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Dios es todo ternura



“Al verla, Jesús la llamó y le dijo: 
“Mujer, quedas libre de tu enfermedad”… 
y enseguida se puso derecha. 
Y glorificaba a Dios” 
(Lc 13, 12.17).

No es fácil mantenerse erguidos.
Demasiadas veces nos vemos obligados a someternos a personas, costumbres o ideologías que no nos gustan.
Jesús nos da la clave para la libertad: 
«No tengáis miedo».
Jesús nos quiere erguidos y libres.
Toda persona merece respeto, pero nadie puede considerarse superior.
La humildad es la verdad y la «verdad nos hace libres».
- Señor, cura mi orgullo y mi ceguera.

Una vez más aparecen los defensores de la ley.
Mejor dicho, entran en escena los que manipulan la ley para atacar a Jesús.
Sin embargo Jesús no se acobarda.
La ley está al servicio del bien de las personas.
Nada hay más valioso en el mundo que un ser humano.

Lo que Jesús realiza en sábado es una celebración de su sentido más profundo.
Para Jesús, el sábado no está hecho para prohibir las obras de misericordia, sino para fomentarlas. 
Jesús te mira, te llama y te sana.
Su tiempo es tiempo de salvación.
Ésta es la verdadera alegría que nadie te podrá arrebatar.
Siempre nos sorprende este Dios que es todo ternura.
No deja de hacerlo.

Jesús, mírame a mí también.
Bien sé yo que tu mirar es amar
Y tu amor misericordia.
Mi alegría, proclame tu gloria.  


Bendice, alma mía, al Señor, desde el fondo de mi ser.
Bendice, alma mía, al  Señor, y no olvides sus muchos beneficios.
Bendice, alma mía, al Señor, porque él ha sido grande conmigo.
Bendice, alma mía, al Señor, porque ha llenado de paz mi vida.

El Señor te ha perdonado todas tus culpas; te ha limpiado.

El Señor te ha curado de todas tus dolencias; te ha sanado.
El Señor te ha sacado de lo profundo de la fosa; te ha liberado.
El Señor te ha puesto en pie después de la caída; te ha rescatado.

El amor del Señor, alma mía, es más alto que los cielos.

El amor del Señor, alma mía, es más grande que los mares.
El amor del Señor, alma mía, es más fuerte que las montañas.
El amor  del Señor, alma mía, es más firme que nuestras rebeldías.

Bendice alma mía, al Señor, por la ternura de sus manos.

Bendice, alma mía al Señor, que es más bueno que una madre.
Bendice, alma mía, al Señor, que él sabe de lo frágil de nuestro barro.
Bendice, alma mía, al Señor, que él comprende nuestro corazón enfermo.

Bendice, alama mía, al Señor, unida al coro de sus ángeles.

Bendice, alma mía, al Señor, en medio de la asamblea congregada.
Bendice, alma mía , al Señor, el único Dueño de la Historia.
Bendice, alma mía, al Señor, en todos los lugares de su señorío.

¡Bendice, alma mía, al Señor: alábale de todo corazón!

¡Bendice, alma mía, al Señor: su amor sin límites
merece nuestro canto!

(Salmo 102 actualizado)

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