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Nada somos sin su misericordia




"El publicano 
bajó a su casa justificado, 
y el fariseo no "
(Lc 18, 9-14)

En la comunidad de Jesús todos somos hermanos y hermanas.
Todos estamos cubiertos por el inmenso amor de Dios.
No hay razón para despreciar a nadie.
Si alguien debe tener un lugar de privilegio ha de ser el pobre, el marginado, aquel al que le ha tocado la peor parte en esta vida.
¿Quiénes somos nosotros para juzgar a nadie, para entrar en su corazón y decir que es malo?


Cuando nos presentamos delante de Dios sin ningún mérito que exhibir, sino con nuestra propia miseria, Dios se conmueve.
No hay nada que tengamos que no nos haya sido dado, empezando por la propia vida.
Nada somos sin su misericordia.

¿Es necesario que cuando oremos nos golpeemos el pecho y nos cubramos de pesimismo? 
Cristo nos pide que nos acerquemos a su corazón como niños, agradeciendo los dones que nos ha dado, y con humildad para reconocer nuestras faltas.
Hacernos pequeños, dependientes, necesitados, como un niño pequeño en brazos de su madre.
Sabernos amados incondicionalmente, protegidos, seguros.
Confiar en su bondad. 
Saber que Dios es Dios, y nosotros sus criaturas.

La humildad, como la de María, "he aquí la esclava del Señor", camino garantizado que nos lleva a Dios:
"¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador".

María Santísima, la creatura más amada y predilecta a los ojos de Dios, vivió siempre como la “humilde esclava del Señor”.
Pidámosle que nos enseñe a ser como ella para que también nosotros seamos objeto de las complacencias de Dios nuestro Señor.



Ch. Péguy

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