ATARDECER

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Remar mar adentro

6/8/10

PABLO VI

“Ahora que la jornada llega al crepúsculo y todo termina…”

  La Buhardilla de Jerónimo
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Siervo de Dios Pablo VI
(26/9/1897 – 6/8/1978)
32º aniversario de su fallecimiento
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La grandeza de Pablo VI encuentra el fundamento en el misterio de la cruz de Cristo. Como sucesor de Pedro, él aceptó esa bendición y todo el contenido de la promesa mesiánica, que había sido pronunciada en la región de Cesarea de Filipo, y aceptó en toda su plenitud el misterio de la cruz. Llevó esta cruz no sólo en sus manos, caminando, todos los años, sobre las huellas del Vía Crucis, en el Coliseo romano. La llevó dentro de sí, en su corazón, en toda su misión: "…no quiera Dios que me gloríe sino en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo" (Gál 6, 14). Estas palabras del Apóstol, cuyo nombre había tomado el año 1963 al comienzo del pontificado, han sido confirmadas por toda su vida. Pablo VI: apóstol del Crucificado, igual que lo fue Pablo Apóstol. Y lo mismo que Pablo Apóstol, él hubiera podido completar esa confesión de gloriarse en la cruz de Cristo, diciendo "por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo" (ib.). Y quizá estas palabras constituyen una clave esencial para comprender la vida de Pablo VI igual que la ha constituido para comprender la vida y la misión de San Pablo.


La cruz […] tiene una dimensión interior, y Pablo VI ha conocido esta dimensión interior de la cruz. Ciertamente, no estuvo exento de "insultos" y "salivazos" (cf. Is 50, 6) que sufrió como maestro y servidor de la verdad. Ciertamente, su alma no estuvo exenta de esa "tristeza y angustia" (Sal 114 [115], 3) de las que habla el salmista. Tristeza y angustia, que nacen del sentido de responsabilidad por los valores más santos, por la gran causa que Dios confía al hombre, sólo pueden ser superadas en la oración; sólo pueden ser superadas con la fuerza de la confianza sin límites: "El Señor es benigno y justo, nuestro Dios es compasivo; el Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas me salvó" (Sal 114 [115], 5-6). Pablo VI era el hombre de esta profunda, difícil —y justamente por esto—inquebrantable confianza. Y gracias a ella precisamente, él era la piedra, la roca sobre la que se edificaba la Iglesia en este período excepcional de grandes cambios después del Concilio Vaticano II.


Respondía a las pruebas interiores y exteriores de la Iglesia con esa inquebrantable fe, esperanza y confianza, que hacían de él el Pedro de nuestro tiempo. La gran sabiduría y la humildad acompañaron esta fe y esta esperanza y le hicieron precisamente tan firme e inflexible.


Nos enseñaba con la palabra y con las obras esa fe salvífica, de la que habla hoy Santiago en la segunda lectura de manera tan convincente: "La fe, si no tiene obras, es de suyo muerta" (Sant 2, 17). Pablo VI nos enseñaba, pues, la fe viva; enseñaba a toda la Iglesia la vida de la fe a medida de nuestra época. ¿Qué otra cosa, sino esta enseñanza de fe viva unida a las obras, son sus grandes Encíclicas, especialmente la "Populorum progressio" y, en otra dimensión, la "Humanae vitae"? Esto hoy se comprende quizá mejor que no hace diez años. La coherencia entre la fe y la vida debe rezumar de cada una de las obras. Debe manifestarse en cada uno de los campos de nuestro obrar.


Sería difícil no hacer oír, con ocasión de este recuerdo del gran Papa, su voz, no hacer escuchar sus palabras, siempre tan llenas de fe y de caridad:


«Ante la muerte y la separación total y definitiva de la vida presente, siento el deber de celebrar el don, la fortuna, la vida presente, el destino de esta misma existencia fugaz: Señor, te doy gracias porque me has llamado a la vida, y aún más todavía, porque haciéndome cristiano me has regenerado y destinado a la plenitud de la vida… Ahora que la jornada llega al crepúsculo y todo termina y se desvanece esta estupenda y dramática escena temporal y terrena, ¿cómo agradecerte, Señor, después del don de la vida natural, el don muy superior de la fe y de la gracia, en el que únicamente se refugia al final mi ser?… Cierro los ojos sobre esta tierra doliente, dramática y magnífica, implorando una vez más sobre ella la Bondad divina» (Testamento: Pablo VI, Enseñanzas al Pueblo de Dios, 1978, páginas 259-262).


Escuchándole hoy, a poco más de un año de su muerte, tenemos aún en los ojos esa separación. Se marcha fatigado y deja detrás de sí una gran herencia. La muerte lo separa de los problemas de esta tierra, del ministerio de esta Sede. Parece decir, como en otro tiempo dijo Pedro: "Señor…, mándame ir a ti" (Mt 14, 28). Y el Señor le deja ir a Él.


Todos nosotros que participamos en este sacrificio eucarístico para encomendar al Eterno Padre el alma de Pablo VI, damos gracias por todo lo que ha hecho y todo lo que ha sido para la Iglesia. "Bienaventurado tú, Simón Bar Jona" (Mt 16, 17).

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De la homilía del Venerable Juan Pablo II en la Santa Misa en conmemoración de Pablo VI, 16 de septiembre de 1979

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