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Prudencia

 

"¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?"
(Mt 20,17-28).

A veces los cristianos tenemos que soportar la incomprensión y desprecio de los demás por nuestra fe. Eso nos da temor, y aparecen los complejos. ¡No desfallezcas! ¿Por qué esconder algo que te llena tanto?

"¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?" La prudencia es una virtud muy poco utilizada, cuando nos hace esta pregunta enseguida decimos que sí, somos sus más fieles seguidores, pero cuando llega el sufrimiento no somos capaces de soportarlo, mirad la debilidad de San Pedro.

El cáliz que bebió Jesús fue el de dar su vida por amor. Mirar toda la realidad y seguir pensando que "era muy buena", aunque estuviera llena de limitaciones. Jesús bebé el cáliz de la crueldad humana, bebé la amargura del pecado. La petición de la madre de los Zebedeos es una de una insensibilidad total. Jesús anunciando que va a morir, y ellos preocupados por los primeros puestos. Así se distancia nuestro amor y el suyo.

En la vida cristiana es necesario tener claros los criterios: que deben ser los del evangelio. Ante la tentación del egoísta "servirse de todos", Jesús propone servir y dar la vida por los demás. Esta actitud en Él nos trajo la salvación; en nosotros, poder acoger esta salvación.

Jesús define con claridad quienes son sus discípulos. No los que buscan buenos puestos sino los que se dejan crucificar. No los que tiranizan y oprimen sino los que sirven. No los que quieren ser los primeros, sino los que se hacen esclavos.

Frente a un mundo obsesionado por el poder y el éxito, la Palabra de Dios nos invita a lo contrario: a servir como Jesús, ocupando el último puesto, y a triunfar dando la vida, amando hasta el final.

En un mundo tan lleno de sufrimiento y dolor somos llamados a ser servidores. La búsqueda de los primeros puestos es un signo de mundanidad espiritual que nos aleja de Jesús, de su causa y de su destino.

Cuaresma, es tiempo de ponerle base firme a nuestra vida: el sacrificio y la humildad, son virtudes estratégicas de sanación, liberación y santificación.

Actúa en nosotros, Espíritu de amor. Envíanos tu fuerza para ser testigos del Evangelio en el mundo de hoy.

Quiero, Señor, que mi oración en este día me lleve a una actitud de humildad y de servicio desinteresado a mis hermanos. Si Tú, siendo Dios, no has querido venir a este mundo para ser servido sino para servir a otros, ¿Cómo puedo yo tener tanta cara que piense en otra cosa? Yo quiero ser tu discípulo, yo quiero vivir aprendiendo siempre de Ti. Y te suplico que en la oración de este día aprenda esta hermosa lección: mi vida sólo tiene sentido sirviendo a los demás. Jesús mío: ayúdame a esparcir fragancia dondequiera que vaya; inunda mi alma con tu espíritu y tu vida, penetra todo mi ser y toma de él posesión, de tal manera que mi vida no sea en adelante sino una irradiación de la tuya. Quédate conmigo. Así podré convertirme en luz para los otros. Esa luz, o Jesús, vendrá toda de ti; ni uno solo de sus rayos, será mío. Déjame predicar tu nombre sin palabras… con la fuerza evidente del amor que mi corazón siente por ti.


 

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