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¡Tú sígueme!

 

“¿A ti qué? Tú sígueme”.
 
(Jn 21,20-25)

En el seguimiento no hay que mirar a otros ni para otro lado. Lo importante es escuchar la voz de quien nos llama y nos invita a la aventura apasionante de la misión. El Señor tiene un plan personalizado para cada uno. Él sabe a quién llama y para qué.

Ya lo cantaba Alaska: "¿A quién le importa?" Lo que viva cada uno si la respuesta a la fe es personal. Estamos en la época de la incontinencia verbal. Todos opinando de todo, convertidos en expertos tertulianos. No hace falta que nadie reparta carnets de católicos. Desconocemos las circunstancias que vive el otro para valorarle. Jesús es firme, no perdáis tiempo en juzgar o validar la fe del otro, y cómo vive su respuesta a Jesús. ¡Tú sígueme!, como eres, lo demás se irá dando por añadidura.

El Señor busca discípulos y no maestros; busca seguidores y no cotillas que chismorrean de terceras personas. Cuando abrimos espacios para el chismorreo la verdad se desvanecen y la fuerza del Evangelio se desvirtúa. Que Dios infunda el Espíritu de la verdad en nuestros corazones.

Se derramará una efusión divina,..., ¿y cómo está tu vasija?, si la vacías de lo que no es, será llenada por lo que SÍ ES: ¡El Espíritu viene a obrar maravillas en ti y en toda la humanidad!

 

 

 

 

Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque eres bueno
porque tu misericordia es infinita

Has puesto tu mirada en mí, Dios de amor.
¡Que puedo decirte si Tú me conoces del todo!
Me he quedado mudo ante tu presencia
porque soy poca cosa y, sin embargo, me amas.

Al más infiel de tus siervos
muestras tu mirada de amor
y le dices: ¡Levántate! ¡Sígueme!

Y yo, escuché tu voz y confié en ti.
Señor confío en ti, porque tú eres amor,
justicia y misericordia infinita.


 

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