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Dios nos habla



 “¿Cómo vais a creer?” 

(Jn 5, 31-47)



Sus actos hablan aún más que sus palabras. 
Su Vida fue la continua ofrenda que restauró nuestra vida.
Cuaresma es tiempo de redescubrir a Jesús.

Sabemos que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida. 
Sabemos que Él es Enviado por el Padre para traernos la paz. 
Sin embargo, no acabamos ir a Él con decisión, nuestra fe en Él es débil, no lo recibimos en lo más profundo de nuestro corazón.

El testimonio tiene que partir de la relación personal, intima, de cercanía... que tenemos con Dios. 
Un verdadero testimonio necesita la verdad que otorga la cercanía y la relación personal.

No tengamos miedo de cruzar la puerta de la fe en Jesús, de dejarle entrar cada vez más en nuestra vida, de salir de nuestros egoísmos. 
Si aceptas a Jesús en tu vida, deja que tus actos hablen por ti.


Lo que queda son las obras...
Las palabras casi siempre se las lleva el viento.

Nuestras palabras y nuestras vidas tienen que dar testimonio del amor, de la ternura, de la fuerza de Dios. 
Lo que dices y lo que haces ¿es para manifestar la gloria de Dios, o para exhibir tus capacidades, buscando el reconocimiento de los demás?

Jesús nos deja claro que además del testimonio de otros, hay uno que no falla y es la Sagrada Escritura. 
En ella Dios nos habla.  
Si queremos “escuchar a Dios” leamos y oremos con su Palabra, la de Dios.

Uno de los esfuerzos privilegiados de la Cuaresma es “hacer que la Palabra de Dios habite más en nosotros”: vivir con una familiaridad que nos lleve a amarla, para que se vaya apoderando de nuestro corazón.




Hijo mío que estás en la tierra,
preocupado, solo y tentado.
Yo conozco perfectamente tu nombre
y lo pronuncio,
como santificándolo, porque te amo.
No, no estás solo, sino habitado por Mí,
y juntos construiremos ese Reino,
del que tú vas a ser heredero.
Me gusta que hagas mi voluntad,
porque mi voluntad es que tú seas feliz,
ya que la gloria de Dios es el hombre vivo.
Cuenta siempre conmigo
y tendrás pan para hoy;
solo te pido que sepas compartirlo
con tus hermanos.
Sabes que perdono tus ofensas,
antes incluso de que las cometas.
Por eso te pido que hagas tú lo mismo
con los que te ofenden.
Y para que nunca caigas en la tentación,
agárrate fuerte a mi mano
y yo te libraré del mal,
querido y pobre hijo mío.


(José Luis Martín Descalzo)



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