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Preparad el camino al Señor.

 


No ha nacido uno más grande que Juan el Bautista.
( Mt 11, 11-15)
La fe es lucha, es combate.
Porque el Reino de Dios no es un salón destinado a almas piadosas; es un desierto a través del cual marcha Dios a la cabeza de los desterrados para conducirles a la libertad y esto requiere esfuerzo, lucha y entrega. La misma que mostró Juan el Bautista.
Con razón Dios se llama a sí mismo "redentor", y ese título suena a anuncio de combate.
Es el combate de Dios que quiere transformar el desierto de nuestro corazón instalado tantas veces, en el orgullo, la envidia y la soberbia, en jardín frondoso donde el amor haga florecer todo tipo de sentimientos buenos hacia los demás.
Es el combate del hombre, que en nombre de Dios, transforma la indigencia del pobre en dignidad humana.
Este tiempo de adviento nos invita a transitar el camino de la libertad y allanar el sendero al Señor que viene a darnos la dignidad perdida por nuestros pecados, que viene a traernos la verdadera dimensión de las cosas y a poner cada cosa en su sitio hasta el punto que el "más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que el mayor de los profetas".
Dios no quiere ver a sus hijos hundidos y arrastrados por el camino de la vida a causa del pecado y del afán de poder de unos pocos; Dios nos quiere libres con la dignidad de hijos de Dios.
Y para que esto sea así, hay que librar cada día la batalla más importante, como hizo Juan el Bautista, la batalla del amor ¡De un amor que nada tiene de dulzón! ¿Izarás hoy la bandera del amor?

 

Señor:
Danos la capacidad de reconocer la grandeza de los demás.
Danos la capacidad de reconocer la grandeza de los más pequeños.
Danos la capacidad de reconocer la grandeza de los que saben mucho.
Danos la capacidad de reconocer la grandeza de corazón de los que saben poco.
Señor:
Que nuestras ilusiones no terminen en desilusiones.
Que nuestros ideales no terminen en fracasos.
Que nuestras esperanzas no terminen en desesperanzas.
Que nuestros compromisos no terminen en abandonos.
 
 

Profecía

Preparad el camino al Señor.
Armaos con un mazo
que derribe muros
tire rencores
y abra paso a la luz.
A voz en grito
salid a la calle,
y decid
que el amor viene,
para ser bandera.
Abrid los ojos
para reconocer
la grandeza del universo
contenida en un ‘sí’.
Atended, y escucharéis
una Palabra plantada
en el corazón de la tierra.
Y después,
haced que el grito
la mirada
y la palabra
se conviertan
en profecía
tan necesaria.

(José María R. Olaizola, sj)

 

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