante no es buscarlo, sino dejar que sea él quien me encuentre y me acaricie con cariño. Ésta es la pregunta que el Niño nos hace con su sola presencia: ¿permito a Dios que me quiera?
Y más aún: ¿tenemos el coraje de acoger con ternura las situaciones difíciles y los problemas de quien está a nuestro lado, o bien preferimos soluciones impersonales, quizás eficaces pero sin el calor del Evangelio? ¡Cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy!
La respuesta del cristiano no puede ser más que aquella que Dios da a nuestra pequeñez. La vida tiene que ser vivida con bondad, con mansedumbre. Cuando nos damos cuenta de que Dios está enamorado de nuestra pequeñez, que él mismo se hace pequeño para propiciar el encuentro con nosotros, no podemos no abrirle nuestro corazón y suplicarle: «Señor, ayúdame a ser como tú, dame la gracia de la ternura en las circunstancias más duras de la vida, concédeme la gracia de la cercanía en las necesidades de los demás, de la humildad en cualquier conflicto».
Queridos hermanos y hermanas, en esta noche santa contemplemos el misterio: allí «el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande» (Is 9,1). La vio la gente sencilla, dispuesta a acoger el don de Dios. En cambio, no la vieron los arrogantes, los soberbios, los que establecen las leyes según sus propios criterios personales, los que adoptan actitudes de cerrazón. Miremos al misterio y recemos, pidiendo a la Virgen Madre: «María, muéstranos a Jesús».


23/12/14

Bonita felicitación de Navidad.


“Crecer en familia”

MENSAJE PARA NAVIDAD 2014 DE OBISPO DE HUELVA

Mis queridos hermanos y hermanas:
Los ojos de los pastores, que habían acogido la Buena Noticia del nacimiento del Salvador, quedaron asombrados al contemplar al Hijo de Dios hecho hombre, como un frágil Niño, envuelto en pañales y acostado en un pobre pesebre. Junto a Él, María, su madre, que le había dado a luz, y José, que asumía su papel de padre. El Niño Dios necesitó el cuidado de una familia.
La familia de Jesús, tuvo que huir perseguida a Egipto y, pasado el peligro, volver a Nazaret, donde el Hijo de Dios vivió sujeto a sus padres, creciendo en sabiduría, estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (cf. Lc 2, 52).
La Sagrada Familia de Nazaret es contemplada por todos nosotros en estos días de Navidad como modelo de toda familia. En ella crecen todos en el cumplimiento de la voluntad del Padre: las pruebas, el trabajo, el silencio, la humildad se desarrollan en el amor mutuo bajo la mirada bondadosa de Dios.
Al dirigirme a vosotros en este mensaje navideño, queridos diocesanos de Huelva, quiero centrarme sobre todo en la familia, porque la fiesta de la Navidad del Señor tiene un sentido familiar muy arraigado. Todos deseamos unirnos a nuestros seres queridos para celebrar juntos la Navidad.
Como dice el Papa Francisco, “la familia atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales. En el caso de la familia, la fragilidad de los vínculos se vuelve especialmente grave porque se trata de la célula básica de la sociedad, el lugar donde se aprende a convivir en la diferencia y a pertenecer a otros y donde los padres transmiten la fe a sus hijos” (Evangelii Gaudium nº 66).
Deseo que Jesús esté presente en todas nuestras familias. Él es el centro de nuestra fiesta. Él está en medio de nosotros para ofrecernos su paz, porque nos enseña a comprendernos, a perdonarnos, a crecer en confianza y en fidelidad a los planes de Dios para cada uno de nosotros. Si Jesús es acogido en nuestras familias siempre estará ardiente el calor del amor, porque Él nos impulsa a amar dando la vida, atentos siempre a la necesidad del otro, a tratarnos con ternura y misericordia. Si Él habita en nuestros hogares no faltará la alegría, incluso en las lágrimas, porque nos sentiremos acompañados por su presencia que conforta y consuela, que hace brillar la luz en medio de nuestras noches. Con Él todos podemos crecer en santidad y renovar el mundo.
Al desearos esta presencia de Jesús en medio de nuestras familias, para que juntos crezcamos en la confianza en Dios y en el seguimiento del que es nuestro Camino, pienso en todas las situaciones diferentes que viven tantas familias. Me uno al sufrimiento de las que están angustiadas por el paro y las necesidades materiales y de las que están afectadas por la enfermedad. Rezo por las que viven situaciones de tensión, desavenencia o ruptura, por las que están fuera de su patria o tienen dispersos a sus miembros, por los que están solos. Mi pensamiento se dirige también, más allá de nuestras fronteras, a todas las familias que padecen los horrores del hambre, de la guerra y la persecución, así como las que han sucumbido en el mar buscando una vida mejor.
Comparto también la acción de gracias por los que están reunidos y contentos celebrando la Navidad: abuelos, padres e hijos, pequeños y mayores. Que este ambiente cálido y entrañable sea un momento propicio para transmitir la fe en Jesús nuestro Salvador, renovar la esperanza en el Mesías deseado por los pueblos y consolidar el amor que el Señor nos ha mostrado.
Una de mis mayores ilusiones pastorales es que los padres e hijos podáis crecer juntos en la vida cristiana. Un crecimiento que respete los ritmos y procesos de cada uno, sin caer en la ansiedad que no tolera “fácilmente lo que significa alguna contradicción, un aparente fracaso, una crítica, una cruz” (cf. Evangelii Gaudium nº 88).
Con afecto os bendigo y deseo que el Hijo de Dios, hecho hombre, llene de paz, amor y alegría a todas las familias de la tierra.
¡Feliz Navidad a todos!
    +José Vilaplana Blasco
Obispo de Huelva

21/12/14

En Navidad escucha la voz del Señor.



Texto completo de la alocución del Papa Francisco antes de rezar el Ángelus:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, cuarto y último Domingo de Adviento, la liturgia quiere prepararnos a la Navidad, ya a las puertas, invitándonos a meditar el relato del anuncio de Ángel a María. El Arcángel Gabriel revela a la Virgen la voluntad del Señor, que ella se convierta en la madre de su Hijo unigénito: “Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; él será grande y será llamado Hijo del Altísimo” (Lc 1, 31-32).
Fijemos la mirada sobre esta sencilla muchacha de Nazaret, en el momento en que se vuelve disponible al mensaje divino con su “sí”; captamos dos aspectos esenciales de su actitud, que es para nosotros modelo de cómo prepararse a la Navidad.
Dos actitudes de María, modelo de preparación a la Navidad
Ante todo, su fe, su actitud de fe, que consiste en escuchar la Palabra de Dios para abandonarse a esta Palabra con plena disponibilidad de mente y de corazón. Al responder al Ángel María dijo: “Yo soy la sierva del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho” (v. 38). En su “sí” lleno de fe, María no sabe por cuáles caminos deberá aventurarse, cuáles dolores deberá padecer, cuáles riesgos afrontar. Pero es consciente que es el Señor quien pide y ella se fía totalmente de Él, se abandona a su amor. Ésta es la fe de María.
Otro aspecto es la capacidad de la Madre de Cristo de reconocer el tiempo de Dios. María es aquella que ha hecho posible la encarnación del Hijo de Dios, “revelando un misterio que fue guardado en secreto desde la eternidad” (Rm 16, 25). Ha hecho posible la encarnación del Verbo gracias precisamente a su “sí” humilde y valiente. María nos enseña a comprender el momento favorable en que Jesús pasa por nuestra vida y pide una respuesta rápida y generosa.
Y Jesús pasa. En efecto, el misterio del nacimiento de Jesús en Belén, que se produjo históricamente hace ya más de dos mil años, se produce como evento espiritual, en el “hoy” de la Liturgia. El Verbo, que encontró morada en el seno virginal de María, en la celebración de la Navidad viene a llamar nuevamente al corazón de cada cristiano. Pasa y llama. Cada uno de nosotros está llamado a responder, como María, con un “sí” personal y sincero, poniéndose plenamente a disposición de Dios y de su misericordia, de su amor.
Eh, cuántas veces Jesús pasa por nuestra vida. Y cuántas veces nos envía un ángel. Y cuántas veces no nos damos cuenta, porque estamos tan ocupados e inmersos en nuestros pensamientos, en nuestros asuntos e incluso, en estos días, en nuestra preparación de la Navidad, que no nos damos cuenta que Él pasa y llama a la puerta de nuestro corazón pidiendo acogida, pidiendo un “sí”, como el de María.
Un santo decía: “Tengo temor de que el Señor pase”. ¿Saben por qué tenía temor? Temor de no darse cuenta y dejarlo pasar. Cuando nosotros sentimos en nuestro corazón: “Pero yo querría ser más bueno, más buena, me he arrepentido de esto que he hecho, aquí está precisamente el Señor que llama, que te hace sentir ganas de ser mejor, las ganas de permanecer más cerca de los demás, de Dios. Si tú sientes esto, detente. Allí está el Señor. Y ve a rezar, tal vez a la Confesión. A limpiar un poco el orujo. Eso a bien. Pero acuérdate bien, si tú sientes esas ganas de mejorar, es Él quien llama. No lo dejes pasar.
Presencia silenciosa de San José
En el misterio de la Navidad, junto a María está la silenciosa presencia de San José, tal como es representada en todo pesebre, también en el que pueden admirar aquí, en la Plaza de San Pedro.
Jesús se ha hecho nuestro hermano por amor
El ejemplo de María y de José es para todos nosotros una invitación a recibir acoger, con total apertura del alma a Jesús, que por amor se ha hecho nuestro hermano.
El don precioso de la Navidad es la paz
Él viene a traer al mundo el don de la paz: “En la tierra, paz a los hombres que él ama” (Lc 2, 14), como anunciaron a coro los ángeles a los pastores. El don precioso de la Navidad es la paz, y Cristo es nuestra paz verdadera. Y Cristo llama a nuestros corazones para darnos la paz. La paz del alma. Abramos las puertas a Cristo.
Nos encomendamos a la intercesión de nuestra Madre y de San José, para vivir una Navidad verdaderamente cristiana, libres de toda mundanidad, dispuestos a acoger al Salvador, el Dios-con-nosotros.