ATARDECER

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Remar mar adentro

21/11/17

La salvación ha entrado en mi casa


«Mira, Señor, la mitad de mis bienes
se la doy a los pobres;
y si he defraudado a alguno,
le restituyo cuatro veces más»
(Lc 19, 1-10)
Zaqueo no debía estar muy contento consigo mismo, pero no sabía cómo cambiar de vida.
El encuentro con Jesús no fue fortuito.
Zaqueo venció todo respeto humano y Jesús de nuevo supo parar y mirar con amor.
Cuando nos sentimos queridos y valorados somos capaces de cualquier cambio.
A base de reprensiones nadie cambia de actitud.

- Señor, sé que hoy la salvación ha entrado en mi casa.
Quería conocerte, Señor.
He aquí el origen de esta historia
evangélica y llena de vida,
sorprendente y rupturista,
tan cercana y cautivadora,
pues habla de alguien como nosotros,
con manos sucias y corazón egoísta.

Como otras muchas personas,
Zaqueo quería conocerte, Señor;
quizá por simple curiosidad
o tal vez por necesidad,
quizá porque tu nombre sonaba ya
o por un íntimo anhelo que le quemaba,
quizá porque ya tenía sed de justicia.

Y aunque lo intentaba, no lo conseguía
porque eras pequeño de estatura
y la muchedumbre se lo impedía;
o tal vez porque era como era
en su vida, por dentro y por fuera,
o porque estaba mirando a otras riquezas...
¡Quizá porque pisaba tierra insegura!

Pero Tú, Señor, dinamizas la historia
y a su protagonista, que andaba cerca.
Desde la plaza pública alzas la vista
y tus ojos, que hipnotizan,
se cruzan con los de quien está en la higuera
mirándose, con pena, por dentro
y mirando fijo a la tierra.

Tu voz, que resuena amiga,
saca a Zaqueo de su ceguera
-dudas, temores y culpas-
aunque a otras personas escandaliza.
Hay encuentro, diálogo y mesa,
y en su propia casa, cueva de estafas,
se enamora y te lo dice a su manera.

Así surge un nuevo horizonte,
para él y para todos los que te buscan
por los caminos de la historia,
porque la salvación llega generosa,
cura nuestros fallos y heridas,
y nos llena de gozo y vida.
¡Otra vez tu presencia nos desconcierta!

Florentino Ulibarri.

Hoy celebramos la Presentación de María, es decir, el ofrecimiento hecho por sus padres a Dios del gran don recibido en Ella.
Y vaya si María lo hizo fructificar en su vida. 
Con agradecimiento (recordemos el Magnificat) y con confianza (aunque no entendía, “conservaba estas cosas en su corazón”). 
Es, una vez más, una buena referencia para nosotros.
María es la primera discípula de su Hijo Jesús porque acoge la Palabra en su corazón con un sí total y confiado a la voluntad de Dios.  
Hágase.
Y la Palabra se hizo carne en la tierra de María.
Hágase. Y la Palabra comenzó a amasarse en el corazón de María.
Gracias, María, por tu fe confiada hecha amor sin medida. 
Dulcísima Niña María, radiante Aurora del Astro Rey, Jesús, escogida por Dios desde la eternidad para ser la Reina de los cielos, el consuelo de la tierra, la alegría de los ángeles, el templo y sagrario de la adorable Trinidad, la Madre de un Dios humanado.
Me tienes a tus plantas, oh infantil Princesa, contemplando los encantos de tu santa infancia.
En tu rostro bellísimo se refleja la sonrisa de la Divina Bondad, tus dulces labios se entreabren para decirme: “Confianza, paz y amor…”
¿Cómo no amarte, María, luz y consuelo de mi alma…, ya que te complaces en verte obsequiada y honrada en tu preciosa imagen de Reina parvulita?
Yo me consagro a tu servicio con todo mi corazón.
Te entrego, amable Reina, mi persona, mis intereses temporales y eternos.
Bendíceme Niña Inmaculada, bendice también y protege a todos los seres queridos de mi familia.
Se tu, Infantil Soberana, la alegría, la dulce Reina de mi hogar, a fin de que por tu intercesión y tus encantos reine e impere en mi corazón y en todos los que amo, el dulcísimo Corazón de Jesús Sacramentado.
Amén.




20/11/17

Tú Señor conoces nuestra debilidad,




“¡Jesús hijo de David, ten compasión de mí!
(Lc 18,38).


El Reino de Dios y su misericordia siguen actuando en la vida de Jesús, sobre todo cuando se encuentra con la fe de un ser humano pobre y necesitado.

Grita a Jesús que necesitas su compasión y acoge a los están en los bordes del camino.


Jesús, abre los ojos de mi corazón a la fe en ti, para que te siga por el camino alabando y glorificando tu nombre.


Que la Virgen María, madre de la fe, nos enseñe a caminar en la luz, en la petición y en el seguimiento de Jesucristo.


Tú no eres Señor, un Dios impasible,
no eres distante y duro con los hombres.
Tú conoces nuestra debilidad,
nuestras tendencias orgullosas, violentas y egoístas.
Conoces bien todas nuestras miserias.
Tú eres misericordioso y compasivo
Tú padeces y compadeces,
Tú eres compasión.
Compadécete de nosotros.
Ven, Señor, a socorrernos,
y danos un corazón nuevo,
un corazón limpio y sincero,
un corazón lleno de compasión,
Qué sintamos la impotencia del caído y le ayudemos a levantarse.
Qué compartamos el dolor del enfermo y le cuidemos.
Qué miremos con misericordia al que se equivoca y le enseñemos el Camino.
Qué suframos el miedo del cobarde y le animemos.
Qué padezcamos la decepción del engañado y le mostremos la Verdad.
Qué comprendamos el vacío del violento y le ayudemos a buscar la paz.
Qué soportemos el pesimismo del desilusionado y sembremos esperanza.
Qué probemos la necesidad del hambriento y le ofrezcamos pan y cariño.
Qué hagamos nuestra la rabia del golpeado y lo tratemos con dignidad.
Que nos compadezcamos del egoísta y le amemos.
Quédate con nosotros, para ser cada día más parecidos a ti.
Amén.

19/11/17

Fructificar nuestros dones y talentos en el servicio del Reino


“Señor, dos talentos me dejaste;
mira, he ganado otros dos”
(Mt 25, 14-30)

Dios Padre Bueno y Misericordioso, te damos Gracias
porque Tú no regalas abundantes dones cada día,
para ponerlos en común y compartirlos con todos.
Tú nos enseñas que sólo los dones que se comparten
son los que crecen y los que se multiplican,
y nos recuerdas hoy que Tú nos los entregas gratis
para ponerlos al servicio de todos y para el bien común.
Ten Misericordia de cada uno de nosotros, Dios Bueno,
y ayúdanos a ser fieles a tu Amor y a tu Evangelio,
entregando siempre gratis lo que hemos recibido gratis,
para servirte siempre a Ti y a cada hermano nuestro,
con cada uno de los buenos talentos y de las cualidades
que Tú nos regalas a lo largo de toda nuestra vida.
Ayúdanos, Dios Bueno, a ser generosos con todos
para servir siempre a cada persona que nos necesite,
y ayúdanos también a ser siempre misericordiosos
enseñando al que no sabe, para así, poder ayudar 
a multiplicar las capacidades de cada persona,
y lograr construir entre todos un mundo mejor,
y colaborando con los demás para mejorar
todos nuestros ambiente y nuestra sociedad.
Ten Misericordia de nosotros y no nos dejes caer
en la pasividad ni en el desánimo provocados
por nuestras inseguridades, miedos o temores.
No permitas que nada ni nadie nos separe de Ti,
ni nos dejes jamás ser vencido por la desesperanza.
Te damos Gracias, Dios Padre nuestro y Todo Bondad,
porque tu Amor y tu Misericordia nos unen a Ti,
y Tú nos capacitas cada día para enviarnos a la Misión
y a comunicar tu Buena Noticia a todo el mundo.
Amén.


18/11/17

La respiración del alma


“Cuando venga el Hijo del hombre, 
¿encontrara esta fe en la tierra? 
(Lc 18,8).
Jesús nos enseña que hay que orar con confianza y perseverancia, con la seguridad de que Dios escucha siempre nuestras súplicas. Señor, Tú siempre te mueves impulsado por la misericordia y defiendes siempre a los débiles.
La oración es seguridad en el amor providente del Padre.
Incluso cuando pedimos a Dios imposibles se nos concede el don de escucharnos a nosotros mismos y cambiar de actitud.
Si lo que Dios quiere es nuestra felicidad, inspira todo aquello que nos ayudará a conseguirla. Para Dios no hay buenas o malas peticiones.

- Señor, danos el pan de cada día y perdona nuestras ofensas.

La oración es para mí, Señor, 
la respiración del alma, 
me permite vivir el Evangelio con alegría 
y construir un mundo más fraterno.

Subo a la montaña para orar, buscando los destellos de tu rostro; me pongo en tu presencia y la nube me ilumina, la nube que me envuelve y me penetra, transparencia de tu gloria, sacramento, y guardo tu rostro y tu palabra.
Tu rostro buscaré, Señor; orando en el templo, buscaré; escuchando tu silencio, buscaré; y buscando siento que me miras, y entraño la mirada de tu rostro.
Tu rostro buscaré, Señor; bajaré hasta la choza y la chabola, para orar, para estar con los excluidos, inmigrantes de color, receptores de todos los rechazos y rostros humillados, suplicantes, en el fondo, como el tuyo.
El cielo se abre en su presencia y yo me siento como un reo, porque no hay lugar en nuestras casas.
Tu rostro buscaré, Señor, me acerco al hospital en oración, buscando tu rostro en los enfermos, rostros doloridos, tu rostro ensangrentado, son un cielo abierto, y los beso, y te beso.
Tu rostro buscaré, Señor, en oración, hasta en la cárcel, rostros odiosos, son tu rostro en el infierno, por la desesperanza y la tristeza, y los quiero, porque tu misericordia les devuelve la esperanza.
Tu rostro buscaré, Señor, orando en los ríos humanos de la ciudad, en las colas del autobús o en el metro, en los estadios y grandes almacenes, en los templos, rostros desdibujados, impacientes, tu rostro anónimo todavía, y yo los voy llamando por su nombre.
No me escondas tu rostro, Señor, porque se hace de noche, quiero entrañar tu rostro deseado con todos sus destellos, tu rostro, icono del Padre, la más brillante Teofanía.
Tu rostro me descubre que Dios está enfermo, muy enfermo, de amor.



Dedicación de las basílicas de los santos Pedro y Pablo, apóstoles

Después de su martirio, el cuerpo de Pedro, el «buen pastor», fue sepultado en el Vaticano y el de Pablo, el «maestro de vida», en el camino de Ostia. 
En el siglo IV, Constantino erigió las correspondientes basílicas en el Vaticano (350) y en la Vía Ostiense (390). 
«Los méritos y las virtudes, que superan toda ponderación, de estos dos hombres, no los hemos de considerar disociados: la elección los unió, el trabajo los hizo parecidos, la muerte los igualó» (San León el Grande, Sermón 82).,


17/11/17

Que no se apague el candil de mi fe.



“Así será también en los días 
del Hijo del hombre” 
(Lc 17,26).

El cristiano es una persona que vive el instante.
En ningún momento podemos sentirnos dueños del tiempo.
El tiempo es de Dios y nuestra responsabilidad es usarlo de manera adecuada.
Hoy Jesús nos recuerda que las responsabilidades, las preocupaciones y los problemas no pueden hacernos perder de vista lo realmente importante: nuestra relación con Dios.
Es la mejor manera de estar preparados.
- Señor, que vea.

Los creyentes debemos continuar viviendo todas las exigencias de la conversión, aunque no parezca que la venida del Señor esté próxima.
Ten cuidado de que tus preocupaciones cotidianas no sustituyan tu espera activa y personal del regreso de Jesús.

Mantén mi corazón despierto. 
Que no se apague el candil de mi fe. 
Que mi puerta esté siempre abierta, y mis manos solidarias.  

Hoy celebramos a Santa Isabel de Hungría, religiosa (M)

Hija del rey de Hungría, Isabel (1207-1231) se casó a los catorce años con el duque Luis de Turingia, y tuvieron tres hijos.
Cuando enviudó, a los veinte años, se dedicó al servicio de los pobres y enfermos. En Marburgo, fundó un hospital para atenderlos mejor.
Vivió con intensidad la espiritualidad de Francisco de Asís:

 «En ella se han inspirado incluso personalidades políticas, que se han sentido impelidas a trabajar por la reconciliación entre los pueblos» (Benedicto XVI).

16/11/17

¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!

“El Reino de Dios está dentro de vosotros” 
(Lc 17,21).

El Reino de Dios está entre nosotros.
En cada cristiano.
El Reino no es evaluable en términos humanos.
No se puede valorar su presencia por la asistencia a la iglesia ni por la falta de personas comprometidas.
El Reino de Dios sufre violencia en los cristianos y no cristianos perseguidos, en los parados y en las personas que sufren opresión.

- Señor, que tú seas lo más importante en mi vida.

Cada vez que respondemos confiadamente con nuestra vida al mensaje de Jesús, el Reino se hace también presente en nosotros por el Espíritu.
El Reino de Dios crece dentro de ti, cuando te ocupas de los demás.
De esta manera te pareces a Jesús que recorrió los caminos haciendo el bien.

Quiero vivir el momento presente acogiendo tu Reino,
anunciando tu Reino, esperando tu Reino.

¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!  

15/11/17

«Gracias»


“Levántate, vete; tu fe te ha salvado” 
(Lc 17,19).

Jesús cura a diez leprosos que se acercan pidiéndole misericordia.
No sólo les devuelve la salud física sino una restauración en la vida social de su pueblo.
Sólo un extranjero tuvo fe para reconocer la bondad de Dios que actuaba en Jesús.
Regresa a su presencia para darle gracias.
Normalmente las personas agradecidas se han entrenado en cosas pequeñas: ceder el paso, sonreír al llegar al trabajo, dar las gracias cuando nos prestan algún servicio.
«Gracias» es una palabra muy simple pero muy difícil de pronunciar para algunos.
 Esta dinámica de gratitud se vive también en la vida espiritual.
Sentir a Dios siempre a nuestro lado es el mejor de los regalos.

- Señor, que sepa reconocerte a lo largo del día.

En el camino de mi vida me ofreces tu gracia salvadora.
Abre mi fe a la confianza.
Dame un corazón agradecido.    

"Gracias, Señor, por la aurora y por el nuevo día.
Gracias por el sol que nos calienta e ilumina.
Gracias por la luna que alivia oscuridades.
Gracias por el viento, los árboles, los animales...

Gracias por la casa que nos acoge y protege.
Gracias por las sábanas, las toallas y los pañuelos.
Gracias por poder vestir cada día ropa limpia.
Gracias por el agua que brota en cada grifo.
Gracias por los alimentos de la despensa y la nevera.
¡Cuántas cosas tenemos, Señor, y a veces no somos conscientes!

Y sobre todo, Señor, gracias por tu amistad, tu perdón y tu compañía.
Gracias por el cariño de los amigos y la familia.
Gracias por las personas que hoy me ayudarán a sonreír y a seguir adelante.
Gracias por las personas a las que hoy podré amar y servir.

Gracias ...


Hoy celebramos a San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia

Alberto (1200-1280), aunque fue durante arios provincial de los dominicos y obispo de Ratisbona, tenía como verdadera vocación el estudio, la investigación y la enseñanza. 
Pocos como él llegaron a una síntesis tan admirable entre la filosofía aristotélica y la teología cristiana. 
Así preparó el camino a Tomás de Aquino, discípulo suyo en Colonia.