ATARDECER

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Remar mar adentro

27/5/12

FELIZ PENTECOSTÉS

ORACIÓN “ADSUMUS”
San Isidoro de Sevilla

Aquí estamos, Señor Espíritu Santo.
Aquí estamos, frenados por la inercia del pecado,
pero reunidos especialmente en tu Nombre.
Ven a nosotros y permanece con nosotros.
Dígnate penetrar en nuestro interior.
Enséñanos lo que hemos de hacer,
por dónde debemos caminar,
y muéstranos lo que debemos practicar
para que, con Tu ayuda, sepamos agradarte en todo.
Sé Tú el único inspirador y realizador de nuestras decisiones,
Tú, el único que, con Dios Padre y su Hijo,
posees un nombre glorioso,
no permitas que quebrantemos la justicia,
Tú, que amas la suprema equidad:
que la ignorancia no nos arrastre al desacierto;
que el favoritismo no nos doblegue;
que no nos corrompa la acepción de personas o de cargos.
Por el contrario, únenos eficazmente a Ti,
sólo con el don de tu Gracia,
para que seamos UNO en Ti,
y en nada nos desviemos de la verdad.
Y, lo mismo que estamos reunidos en Tu Nombre, así también,
mantengamos en todo la justicia,
moderados por la piedad,
para que, hoy, nuestras opiniones en nada se aparten de Ti,
y, en el futuro, obrando rectamente,
consigamos los premios eternos.
Amén.

V/ Santa María
R/ Ruega por nosotros

ADSUM!
ADSUMUS!

17/5/12


ASCENSIÓN

En el día de la ascensión, oh Cristo Rey,
los ángeles y los hombres te aclaman:
“Tú eres santo, Señor, porque has descendido y has salvado a Adán,
al hombre hecho polvo,
del abismo de la muerte y del pecado,
y por tu  santa ascensión, oh Hijo de Dios,
los cielos y la tierra entran a gozar de la paz.
¡Gloria a aquel que ha sido enviado!”

La Iglesia ha visto a su Esposo en la gloria,
y ha olvidado los sufrimientos soportados en el Gólgota.
En lugar del peso de la cruz que llevaba,
es una nube luminosa la que lo lleva.
Y él se levanta vestido de esplendor y majestad.

Un gran prodigio tiene lugar hoy en el monte de los Olivos:
¿Quién es capaz de decirlo?
Nuestro maestro había descendido buscando a Adán
y, después de encontrar al que estaba perdido,
lo trae sobre sus espaldas
y glorioso lo introduce en el cielo con él.

Vino y nos mostró que era Dios;
se revistió de un cuerpo y nos mostró que era hombre;
descendió a los infiernos y manifestó que había muerto;
subió y ha sido exaltado y nos ha mostrado cuán grande es.
¡Bendita sea su exaltación!

En el día de su nacimiento, María se alegra;
en el día de su muerte, la tierra tiembla;
en el día de su resurrección, el infierno se aflige;
en el día de su ascensión, el cielo exulta.
¡Bendita sea su ascensión!
                                                                           Liturgia siríaca

San Pascual Bailón

6/5/12

Para tener fruto, hay que permanecer unidos a Jesús

El Evangelio de hoy, quinto domingo de Pascua, se abre con la imagen de la viña. Jesús dice a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador» (Jn 15,1). A menudo, en la Biblia, Israel es comparado con la viña fecunda cuando es fiel a Dios; pero, si se aleja de El, se vuelve estéril, incapaz de producir aquel «vino que alegra el corazón del hombre», como canta el Salmo 104 (v. 15). 
La verdadera viña de Dios, la vid verdadera, es Jesús, que con su sacrificio de amor nos dona la salvación, nos abre el camino para ser parte de esta viña. Y así como Cristo permanece en el amor de Dios Padre, así los discípulos, sabiamente podados por las palabras del Maestro (cfr Jn 15,2-4), se unen de modo profundo a El, convirtiéndose en gajos fecundos, que producen abundante cosecha. San Francisco de Sales escribe: «El ramo unido y conjunto al tronco produce fruto no por propia virtud, sino por virtud de la cepa: entonces, hemos sido unidos por la caridad a nuestro Redentor, como los miembros a la cabeza; he aquí el por qué … las buenas obras, tomando su valor de El, merecen la vida eterna» (Tratado del amor de Dios, XI, 6, Roma 2011, 601).
En el día de nuestro Bautismo la Iglesia nos injerta como gajos en el Misterio Pascual de Jesús, en su misma Persona. De estas raíces recibimos la preciosa linfa para participar en la vida divina. Como discípulos, también nosotros, con la ayuda de los Pastores de la Iglesia, crecemos en la viña del Señor vinculados por su amor. «Si el fruto que debemos portar es el amor, su condición es propiamente este “permanecer” que tiene que ver profundamente con aquella fe que no abandona al Señor» (Jesús de Nazaret, Milán 2007, 305). Es indispensable permanecer siempre unidos a Jesús, depender de El, porque separados de El, nada podemos hacer. (cfr Jn 15,5).
En una carta escrita a Juan el Profeta, que vivió en el desierto de Gaza en el siglo V, un fiel plantea la pregunta: ¿Cómo es posible tener juntas la libertad del hombre y el no poder hacer nada sin Dios? Y el monje responde: Si el hombre inclina su corazón hacia el bien y pide a Dios la ayuda, recibe la fuerza necesaria para cumplir la propia obra. Por eso la libertad del hombre y la potencia de Dios proceden juntas. Esto es posible porque el bien viene del Señor, pero es cumplido gracias a sus fieles (cfr Ep. 763, SC 468, Paris 2002, 206). El verdadero «permanecer» en Cristo garantiza la eficacia de la oración, como dice el beato cisterciense Guerrico de Igny: «Señor Jesús … sin ti no podemos hacer nada. Tu de hecho eres el verdadero jardinero, creador, cultivador y custodio de tu jardín, que plantas con tu palabras, riegas con tu espíritu, haces crecer con tu potencia» (Sermo ad excitandam devotionem in psalmodia, SC 202, 1973, 522).
Queridos amigos, cada uno de nosotros es como un gajo, que vive sólo si hace crecer cada día en la oración, en la participación a los Sacramentos, en la caridad, su unión con el Señor. Y quien ama a Jesús, verdadera vid, produce frutos de fe para una abundante cosecha espiritual. Supliquemos a la Madre de Dios para que permanezcamos sólidamente injertados en Jesús y para que cada una de nuestras acciones tenga en El su inicio y en El su cumplimiento.

2/5/12

La oración es la respiración del alma y de la vida

Si los pulmones de la oración y la palabra de Dios 
no alimentan la respiración de nuestra vida espiritual, corremos el riesgo de asfixiarnos en medio de miles de cosas todos los días: 
la oración es la respiración del alma y de la vida.
 Y hay otro valioso llamado que me gustaría destacar: 
en la relación con Dios, 
en la escucha de su Palabra, 
en el diálogo con Dios, 
incluso cuando estamos en el silencio de una Iglesia 
o en nuestra habitación,
 estamos unidos en el Señor con muchos hermanos 
y hermanas en la fe, 
como un conjunto de instrumentos 
que, a pesar de su individualidad, 
elevan una única y gran sinfonía de intercesiones a Dios, 
de acción de gracias y de alabanzas.
(Benedicto XVI)