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La otra orilla



“Desde el cementerio, 
dos endemoniados 
salieron a su encuentro” 
(Mt 8,28).

Jesús no es propiedad de unos pocos privilegiados; cruza toda orilla y va al encuentro de todos los que están muertos en vida.

“Llegó Jesús a la otra orilla, 
a la región de los gerasenos.”

Cruzar a la otra orilla.
A lo diferente, a lo desconocido.
Sin fronteras ni divisiones.
Cruzar a la otra orilla.
Y romper prejuicios, estereotipos.
Con diálogo y dolores.
Cruzar a la otra orilla.




No pienses mal de la Iglesia ni la reduzcas a los que piensan y sienten como tú.
La Iglesia es misionera de todos los pueblos.

¡Cómo eres Dios mío!
Estás en los que casi no son nada.


Juzgamos a los porquerizos por su falta de humanidad.
 ¿Acaso no valen más las personas que los cerdos?
Teóricamente todos estamos de acuerdo, pero la realidad nos hace caer en la cuenta de los miles de refugiados que somos incapaces de admitir y de tantas personas que al igual que los endemoniados viven en territorio de muerte.
Nos cuesta mirarlos a la cara.
Esta dicotomía con la que actuamos es el triunfo del Maligno.

- Señor, que sepa escucharte en los más necesitados.

Jesús, Tú no eres un Dios comodón,
que se encierra en sus cielos azules
y no sale de templos preciosos.
Tú has plantado tu tienda entre nosotros,
en los barrios más pobres de nuestro mundo,
junto a las personas y los pueblos que más sufren.
Señor, haz que también yo siga este camino,
que me acerca a la realidad del mundo,
a las personas que me necesitan.

Señor, Tú luchaste contra el mal,
contra todos los espíritus que atormentan a la gente.
No empleaste otra arma que tu amor,
amor hasta el extremo, amor que da la vida.
Señor, ayúdame a descubrir los malos espíritus,
que hoy no dejan a tus hijos vivir con dignidad:
la injusticia, la mentira, el consumismo, la superficialidad;
la soledad, la desesperanza, el individualismo, la prisa...
Dame la luz y la fuerza del Espíritu Santo,
para luchar contra estos espíritus inmundos,
para liberarme de ellos y liberar a otras personas.

Señor, Tú fuiste expulsado de Gerasa
porque sus habitantes querían más a sus cerdos
que al hombre al que Tú liberaste.
Así fueron los gerasenos y así somos, Señor.
Nos preocupa más el dinero que las personas.
Nos dedicamos a nuestros intereses y caprichos
y aplazamos para mañana el amor a los que sufren.
Libéranos, Señor, del espíritu inmundo del egoísmo,
para que podamos experimentar la alegría
que sólo brota del amor, del servicio y la entrega

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