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Lo que hemos visto y oído.




“He visto al Señor” 
(Jn 20,18)  



A veces sobran las palabras porque la vida habla.
La decisiones que tomamos, lo que hacemos o dejamos de hacer, las opciones cotidianas dicen más de nosotros que nuestras opiniones.

Todo llega para el que sabe esperar.
La historia del hombre tiene final feliz.
Y si no es feliz, es que todavía no es el final.
Reaviva tu fe.
Persevera en la esperanza.
Activa el amor.
Todo es don.

Entusiásmate con su propuesta:
 "Amaos".
 Y pon en todo el corazón.
Vive y transmite entusiasmo.
Cree en lo que dices y en lo que haces.
Lávate cada mañana con Espíritu.
Eres amado.
Ama, sueña, sonríe.

Da la paz, desea el bien.
A ello te invita Francisco de Asís ante el encuentro con tus hermanos.
Comparte con los desheredados.
Sirve y haz el bien.
Servir es la tarea propuesta.
Ámala.
Eso es amor.
Goza, pues, amando y haciendo el bien.

«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»

Las lágrimas y el dolor me impiden ver al Señor.
Vuelto hacia mí soy incapaz de vivir.
Haz que oiga mi nombre de tus labios y sabré que sigues estando a mi lado.
Susurra mi nombre al oído.
Grítalo si te olvido.
Cántalo y sabré que estás conmigo.

Una mujer, levantada en su dignidad por el amor de Jesús, responde a ese amor buscando a su Amado.
Una mujer se convierte en mediadora de encuentro con Jesús para otros.
Una mujer habla abriendo caminos nuevos de libertad.  

María la Magdalena fue 
y anunció a los discípulos: 

«He visto al Señor y ha dicho esto»


El rostro luminoso de una mujer comunica que ha visto al Señor. 
Su espera amorosa y confiada terminó en el encuentro con el que amaba su alma.
Una mujer se convierte en mediadora de encuentro con Jesús para otros.
Una mujer habla abriendo caminos nuevos de libertad.

Del mismo modo, sin miedo y con alegría, nosotros somos llamados a anunciar lo que hemos visto y oído.



Contempla los rostros de los que te rodean.
¿De qué te hablan?  


En cada amanecer levanto mi alma a Ti, mi Señor.
Todo lo espero de tu Misericordia

Señor y Dios nuestro, que nos llamas a vivir unidos y en paz; anímanos con tu misericordia, de modo que, asumiendo nuestra pequeñez, seamos en el mundo testigos de esperanza.
Del mismo modo, sin miedo y con alegría, nosotros somos llamados a anunciar lo que hemos visto y oído.



Señor, tú expulsaste siete demonios de María Magdalena y, hoy, ahuyentas de mi corazón miedos y desesperanzas, egoísmos y tristezas. 
Gracias, Señor, por lo que hiciste con Magdalena y por lo que haces por mí.

Señor, María Magdalena fue agradecida, te amaba con todo su corazón de mujer y dedicó toda su vida a seguirte y servirte. 
Que también yo, Señor, sea agradecido, te ame, te siga con confianza y te sirva con generosidad.

Señor, Magdalena estuvo siempre a tu lado, en tu pasión, muerte y sepultura. 
Que también yo esté junto a Ti, en los que sufren, cuando no te sienta cerca y cuando la fe me traiga más problemas que satisfacciones.

Señor, tú premiaste la fidelidad de la Magdalena saliendo a su encuentro después de tu resurrección y llamándola por su nombre, para convertir su duelo en danzas. 
Señor, que escuche mi nombre salido de tu corazón y me deje alcanzar por ti, por tu alegría, tu paz, tu fuerza...

Señor, tú confiaste a María Magdalena la misión de anunciar tu resurrección y cuentas conmigo para transmitir tu vida nueva. Señor, dame tu Espíritu, para cumplir esta misión con la alegría y la entrega de María Magdalena. 
Amén
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Lo mismo que María Magdalena decimos hoy nosotros:
«Me han quitado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.»
Marchamos por el mundo y no encontramos nada en qué poner los ojos,
nadie en quien podamos poner entero nuestro corazón.

Desde que tú te fuiste nos han quitado el alma
y no sabemos dónde apoyar nuestra esperanza,
ni encontrarnos una sola alegría que no tenga venenos.

¿Dónde estas? ¡Dónde fuiste, jardinero del alma,
en qué sepulcro, en qué jardín te escondes?
¿O es que tú estás delante de nuestros mismos ojos y no sabemos verte?
¿estás en los hermanos y no te conocemos?
¿Te ocultas en los pobres, resucitas en ellos
y nosotros pasamos a su lado sin reconocerte?

Llámame por mi nombre para que yo te vea,
para que reconozca la voz con que hace años
me llamaste a la vida en el bautismo,
para que redescubra que tú eres mi maestro.
Y envíame de nuevo a transmitir de nuevo tu gozo a mis hermanos,
hazme apóstol de apóstoles
como aquella mujer privilegiada
que, porque te amó tanto,
conoció el privilegio de beber la primera
el primer sorbo de tu resurrección.

Martín Descalzo


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