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Nada se pierde

 


“¡Dichosa tú, que has creído!, 
porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.  
(Lc 1, 26-38)

Hoy celebramos la Bienaventurada Virgen María Reina. Volvamos nuestra mirada a quien por amor se ha hecho la esclava del Señor y no deja de vigilar por cada uno de sus hijos. Madre nuestra, mantennos vigilantes y activos en la caridad.

María, la madre de Cristo -el Rey-, es también Reina y participa de la soberanía de su Hijo, el Resucitado, sobre todo lo creado. La María Asunta que hemos celebrado hace una semana es también “reina de cielos y tierra”. Madre del Príncipe de la Paz, madre de la misericordia.

La realeza de María, se manifiesta en la respuesta con la que asume el Fiat a los designios de Dios: asumiendo ser Madre del Redentor y Madre que nos cobija a todos nosotros.

Si le preguntas a Ella: ¿Quién eres?, dice: “He aquí la esclava del Señor” Y si le preguntas a S. Juan, dice: “Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”. Divinos contrastes

Dios quiso coronar a nuestra Madre como reina de toda su creación. Siendo sierva, Ella comparte en virtud a su Hijo, Cristo Rey, la condición más elevada: la de la realeza espiritual. Reina del Cielo, ruega por nosotros.

Ella fue elegida por Dios antes de su nacimiento y Ella respondió con confianza, entrega, sacrificio, aceptó el plan de Dios y engendró en su seno por obra del Espíritu Santo al Príncipe de La Paz, al Salvador del mundo, al Rey de reyes. ¡Santa María Reina, ruega por nosotros!

María hizo un camino de fe, y fue también sorprendida por la voz del Padre en sus encrucijadas. Tuvo muy fácil haber tomado el rumbo de la excusa, de la objeción, pero aceptó participar con una intensidad insuperable de la cruz de su hijo.

“¡Con Dios nada se pierde! En María se alcanza la meta y tenemos ante nuestros ojos la razón por la que caminamos: no para conquistar las cosas de aquí abajo, que se desvanecen, sino la patria allá arriba, que es para siempre” (Francisco)

Ella, llegada al final del camino, vuelve sin cesar para aligerar y acompañar el nuestro. Ella, la Reina, ha comprendido muy bien el sentido del servicio. Por eso la Iglesia la proclama “la discípula más perfecta de su Hijo”. Buen espejo para mirarse; buena escuela para aprender.

¡Gracias, María, Reina, por seguir haciendo camino con nosotros!

Salve, Reina de los cielos
y Señora de los Ángeles.
 Salve, raíz; salve, puerta,
que dio paso a nuestra luz.
 
Alégrate, Virgen gloriosa,
entre todas, la más bella;
salve, oh hermosa doncella,
ruega a Cristo por nosotros.

 

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