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¡Seamos testigos!




"El Espíritu de la verdad, que procede del Padre, 
él dará testimonio de mí" 
(Jn 15,26)   

Las dificultades forman parte de la vida y tendemos a sentirnos abandonados de Dios cuando esto sucede.
Vivir de acuerdo con el evangelio puede traernos incomprensión o simplemente sentirnos fuera de lugar.
Conviene recordar que Jesús ya nos lo había advertido.
No nos juzgarán los malos o descreídos.
Sucede algo peor: nos juzgarán en nombre de Dios.
El discípulo no puede ser más que su Maestro.

- Señor, que te sirvamos en los hermanos.

Jesús deja el Espíritu de la verdad, como un perfume que guía a la verdad completa.
El Espíritu, presente en la comunidad, asegura que el mensaje y la actuación de Jesús son la verdad que da luz al mundo.
Hoy no entres en el juego de la mentira.
Di la verdad y se limpiará el ambiente.
Aprecia a los que dicen la verdad; favorece lo que tenga que ver con la verdad.

Ven, Espíritu Santo.
Que la mentira del mundo no me alcance.
Guíame a la verdad completa. 

“Sin el Espíritu, Dios se ausenta. Cristo queda lejos como un personaje del pasado. El Evangelio es letra muerta. La Iglesia es pura organización. La esperanza es reemplazad por la institución. La misión se reduce a propaganda. La liturgia se congela. La audacia evangelizadora desaparece”.  


Inunda, oh Dios, con el torrente de tu audacia
al hombre llamado a ser tu testigo:
que su compromiso a favor de los pobres
y su estar al lado del necesitado y desvalido
ayuden a desvelar tu imagen
de un Dios que aborrece toda iniquidad;
que la experiencia de tu amor en su vida
sea como lluvia y rocío
que hagan fértil la tierra baldía de nuestras desesperanzas;
que la paz de su corazón y de sus palabras
hagan posible el abrazo de todas las ideas y creencias;
y que nos ayude a comprender que el único enemigo del  hombre es que niega o hace imposible al hermano su vocación de amor universal.

Caigan rendidos ante la fuerza de su testimonio
los que defendían la necesidad de la guerra
e incrementaban el poder de las armas aniquiladoras;
que los poderosos de este mundo alcancen a ver en él
que todo poder es corrupción
cuando no es servicio desinteresado.
Pues la vida de un desheredado es más valiosa a tus ojos,
Señor, que todas las culturas y civilizaciones
que se sostienen a costa de la miseria de muchos.

¡Jamás nos falte un testigo de tu amor!
Sólo él hará ahondar en la perfecta alegría,
porque cambiará nuestros cultivos de egoísmo
en campos ubérrimos de comunión y amistad;
sólo él conseguirá que sea bendición
la maldición de mutua desconfianza
que hoy pesa sobre el hombre;
sólo él, porque aceptó, con el sacrificio de su vida,
ser sendero de Dios entre los hombres:
aurora de un mundo nuevo bajo el signo de la fraternidad.

¡Bendito el Dios de rostro humano,
único que eleva al hombre al gozo de ser su testigo!
¡Bendito el Dios que nos envía signos clarividentes
de su amor hecho carne, presencia, riesgo!
¡Bendito el Dios que consagra los pasos de su elegido
con el cuenco abundante de la esperanza
que derriba todo muro de lo imposible!

La tierra estrenará nuevo traje de fiesta
allí donde los oídos se abran
a la palabra hecha carne del testigo de Dios.

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