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Espíritu que fortalece y vivifica




«Recibid el Espíritu Santo» 
(Jn 20, 19-23).

Hoy es la solemnidad de Pentecostés, la fiesta del Espíritu.
La alegría de la Pascua se hace más plena por el don del Espíritu.

Jesús quiere dar a nuestro pobre corazón el Espíritu del Amor, a nuestra cabeza el Espíritu de Sabiduría, a nuestra débil voluntad, el Espíritu de Fortaleza, y para liberarnos del miedo, el Espíritu de la valentía...

El Espíritu Santo es nuestro defensor, nos la paz, nos hace testigos de su misericordia y su perdón.

Demos gracias a Dios por el don que se nos ofrece y abramos de par en par nuestra vida para que el Espíritu Santo penetre hasta lo más profundo de nuestra existencia. 

Pentecostés: el Espíritu nos mueve, nos hace iglesia, rescata al mundo y nos llena de dones...

...Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos...
¡Ven, Espíritu Santo!

… Ven, Espíritu divino...
Mira el vacío del hombre, si tú le faltas por dentro.
Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.

El Espíritu obra el amor.
Vive enamorado, y verás cómo todo cambia.
Vive para el bien y la paz; para la ternura y el compromiso solidario.
Tus ojos se llenarán de luz, y el corazón rebosará alegría.

Hay hermanos que nos transmiten el ruido propio del buen Espíritu.
Sus gestos, palabras o silencios provocan una vibración especial en nuestra alma y alimentan, conmueven, alientan y provocan el anhelo de ponerse las pilas e iniciar una vía nueva, que es propia del corazón.

Todo comenzó con un ruido del cielo, como de un viento recio, que resonó en toda la casa donde se encontraban.
Nació algo único y ese ruido permanece impreso en los nuevos bautizados.
Remueve, alegra, conmueve, sustancia, une, converge, cambia la ruta.
Ha de cuidarse.
La Vida.

Hemos recibido con María la llama que nos llama a vivir encendidos llevando en nosotros su Pentecostés






Espíritu Santo, Tú que llevas adelante la Iglesia, desciende una vez más sobre nosotros, enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y ayúdanos a amar como Jesús nos ha enseñado.

Bienaventurados los que anhelan que el Espíritu Santo venga a ellos.
Dichosos los que abren el corazón de par en par para que haga morada en él.
Felices los humildes que saben que todo es don de Dios.

Qué grandeza para el ser humano poder participar de la misma vida de Dios.
Que nos envíe su propio Espíritu, su aliento que fortalece y vivifica.
Somos afortunados porque somos muy amados.

Silencio. 
Es la hora de los que han sido bautizados en el Espíritu. 
Les toca la profecía, el testimonio, la Palabra, la iluminación de un mundo nuevo.

La acción coordinada y evangelizadora en favor de los pobres que el Espíritu realiza junto a ellos.
Tiempo de renovación.




Tras un día de pronunciar muchas palabras, hay que recalar en la parte trasera, envueltos en silencio.
Y junto al pueblo humilde, que mira asombrado las novedosas posibilidades de la acción liberadora del Espíritu.

“Exhaló su aliento sobre ellos.”
Aliento creador y de vida. 
Aliento de fuerza y valor.
Aliento que sana las heridas.
Aliento que da calor. 
Sólo tú puedes ser mi alegría.
Sólo tú me acompañas en la misión.



Te damos Gracias, Señor Jesucristo Misericordioso,
porque Tú nos traes tu Paz a nuestro corazón,
y nos animas a realizar nuestra misión de cada día,
con la ayuda y la Fuerza de tu Espíritu Santo,
que nos empuja a predicar el Evangelio por el mundo.
Gracias porque Tú nos has llamado a ser tus discípulos
y a ser testigos tuyos en medio del mundo,
y también, porque Tú nos envías tu Espíritu Santo
para fortalecer nuestra fe y para enviarnos
a comunicar con valentía tu Buena Noticia a todos.
Ten Misericordia de nosotros y haz que tu Espíritu Santo
nos ilumine y aconseje, nos guíe y nos impulse siempre
a comunicar a cada persona la alegría del Evangelio,
y venciendo nuestras dudas, temores y debilidades.
Gracias por que tu Presencia nos llena de alegría,
al saber que Tú Vives, y que nos acompañas cada día.
Gracias, Dios nuestro, Bueno y Misericordioso,
porque nos llenas de vida con tu Perdón y Misericordia,
nos entregas tu Paz, y llenas nuestro corazón de tu Amor,
para que lo compartamos con cada hermano nuestro.
Te damos Gracias por el Sacramento de la Reconciliación,
y te pedimos que Tú nos ayudes a acudir a él
cada vez que lo necesitemos, por alejarnos de Ti,
para que, así, nada ni nadie pueda separarnos jamás
de tu Amor, ni de tu Misericordia. 
Amén.




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