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La Salvación

 

“Luz para alumbrar a las naciones".
 
Lc 2, 22-35

  Maria y José son cumplidores de la ley de Moisés, pero sobre todo saben que aquel niño ha venido como una gracia del cielo, que es de Dios y a Dios hay que ofrecerlo. Sí fuéramos más conscientes de los dones recibidos también nosotros nos ofreceríamos mucho más al Señor.

Jesús es llevado al templo para cumplir la ley de Moisés. Allí se encuentran con Simeón. Hombre piadoso y justo que, llevado por el Espíritu Santo, verá colmadas todas sus esperanzas. En su oración se recoge la gratitud y la alegría de ver al Salvador.

 Simeón  es un hombre sabio. Le reconoce, le llama, Salvador,  es decir aquel que va a transformar para siempre el mundo, el que va redimir y levantar a todo el que esté caído, hundido, alejado... Es también luz universal, para todos y en cualquier lugar del mundo

Sabemos lo que es pasar épocas de nuestra vida oscuras, con falta de nitidez, en tinieblas. Y que aparezca una luz, una persona luminosa, una solución a un problema, un préstamo que nos libera de ahogos, lo recibimos como auténtica salvación. Hablar de luz es hablar de claridad, de esperanza, de fuerzas para desplegar proyectos, de tener iniciativa. Tener luz es sentirse vivo.

 

Señor mío, creo firmemente en tu infinita misericordia y que esperas pacientemente que todos cumplamos con tus mandatos de amor. Te doy gracias por sanar mi corazón y darme cada día, oportunidades por ser una persona nueva, renovada y purificada en tu amor.

Hoy me regalas la hermosa experiencia de María y José presentando al Niño Dios. María, siendo ella la Inmaculada, se presentó al templo a purificarse, y a la vez, llevó a tu divino hijo a presentarlo de acuerdo a la ley de Moisés.

A la entrada del templo estaba Simeón, atento a la llegada de la Sagrada Familia, en la dulce espera para ver al salvador, al Rey de reyes, y con ello ver cumplida tu promesa.

Qué grande fue el dolor en el corazón de María, cuando oyó las tristes palabras de Simeón quien le profetizó la Pasión y muerte de su dulce Jesús. Dios se hizo niño, quiso nacer en la pobreza para traer la justicia y la solidaridad a este mundo.

Mi Dios, te pido que me des humildad para reconocerme pecador, para que, en este tiempo de Navidad, pueda yo imitar el ejemplo de María y José, y acudir a Ti en la iglesia a limpiar mi alma, confesar mis miserias y frustraciones, para poder recibirle en mi corazón, y hacer que te hospedes allí por el tiempo que quieras.

Así como Simeón se alegró al verte, quiero también yo saltar de gozo y alegría por tu llegada a mi vida, por sentir esa presencia sanadora que todo lo transforma y por ser símbolo de unidad en mi familia.

Ayúdame a reconocerte en los más pequeños, en los débiles, en los despreciados por la sociedad, en los pobres, en los que claman justicia, dignidad y guiarles a través de tu Luz y de tu Palabra. Amén

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