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Testigo

 


"Las obras que el Padre me ha concedido 
llevar a cabo, 
esas obras que yo hago dan testimonio de mí". 
 (Jn 5, 33-36)

¡Cuántas veces nos sentimos inseguros en la oscuridad! ¡Y cómo cambian las cosas cuando encendemos la luz! Iluminar el mundo también es nuestra tarea... para que la Luz venza a las tinieblas.

 Contra hechos no hay argumentos. Por eso nuestras vidas deben ser trasparencias que dejen pasar la luz de Dios. Al mismo tiempo siendo conscientes de nuestras ambigüedades y flaquezas. Pero qué lindo es ver vidas en las que se puede ver con claridad el paso de Dios por ellas. Vidas en las que se lee el evangelio.

La luz del mundo es el Señor, luz para una humanidad que camina en tinieblas y sombras de muerte. Juan es la lámpara, que antecede a la luz. Su brillo deslumbró a muchos inconformistas que se vieron atraídos por él. Pero sólo en el enviado de Dios encontramos la luz de la Vida.

Ni siquiera Jesús, el Hijo de Dios, da testimonio de sí mismo. Jesús da testimonio del Padre, realiza las obras del Padre. La Iglesia tampoco debe dar testimonio de sí misma. Los cristianos tampoco debemos dar testimonio de nosotros mismos. Nuestras palabras y nuestras vidas tienen que dar testimonio del amor, de la ternura, de la fuerza de Dios. Lo que dices y lo que haces ¿es para manifestar la gloria de Dios, o para exhibir tus capacidades, buscando el reconocimiento de los demás?

Jesús es la luz y la verdad, Juan es testigo de la luz pero no es la luz, la pregunta que surge hoy al contemplar el evangelio sería: ¿ de quién doy testimonio?  El testimonio va orientado a proclamar una verdad. Una verdad que es Jesús. La comunidad cristiana estamos llamados a ser testigos de la luz del Señor y a manifestar, por nuestras obras, la presencia de Dios en medio de la sociedad que nos ha tocado vivir.

Sabemos que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. Sabemos que Él es Enviado por el Padre para traernos la paz. Sin embargo, no acabamos ir a Él con decisión, nuestra fe en Él es débil, no lo recibimos en lo más profundo de nuestro corazón. ¿Qué podríamos hacer acogerle con más decisión y alegría en esta “recta final” del adviento?

Caminemos por aquella Verdad, que nos hace libres. Preparemos el camino de la Verdad, que viene a liberarnos.
 
Señor que no apague la vela, que no cierre la puerta, que no abandone el camino. Cuando llega la dificultad, cuando llegan los momentos duros tengo la tentación de abandonar el camino. Tu presencia me anima, tu palabra me mueve y tu ejemplo me seduce.

Jesús se siente enviado. Y sabe que serán sus obras las que lo harán posible. Unas obras que ponen a la persona en el centro, que no pasan de largo ante el que sufre, que deja sitio a su lado a los que nadie quiere, que camina con los que están fuera de la ciudad.

Tenemos que decir al mundo que Dios nos ama y nosotros mismos debemos mostrarlo con nuestras obras. Nuestro amor por Dios debe convertirse en obras y no sólo en palabras. Hacer obras concretas de amor por Dios.


Testigo

Si te atacan, déjame ser
testigo de la defensa.
Quiero gritar al mundo
nuestra amistad
aunque demasiadas veces
te he fallado.
Intentaré,
esta vez,
soltar la piedra
y escribir, en la arena
palabras de amor,
como Tú me enseñaste.
Déjame mostrar el barro
que tú vuelves tesoro
si te dejo ser
alfarero de mis días.

Contaré las historias
que aprendí de Ti.
Expondré tu lógica
que trastoca protocolos.
Y aunque mi palabra
sea solo balbuceo,
basta un eco de tu voz
para despertar, en otros,
nostalgias de infinito.

Sé que Tú no necesitas



mi defensa,
pues tu evangelio
ya venció.
Soy yo, que necesito
ser más discípulo,
aprendiendo, de Ti,
a hacer de la vida
hogar y fiesta.

Que quien me escuche, Te oiga
y quien me busque, Te halle.
Que quien me encuentre Te abrace,
Y quien me mire, Te vea.


(José María R. Olaizola, sj)

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