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¡No estamos solos!

 


«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 
Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, 
el Espíritu de la verdad».
 (Jn14,15-21)

Todo es cuestión de amor. Amarle y vivir como Él nos pide. Amar lleva directamente a la vida. Si le amamos, si vivimos como Él nos pide, estará y permanecerá en nosotros, y estaremos juntos, y nos mandará su Espíritu y seremos con Él. Es una relación de amor. En el amor no hay otra cosas que entrega generosa, caminar juntos, proyecto común, agradecimiento, espera, perdón, intimidad, verdad y libertad.

Jesús no nos abandona, no nos deja huérfanos. Nos concede la gracia del Espíritu para ayudarnos.


"No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros."
Nos ama, está en nosotros, no nos deja huérfanos. Esta es la razón de nuestra esperanza. Esa es la radical propuesta de la fe. Dios no va a dejar que la soledad se instale en nuestras vidas. La orfandad se detecta en la mirada. En los ojos de un huérfano se nota el desamparo y la pérdida de la ilusión. La convicción de que su vida no es valiosa, ni nadie opta por permanecer a su lado. Jesús es el sí definitivo de Dios hacia cada una de nuestras vidas. Yo estaré contigo en todo lo que vivas, nada me separá de tu lado, todos los días, hasta el fin del mundo.

El Espíritu Santo vive en nosotros, hace real la presencia de Jesús en nosotros, si le permitimos por la docilidad a sus Consejos Evangélicos y Mandamientos. No es camino impuesto, es camino de libertad, que sólo se avanza en libertad.

Amar, pedir, recibir, conocer y morar. Todo de la mano del Espíritu. Ayudados por su fuerza, fortalecidos por su gracia. Espíritu de la verdad, el consuelo y la esperanza. Escondido y encontrado, morador del interior, compañero en las luchas, defensor en nuestra calma.


 

Sin el Espíritu Santo, nosotros no podemos amar a Cristo ni guardar sus mandamientos, y tanto menos podremos hacerlo cuanto menos de Él tengamos, y lo haremos con tanta mayor plenitud cuanto más de Él participemos (San Agustín)

 “El Espíritu Santo quiere quedarse con nosotros, es un compañero de vida. Es paciente y está con nosotros también cuando caemos. Nos ama de verdad y no nos deja solos en las dificultades. Preguntémonos: ¿Invocamos al Espíritu Santo, le rezamos con frecuencia?” (Francisco)

Es el Espíritu que nos hará conocer y descubrir la verdad Dios.
Es el Espíritu que nos hará conocer y descubrir el amor Dios.
Es el Espíritu que nos hará conocer y descubrir la verdad de Jesús.
Es el Espíritu que nos hará conocer y descubrir
el amor de Jesús “entregando su vida por nosotros”.

Con el don del Espíritu Santo, nuestro corazón “se hace un poco como el corazón de Dios”.
Con el don del Espíritu Santo, Dios nos hace capaces de “amar como él nos ama”.
Con el don del Espíritu Santo, “es Dios que ama en nosotros”,
“ama a través de nosotros” y nos hace fieles al seguimiento de su Hijo.

Jesús “se nos va”, pero “se queda”.
No nos deja abandonados, “huérfanos, volveré”.
Y volverá en el don del Espíritu que nos hará vivir
en esa comunión trinitaria de Dios Padre,
Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: “Dios Amor”.

 


Ven, Espíritu Santo

Y el Espíritu vino,
para recordarnos la verdad,
para que tengamos memoria agradecida
y corazón misionero.
Entonces balbuceando dijimos:
ven,
ilumínanos,
llénanos,
sánanos…
Abrimos los labios,
y nos puso las palabras justas,
alentándonos a ser
personas sabias.
Abrimos los oídos, y escuchamos
el dolor silencioso de los pobres,
el lamento hecho susurro
de los “nadies”.
Abrimos nuestras heridas
y sentimos el soplo sanador y cicatrizante.
Abrimos el corazón
y nos encontramos…
amigos, hermanos, familia…


(Hermana Viviana Romero)


 

 

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