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Esperanza y bendición

 


Mientras los bendecía, 
fue llevado hacia el cielo.  
(Lc 24, 46-53). 

 

La Ascensión de Cristo constituye nuestra elevación,

y el cuerpo tiene la esperanza de estar algún día

en donde le ha precedido su gloriosa Cabeza;

 por eso, con dignos sentimientos de júbilo,

alegrémonos y gocémonos con piadosas acciones de gracias.

(San León Magno)

 

En Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre,

nuestra humanidad ha sido llevada junto a Dios;

Él nos abrió el camino

y nos atrae hacia sí conduciéndonos a Dios.

Si le confiamos nuestra vida,

estamos seguros de hallarnos en manos de nuestro Salvador.

Al subir al cielo Jesús,

en lugar de permanecer cerca de unos pocos con su cuerpo,

se hace cercano a todos con su Espíritu.

El Espíritu Santo hace presente a Jesús en nosotros,

más allá de las barreras del tiempo y del espacio,

para que seamos sus testigos en el mundo. (Francisco)

 

No es un adiós, sino un “hasta luego”.

Cristo nos deja la fuerza vivificadora del Espíritu

para que siempre sintamos su cercanía y recordemos su Palabra

 


Después de todo lo que habían vivido con Jesús,

los discípulos sentían que debían vivirlo, contarlo y compartirlo. Hoy sigue siendo nuestra tarea.

 

Jesús los envía como testigos.

Testigos de la resurrección,

del anuncio de la conversión y del Reino de Dios.

Una tarea que no podemos dejar de lado.

Estamos llamados a ese anuncio.

¿Cómo ser testigos?

Viviendo el Evangelio sabiendo que no estamos solos.

La fuerza de lo alto los acompañará en la misión.

Él sube al cielo y ellos vuelven a Jerusalén con gran alegría.

Una invitación a ser testigos, comunicadores de la alegría. Transmisores de buenas noticias.

Anunciadores de esperanza.

 

¡Anunciemos!

Jesús sube al Cielo y deposita en nuestras manos

el encargo de transmitir la buena noticia de la salvación,

del amor infinito sanador a todos nuestros hermanos.

 


Te damos Gracias, Dios Padre nuestro porque Tú nos amas, nos Bendices cada día, y nos eliges para ser testigos de tu Amor y de tu Misericordia en medio del mundo.
Te damos Gracias, Dios Bueno y Misericordioso porque Tú nunca nos dejas solos ni desamparados, y siempre nos acompaña la Fuerza de tu cercanía.
Te damos Gracias y te alabamos, Dios nuestro, porque Tú llenas nuestro corazón con tu Paz y Alegría y nos permites compartirlas con todos los que convivimos.
Te damos Gracias, Dios Padre Misericordioso, porque Tú confías en nosotros y nos eliges para,  que en tu nombre, podamos anunciarte a nuestros hermanos, transformándonos en evangelizadores y misioneros tuyos,
para que cada persona pueda conocerte, amarte y bendecirte.
Ábrenos Tú, Dios nuestro, nuestro espíritu a tu Palabra Viva,
y también nuestro corazón, para poder entender las Escrituras.
Ayúdanos Tú, Señor y Dios nuestro, a contemplarte en la oración pero sin perder la vista ni percepción de la realidad que nos rodea, y trabajando siempre con los pies en la tierra por un mundo mejor.
Te pedimos, Dios Padre nuestro, que tu Verdad nos libere,
y que tu Amor modele nuestros corazones y guíe nuestros pasos para cumplir tu Voluntad, siendo siempre fieles testigos tuyos. Amén.


 

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