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“Hosanna al Hijo de Dios”




"Yo os digo: si estos callan, gritaran las piedras"

(Lc 19, 28-40)



El comienzo de la Semana Santa, invita al silencio, a la contemplación, a dejarse conmover por este Dios tan humano, tan sufriente, tan humilde, tan generoso, tan libre...
Invita a seguirle y dejarse seducir por su amor llevado hasta el extremo.

Se inicia una Semana para contemplar y descansar la mirada en los ojos y la figura de Aquél, que vino a este mundo para mostrarnos el humilde y laborioso camino de salida al complejo laberinto de la existencia.
Mira para confiar en Jesús.
Contempla para descansar sereno en Él.

Se nos llama a acompañar a Jesús

¡Vamos a emprender juntos el camino de la humildad!
Nos mueve el mejor motor posible: el amor de Dios.




Entre tanto deseo por sobresalir, por el poder, la fama, por aparecer en los medios… nos sorprende el siervo humilde que no se deja seducir por el protagonismo ni la aclamación popular.
Conoce y acepta su destino.
Aparente fracaso.
El escándalo de la Cruz.
La revolución del amor

Ante tanto gallo de pelea, que nos entontece, manipula, maneja y estruja, emerge la figura humilde y consciente de la persona de Jesús.
Él carga con el mal del hermano, en lugar hacerlo sobre los hombros frágiles de la gente honesta, de los trabajadores o de los más pobres.

Los mismos que se entusiasmaban y alegraban con Jesús, son los que, en unas horas o días, lo enjuician y piden su muerte.
¡Qué voluble es el corazón humano!

¡Cuántos “hosannas” y “crucifícalos” se agolpan en nuestro corazón!



Gozo, ilusión, entrega, fraternidad, comunión, amistad, beso, traición, oración, envidia, cobardía, injusticia, cinismo, sufrimiento, promesa, perdón, misericordia, esperanza, júbilo, alegría, futuro, Dios.
Todo esto es la Semana Santa

La liturgia del Domingo de Ramos presenta los elementos esenciales en la vida de un discípulo: el Absoluto de Dios vivido en una dependencia humilde y filial y en el servicio compasivo, amoroso y tierno a los demás, llevando siempre y en todas partes la cruz de Cristo.

Cada domingo celebramos la Pascua del Señor Jesús, su paso liberador por nuestra vida.
Dejémonos hoy mirar por Él -como Pedro, como las mujeres de Jerusalén o como el buen ladrón-, con un amor, que repara y consuela, que nos perdona y nos salva.

No tengas miedo, ni te sientas abandonado Buen Jesús, caminamos junto a la Bendita Madre en estos días de Pasión.
¡Qué María haga su entrada Triunfal en vuestros corazones y sea la Reina de vuestra alma!



Este domingo, Dios mío, caigo en la cuenta
de lo rápido que puedo cambiar.
En un instante confieso mi amor
y admiración por ti
y al cabo de poco tiempo siguiéndote,
te doy la espalda o te niego.
Paso del “Hosanna al Hijo de Dios”, al “Crucifícalo”.
Todo en pocos instantes.
Perdóname, Señor, y renuévame.

En esta Semana Santa…
Señor, déjame ir contigo; sólo quiero caminar detrás,
pisar donde tú pisas, hasta llegar a la cruz.
Quiero escuchar tu palabra, simple y preñada de Dios,
que, aunque a muchos incomode, a tanta gente nos sana.
Quiero sentarme a tu mesa, comer del pan compartido
que con tus manos repartes a todos los que se acercan.
Que de tanto ir junto a ti, pueda conocerte más,
tú seas mi único amor y te siga hasta morir.


(Adaptación de una plegaria de Javi Montes SJ)



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