ATARDECER

ATARDECER
Remar mar adentro

30/11/16

Y lo siguieron







Cuando Dios te llama, ¡deja todo! 
No hay nada más importante.

En este día  de San Andrés  de nuevo escucho tu llamada, Señor:
-«Venid y seguidme, y os haré pescadores de hombres.» 

Con prontitud quisiera responder siempre y decirte:
Aquí  estoy Señor.
Hoy renuevo mi deseo de estar contigo y querer seguirte siendo testigo de tu amor
 Gracias Señor por salir a mi encuentro, por  la elección que has hecho en mi vida, por contar con mi pobreza para anunciar la sabiduría de la Cruz.
Porque nuestra salvación está sobre esta Cruz.                       

Señor: si me llamas, cambia mi corazón por dentro.
Señor: si me llamas, hazme disponible.
Señor: si me llamas, que no te ponga condiciones.
Señor: si me llamas, que no sea de los que te pido esperes a mañana.
Señor: si me llamas, que mi sí no sea para unos días.
Señor: si me llamas, que no te ponga condiciones de “mientras me vaya bien”.
Señor: si me llamas, que mi sí no sea quejumbroso, sino que por donde pase vaya dejando huellas de felicidad.
Cuando Tú nos llamas, Señor, ayúdanos a responder con la prontitud y fidelidad que caracterizaba a San Andrés, de modo que  podamos ser verdaderos apóstoles. T
e lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén  
                     

29/11/16

La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida







“Te doy gracias, Padre” 
(Lc 10,21)   

El amor de Dios te libera de tristezas y vacíos
Los pequeños han descubierto lo esencial. 
Jesús lo ve y se llena de alegría por ello.  
¿Cómo cultivo la atención amorosa? 
¿Me brota el agradecimiento?  
 
“Cuando un evangelizador sale de la oración, el corazón se le ha vuelto más generoso, se ha liberado de la conciencia aislada y está deseoso de hacer el bien y de compartir la vida con los demás” (EG 282)  

 La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida

Haznos saber, Padre compasivo,
que nuestra vida es don recibido:
gratuidad, misterio y bendición;
que somos alianza de amor
Enséñanos a ser agradecidos como Jesús,
que salía del camino y elevaba los ojos a ti.
Haznos conscientes, Padre amoroso,
de lo mucho recibido en nuestra existencia cotidiana:
de las manos que nos cuidaron,
de los hombros que soportaron nuestro peso
y nos rescataron de nuestros abismos.
Muéstranos también, Padre de huérfanos y solos,
el don que hemos sido para tantos y tantas
que acudieron a nosotros en busca de refugio.
Y pon en nuestros labios, Padre bueno,
aquel hermoso salmo que nos enseñó tu Hijo: 
Padre nuestro...
 Cipri Díaz Marcos, sj