Nos resulta fácil identificarnos con aquel ciego que, al pasar Jesús, grita suplicando compasión. Jesús le pregunta: "¿qué quieres que haga por ti?" ¿Qué responderíamos a esta pregunta? El ciego lo tenía claro. Quería ver. Tal vez nuestra ceguera es la de quien no quiere ver.
La ceguera no es solo un hecho físico sino el mental y espiritual. La peor ceguera es la de quien no quiere ver. Una mentalidad atrofiada, una rigidez de planteamientos o una falta de argumentos, producen una ceguera profunda. El Señor puede dar luz si se le deja
«¿Qué quieres que haga por ti?» Y nuestra fe hará que las palabras que salgan de nuestra boca estén llenas de la confianza y seguridad que él no pasa de largo. No debemos desesperar ante el mal porque no estamos solos, caminamos unidos en la fe con los hermanos y el Hijo.
El ciego confía todo lo que es a Él, su futuro puede ser transformado por Él, tiene fe y la grita. Jesús lo cura después de preguntarle, «¿Qué quieres que haga por ti?». ¿Qué responderíamos nosotros? ¿Cuál es mi verdadera necesidad?
El ciego quiere ver, su vida cambió para siempre. De estar sentado a ponerse en camino, de no ver a descubrir a Jesús como sentido de la vida.
Pero hay quien es capaz de gritar «Ten compasión de mí».
Lo gritas a Dios, al prójimo, al mundo.
En esa confesión de flaqueza y en ese acto de confianza pobre,
te vuelves el más sabio de los hombres.
Jesús, abre los ojos de mi corazón a la fe en ti,
para que te siga por el camino alabando
y glorificando tu nombre.
«¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». La compasión es la capacidad de vaciarnos de nosotros mismos para dejar espacio a lo que vive el otro. Es sentir lo que el otro siente. Es vivir como propias las alegrías y las tristezas que viven otras personas. Eso es lo que le pide el ciego a Jesús y es lo que Jesús vive como su forma de amar. Nada humano te es indiferente. La compasión nos acerca al ser propio de Dios que es " compasivo y misericordioso". Le pido a Dios que el dolor no nos sea indiferente.
¡Ten compasión de mí!
Hay quien nunca
pide nada;
quien se siente invulnerable,
y se basta con sus manos,
sus certezas y sus fuerzas.
Hay quien lucha contra todo
y contra todos,
protegiéndose del fracaso
tras una coraza
de autosuficiencia.
Hay quien, en la zozobra,
aprieta los dientes
y sigue adelante,
sin suspiro ni lágrima,
sin quejido ni vacilación.
Hay quien jamás extenderá la mano
esperando que alguien tire de ella.
En esa soledad equivocada
se enroca el más necio de los necios.
Pero hay quien, un día
es capaz de gritar,
«Ten compasión de mí».
Lo gritas a Dios, al prójimo, al mundo.
Y en esa confesión de flaqueza,
de debilidad,
en ese saberte vulnerable
y despojado,
en ese acto de confianza pobre,
te vuelves el más sabio de los hombres.
(José María R. Olaizola, SJ)
Comentarios
Publicar un comentario