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Iluminar





“Nadie enciende un candil y lo tapa” 
(Lc 8,16)

La palabra sembrada generosamente por Jesús  o la predicación del Reino en general, tiene que ser luz que ilumine lo más posible.
Por tanto, el evangelio motiva a ser comunicadores de la Palabra.
Y recuerda también la importancia de saber escuchar y acoger en un corazón bien dispuesto.
A medida que se sabe escuchar, acoger y vivir la Palabra, la vida es más luminosa y crece la capacidad de vivir como testigos del Reino.

- María, modelo de escucha y acogida de la Palabra, acompáñanos a vivir cada día el Evangelio.

La luz nos hace quitar el velo del error y descubrir la verdad.
Lo transforma todo, porque nos da una nueva visión.
Jesús es Luz del mundo.



Jesús es tu luz y es la luz del mundo.
Pero, ¿qué hacer para que esa luz cruce el abismo y llegue a tu corazón?
Y ¿cómo hacer para que te apropies de las verdades profundas?
Tu vida es un candil en medio de la casa. 
Los que vienen necesitan tu luz para no tropezar. 

“Es más fácil que la luz se vuelva tinieblas que el cristiano deje de  iluminar a los demás”
(San Juan Crisóstomo)

Los creyentes:
No podemos ocultarnos.
No podemos vivir en el anonimato.
No podemos vivir encendidos en la Iglesia y apagados en la calle.
No podemos vivir con las mechas ya gastadas, se necesita que nuestra llama alumbre.
Los creyentes:
Tenemos que creer a cara descubierta.
Tenemos que creer con la sonrisa en los labios.
Tenemos que creer con la alegría en la vida.
Tenemos que creer con la alegría del don de la fe.
Tenemos que creer con la alegría del don de la esperanza.
Tenemos que creer con la alegría del don del amor y la caridad.
Nada de esconder nuestra luz en las Iglesias.
Nuestra luz ha de brillar en la calle.
Nuestra luz ha de brillar en medio de los hombres.
Nuestra luz ha de brillar cuando nos tomamos unos tragos.
Nuestra luz ha de brillar cuando nos divertimos.
Mientras se apagan las luces de las Iglesias, tienen que encenderse los candiles de la calle.
¡Y tú eres uno de esos candiles encendidos por Dios!

El amor, el perdón, la misericordia, cuando se dan, se reciben a manos llenas. Somos canales por donde fluye el amor de Dios a los hermanos.

Ilumíname, Señor, con tu Espíritu.
Y déjame sentir el fuego de tu amor en mi corazón.

Dios nos quiere candeleros que iluminen.
No nos quiere vasijas que esconden la luz de Jesús.
No nos quiere vasijas que ocultan el Evangelio.
Tenemos que ser luz que ilumine los caminos de la vida.
Luz que ilumine nuestras reuniones de amigos.
Luz que ilumine nuestro mundo de trabajo.
Luz que ilumine nuestros lugares de diversión.
No ocultemos a Jesús.
Que nuestras vidas lo hagan visible.
No escondamos el Evangelio.
Que nuestras vidas sean el Evangelio que todos puedan leer.
No escondamos la Iglesia.
También ella es “luz de las gentes”.
No nos acomplejemos.
Nuestros complejos ocultan el Evangelio.
Nuestros complejos esconden a Jesús.
Nuestros complejos ocultan a Dios.
Y Dios quiere que seamos esos candeleros donde él pueda alumbrar.
Quiere que seamos esos candeleros donde alumbre el Evangelio.
Vivamos a Jesús para que ilumine el mundo.
Vivamos el Evangelio para que alumbre a los hombres.
Que nuestras vidas iluminen y alumbren.
Pero para ello tenemos que tener el coraje de ser candeleros y no vasijas.

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