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Una palabra

 


"
Señor, no soy quién 
para que entres bajo mi techo..." 
(Mt8,5-17).

Jesús acoge la situación de necesidad en cuanto se le presenta. Su disponibilidad es absoluta, pero es imprescindible una actitud de fe. La respuesta del centurión es de abandono y confianza total. Su autoridad comparada con la de Jesús, queda subordinada a ella.

La humildad necesaria y cierta ante su grandeza, ante su presencia, ante su don. Él es quien nos llenará la casa, el corazón de su Luz. La iniciativa es suya, quiere estar con nosotros, quiere vivir a nuestro lado. No somos dignos, nos basta su Palabra... pero nos encanta prepararle un sitio, estar con Él.

Pensamos, a veces, que fe y vida son dos esferas distintas y distantes, sin embargo, el Señor las coloca en línea de continuidad:  "Que suceda según has creído".  Y ahí, justamente, se fundamenta una fe capaz de transformarlo todo y de ampliar el horizonte hasta el infinito.

"Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestras enfermedades." La compasión, la capacidad de sentir lo que vive el otro y dejar espacio en la propia vida a sus alegrías y sus sufrimientos, es lo que nos va haciendo imagen y semejanza de Dios. Recibimos diariamente una invitación a no cerrarnos en la propia carne y a ensanchar el espacio de nuestra mente y de nuestro corazón. El egoísmo nos aísla y empequeñece, el amor nos hace crecer y acompañar las tristezas de nuestro mundo.


Sufrir con Humildad

Danos, Señor, un verdadero, nuevo y más profundo conocimiento de ti a través del sufrimiento.
Haz que podamos intuir con el afecto del corazón
tu misterio que está más allá de toda comprensión.

Haz que el ejercicio de paciencia de la mente, el discurso espinoso de la inteligencia, sea el signo de una verdad
que no se alcanza simplemente con las normas de la razón humana, misterio inaccesible y al mismo tiempo nutritivo para la existencia del hombre, para sus dramas y sus aparentes absurdos.

Queremos ofrecerte nuestros sufrimientos y compartir los de la humanidad, las dificultades en las que se debaten muchos corazones para volver a una siempre nueva y más verdadera experiencia de Ti, Señor, Dios nuestros, Tú habitas en la luz eterna que nadie puede contemplar, sino tu Hijo que nos la reveló desde lo alto de la cruz.

Concédenos penetrar en el misterio de Jesús a fin de poder conocer algo de Ti, en la gracia del Espíritu Santo.
Danos acceder al misterio del dolor con paciencia, con humildad, convencidos de nuestra ignorancia, de lo mucho que todavía desconocemos de tu Trinidad de amor de tu proyecto salvífico,

Haz que nos humillemos en nuestro sufrimiento, para poder merecer, al menos una migaja, del conocimiento de aquel misterio, que nos saciará eternamente. Te lo pedimos por intercesión de María, que sufrió, pero que creyó profundamente, y ha llegado ya, también en nuestro nombre, al conocimiento perfecto de tu gloria.
Amén.

Cardenal Carlo María Martini


 

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