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El signo


“Aquí hay uno que es más que Jonás” 
(Lc 11,32).  

El mal toma muchas formas y nos hace perder de vista su poder destructor. 
El maligno destruye a las personas, y a la sociedad. 
Cuando parece que le hemos ganado una batalla reaparece por otro lado. 
El cristiano debe mantenerse firme en el seguimiento de Jesús. 
No hay medias tintas. 
Hay que mantenerse alerta ante el engaño y las estrategias del maligno.

- Señor, no me dejes caer en la tentación.

Nos cuesta convertirnos de verdad al Señor. 
Y ponemos excusas y justificaciones, algunas realmente buenas; pero excusas, al fin y al cabo: 
“Si Dios me diese una prueba de su existencia”, 
“Si Dios cambiara mi forma de ser”, 
“Si viera un milagro”. 
¡En qué aprieto nos pondría Dios si convirtiera una tinaja de agua en vino! 
Algo tendríamos que inventar.
Sin embargo, hay personas que se conforman con menos. 
Los ciudadanos de Nínive se convierten por la predicación de Jonás, y la reina del Sur al escuchar la sabiduría de Salomón.
Si hiciéramos más a menudo memoria de todas las maravillas que Dios ha hecho en nosotros, pediríamos menos signos, seríamos más agradecidos, crecería nuestra esperanza y viviríamos más felices.

El gran signo del Reino es Jesús y su enseñanza. 
Dios nos revela en Él su rostro lleno de amor y de sabiduría. 
No busques en lo maravilloso la presencia de Dios. 
Escucha su Palabra, amásala en tu interior y conviértete a Él.  
  
Espíritu de Amor, 
abre mi mente a tu Sabiduría, 
para que tu Palabra entre en mi vida 
y la transforme.  



Señor Jesús, somos muy afortunados y hemos recibido mucho de ti,
pero no acabamos de agradecerlo, de convertirnos, de cambiar de vida.

Nos has proclamado la Buena Noticia de que Dios nos ama con locura,
pero no acabamos de abrir el corazón para acoger su ternura.

Nos has mostrado que Dios no se cansa nunca de perdonar,
pero, cuando pecamos, seguimos huyendo de Dios.

Nos has dicho que Tú quieres bendecirnos desde los pobres,
pero no les damos espacio suficiente en nuestro corazón y nuestro tiempo.

Te has presentado ante nosotros como un manantial de agua viva,
pero preferimos otras aguas, aunque no calmen nuestra sed.

Vienes a este mundo para liberarnos de todas las cadenas que nos atan,
pero seguimos teniendo miedo a que recortes nuestra libertad.

Nos has enseñado que sólo los que entregan su vida son felices,
pero estamos demasiado preocupados de nosotros mismos.

Nos descubriste que fuimos creados para vivir en comunión con Dios y con las personas, pero no siempre estamos dispuestos a ayudar y a dejarnos ayudar.

Tú nos has dado tu Palabra, tu tiempo, tu Espíritu, tu vida entera,
pero nosotros seguimos siendo tacaños contigo.

Señor, ayúdanos a reconocer todo lo que has hecho por nosotros,
a fiarnos de ti y de tu Palabra, cada día un poco más,
para que nuestras miserias no ahoguen el deseo de plenitud que ha puesto en nosotros y tu amor nos convierta a una vida más entregada y feliz.
Estamos en camino, Señor, y contigo podemos avanzar.

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