ATARDECER

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Remar mar adentro

29/10/16

El camino de la humildad





“Porque todo el que se enaltece será humillado; 
y el que se humilla será enaltecido” 
(Lc 14, 11) 
 

De nuevo la enseñanza de Jesús es en casa de un fariseo, y bajo el acecho de los demás invitados.

Jesús no discrimina a nadie. 
No tiene problemas para entrar en casa de un recaudador, se acerca a los pecadores y prostitutas, a los enfermos y a los niños… 
Y en el Evangelio de hoy lo contemplamos en casa de uno de los principales fariseos. Tiene un corazón grande, abierto a todos.
El convite es ocasión para referirse a la actitud con que debemos vivir en relación con los demás, según los criterios del Evangelio.

Siempre nos parece que son los otros los que escogen los primeros puestos. 
Tenemos mucha facilidad para darnos cuenta. Pero ¿estás seguro de que tú no caes en esta tentación? Pide a Dios luz para que te ayude a descubrir la realidad. Recuerda la vida de Jesús:
Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios;  al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. 
Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz. (Flp 2)

No somos importantes por lo que hacemos o podamos hacer, sino por lo que Dios nos ha dado y nos da. 
Por tanto, hay que acoger con agradecimiento y sencillez y poner al servicio de los demás lo que se nos ha dado.

- Gracias, Señor, por invitarnos a compartir la mesa de la Palabra y la Eucaristía. Que vivamos de acuerdo con lo que recibimos.


Jesús conoce bien el corazón del hombre y su ambición, pero no quiere que nos equivoquemos.

A Él le atraen los corazones humildes. 

Esta es la vía de Dios, el camino de la humildad. 
Es el camino de Jesús, no hay otro


María, eres el ejemplo más claro de los gustos de Dios.

Le gustó tu humildad; por eso te ensalzó y ahora todos te llamamos bienaventurada.   


Proclama mi alma la grandeza del Señor.

Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.  

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