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Llamando

 

«Instituyó doce para que estuvieran con él 
y enviarlos a predicar» 
 (Mc 3,13-19)  

Jesús llama a los que quiso, no a los mejores más capacitados o más preparados. Posiblemente, ninguno de los doce hubiera pasado ninguna entrevista de empleo.

Instituye a doce para tres fines: estar con él, enviarlos a predicar y darles autoridad para expulsar demonios. Estar con él para aprender, conocerlo y quererlo. Predicar para anunciar lo que han visto y oído. Curar para liberar del mal.

Y así sigue llamando, apostando por los que no cuentan.

No sólo los elige, también les da el poder para que su vida sea un camino de evangelización donde el anuncio de la Verdad se haga con la autoridad que da el saberse unidos a él en el cumplimiento de su voluntad.

Llamó a doce, sabemos sus nombres. Están llamados para la misión. Su función es transformar y anunciar, luchar contra el mal y proponer el Evangelio. Fueron elegidos "para que estuvieran con Él", de aquí viene la autoridad, viene la fuerza. No son ellos los protagonistas sino Él. Elegidos

"Para que estuvieran con él". Todo camino, sueño, reto... qué hemos emprendido, nunca lo hemos hecho solos. ¿Por qué el camino a la felicidad iba a ser distinto? Agárrate fuerte de su mano y descubre a quienes caminan junto a ti. No caminas solo...

"Para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar." Esa es la razón principal de la llamada. Estar con él, escucharle, conocerle, ganar en intimidad. Nos llama para permanecer en su amor y dar fruto en abundancia. Y también nos llama a ser colaboradores activos en la construcción del reino. No basta conocer a Jesús y creer en él. Es necesario darlo a conocer, anunciarlo, compartirlo. Si estás con él y lo predicas, ya eres discípulo suyo.


Mi nombre en tus labios

Escuché de ti mi nombre
como nunca antes.
No había en tu voz reproche
ni condiciones.
Mi nombre, en tus labios,
era canto de amor,
era caricia, y pacto.
Con solo una palabra,
estabas contando mi historia.
Era el relato de una vida,
que narrada por ti
se convertía en oportunidad.
Descubrí que comprendías
los torbellinos de siempre,
las heridas de antaño,
las derrotas de a veces,
los anhelos de ahora,
y aun sin saber del todo
en qué creía yo,
tú creías en mí,
más que yo mismo.
Así, mi nombre
en tus labios
rompió los diques
que atenazaban
la esperanza.

(José María R. Olaizola, sj)

 


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