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Jesús te sigue perdonando




“Uno de vosotros me va a entregar… 
No cantará el gallo 
antes de que me hayas negado tres veces” 
(Jn 13,21-33.36-38)

No te acobardes por tu debilidad o tu pequeñez.
Hemos sido escogidos portentosamente.
Hemos sido traídos a la vida, creados únicos y diversos por un mismo amor. 
Llevamos dentro la chispa divina.
Estamos destinados a ser luz en un mundo de tinieblas.
Su luz.

Señor, no me gusta ser débil. No me gusta tener una salud quebradiza. No me gusta equivocarme. No quiero depender de nada, de nadie. Tampoco me gusta depender de ti, Señor. Lo reconozco. Pienso que todo habría sido mejor sin los defectos y faltas que me avergüenzan.

Tú, sin embargo, Señor, amas mi debilidad, 
me pides que te ofrezca mi debilidad. Me llamas a mí, con mi amor propio, mi orgullo, mi ímpetu dominador, mi corazón dividido, 
mi ansiedad, mi necesidad de relación, mi sensibilidad que me produce tantos
rompimientos de cabeza, mi cansancio, mi perfeccionismo, mi coraje... Me quieres como soy.

Ayúdame a comprender 
que en mi herida está mi don; en mi pecado, tu misericordia; en mi pobreza, tu riqueza; en mi tentación, tu Espíritu; en mi sufrimiento, la fuente de la sabiduría; en mi dolor, la capacidad de comprender a los demás.

Señor, aunque me cueste, 
quiero apoyar mi vida no en mi fuerza, sino en la tuya; y te ofrezco mi debilidad como mediación amorosa 
para que puedas hacerte presente en la vida de los que me rodean, de los que más me necesitan.
(Oración inspirada en un texto de Ángel Moreno de Buenafuente)

No busca Jesús seguidores perfectos, sino corazones dóciles, abiertos a acoger su palabra.
Conoce nuestro barro, el miedo, las dudas, las contradicciones...
Pero nos ama, y su amor, que es siempre mayor que nuestras traiciones, nos rescata.

Dice Isaías que el Señor  "le escondió en la sombra de su mano." (Is 49,1-6)
Y el Salmo 90 apostilla: "tú que vives a la sombra del Omnipotente." 
Escóndenos, Señor, cada vez que nos encontremos perdidos.
Y cuídanos como Tú sabes hacer a los abandonados.
Y prepáranos para la tarea asignada.

Detente un momento: ¿dónde están tus traiciones del día a día?
¿De verdad es sincera tu fe?
"Os aseguro que uno de vosotros me va a entregar".


En tu cruz has escrito mi nombre, mi vida, mis heridas.
Gracias, Señor.





Qué tristeza sentiste, Jesús.
De los que estamos contigo, te traicionamos; tanto tiempo comulgado,…nos creemos buenos pero tenemos que humillarnos y decirte perdona a tu pueblo, Señor.

No se trata de ver quién es infiel o quién traiciona, es ver quien en verdad ama.
¿Cómo es que después de tantas ofensas, Jesús te sigue perdonando? 
Exacto, es porque te ama, y tu ofensa no le gana a su amor.

Como el apóstol san Juan, recostemos estos días nuestra cabeza en el pecho de Jesús y pidámosle la gracia de reconocer su presencia entre nosotros y de no rechazar ni traicionar nunca su amor.

Esta es la verdad que somos, Señor:
una Iglesia pecadora,
que muchas veces te ignora.
Y por encima de todo,
somos la Iglesia que tú amas.
Es cierto que muchas veces te traicionamos,
ignoramos y ofendemos…
Y tú, ahí, fiel siempre,
continúas apostando
por nosotros.


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