En Cuaresma, la mirada de Dios, contempla y diseña cada detalle en la vida de cada uno de nosotros sus hijos, para realizar sus maravillosos designios divinos.
Las palabras de Jesús recogidas en el cuarto evangelio son meridianamente claras. Lo esencial está en creer la palabra de Jesús y creer en quien lo envió. Tan esencial es que esta fe, anunciada, celebrada y vivida, otorga a quien la profesa, la plenitud de vida: la vida eterna.
Guía mi voluntad por los caminos de tu amor y misericordia, Hazme obediente a tu Palabra, a tus deseos. Dame, Dios mío, un espíritu de servicio, ya que Tú eres mi Dios y Señor que te entregaste por mi y me diste ejemplo para que siga tus huellas. Amén
Jesús tiene asumido que no puede hacer nada por sí mismo. Abandonado en la voluntad del que lo envió, hace y dice. Un motivo que provocó las ganas de matarlo porque no se entendió. Un modelo en el que poner la mirada y la vida. Una razón para morir dando vida.

Pasar de la muerte a la vida, esa es la misión de Jesús. Pasar de pensar y sentir desde la muerte, sino sabernos envueltos de vida. Ese es el gran regalo de la fe. Y la vida se nos manifiesta en todo lo que ocurre. Hay vida en cada encuentro, en cada situación, en las buenas y en las malas. En la salud y enfermedad. Por eso estamos invitados a cambiar nuestra forma de mirar la realidad y pasar del temor a la confianza.
Que, ¿por qué te amo?
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