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Tan solo, sígueme.



"Sígueme" 
(Jn 21,19)  

Estamos llamados a ser hermanos que se cuidan y velan unos por otros con el mismo amor del Padre.
Intenta mirar a cada persona como un hermano, o como a un hijo o como a ti mismo.

Jesús tiene entrañas de misericordia.
No nos humilla aunque le fallemos.
Su perdón llega aun antes que la ofensa.
Sólo quiere que le amemos, aunque caminemos con pies de barro.

A veces, un acto aparentemente insignificante, puede cambiar la vida de una persona.
Lo que cuenta es el amor que ponemos en lo que hacemos, la orientación al bien de cada palabra, cada pensamiento, cada gesto.

Jesús nos conoce y sabe que somos aves de vuelos cortos, aún así nos llama.
Sabe de nuestros miedos, cansancios, tendencia a la comodidad, y aún así nos llama.
Invoca al Espíritu.
Él es quien renueva en ti la espontaneidad de tu respuesta a Jesús. Incluso en los días de tormenta permanece contigo.  

Espíritu Santo, despiértame a una compasión y a una infinita bondad del corazón.  

Si me amas, apacienta mis ovejas.

Resulta fácil caer en la tentación de hacer grandes cosas para demostrar el amor.
Jesús no pide grandes mortificaciones ni ayunos ni...
Pide servicio a los hermanos.
Más hondo que el pecado de Pedro es ahora la confesión de su amor.
Más fuerte que el mal es el bien.
Más fuerte que la guerra es la paz.
Jesús nos invita a caminar con él.
El Espíritu es quien renueva en nosotros la espontaneidad de nuestra respuesta a seguir a Jesús.
Incluso en los días de tormenta el Espíritu permanece con nosotros. 
Jesús es fiel.
Su mirada y su palabra no se alejan de nuestra vista.
Confía en nosotros.
La presencia del Espíritu en nosotros nos despierta a una compasión y a una infinita bondad del corazón.  

 ¡Qué gozo poder decirte cada día:
Tú lo conoces todo, tú sabes que te quiero!
Enséñame a esperar siempre la victoria de tu amor. 
  
Lee de nuevo el Evangelio y sustituye el nombre de Pedro por el tuyo.
 Escucha a Jesús.
Él conoce tus pecados y todas tus buenas intenciones.
Te pregunta, te habla con cariño y espera tu respuesta.
¿Me amas más que éstos?
¿Me amas?
¿Me quieres?
Apacienta mis corderos
Otro te llevará a donde no quieras
Sígueme.



No importa tu fragilidad ... cuento contigo ... haremos grandes cosas juntos.
Tan solo, sígueme.


«Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero.»
Para mí, la confesión de fe más bella que alguien pueda profesar.
Sobran más palabras.

“Señor, tú lo sabes todo,
sabes que te amo con todas las fuerzas de mi pobre corazón,
sabes que soy capaz de jugármela por ti ahora
y gritar que no te conozco dentro de un rato.
Así soy Señor: débil y fuerte a la vez.
Así es mi corazón: valiente y cobarde a un tiempo.
Mis días son cartas de amor y egoísmo barajadas.
Sé que me quieres, Señor,
y que nada ni nadie puede separar tu amor de mi pobreza.
Te doy gracias porque cuentas conmigo Señor
para cuidar a tus hijos, para mostrarles tu amor.
Te seguiré, Señor, envíame,
aunque me ciñan las incomprensiones
y me conduzcan al dolor que menos quiero,
Gracias, Señor, por poder vivir contigo esta historia de amor.”    
    

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