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Para encontrarnos con Él

 


«Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán». 
(Mt 9,14-15)
 
La Cuaresma es tiempo para reanimar la vida; para revisar la ética que nos guía.
Es tiempo para ahondar en las raíces de nuestro ser y dejar que brote con más fuerza la coherencia.
Es tiempo para abrazar el olvido de sí, y envolvernos en el abrazo del Padre; para mirar al otro y por el otro.

Es tiempo para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios.
Es tiempo de esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20).
 
¿Cuál es el verdadero motivo de mi ayuno?
 
El ayuno no es únicamente dejar de comer.
Ni es una moda fitness.
Es signo de renunciar, por amor, a algo que nos produzca satisfacción.
Un sacrificio por el que purificamos nuestras debilidades.
¿Estás dispuesto a ello?
 
Ayunamos para encontrarnos con Él.
Ayunamos de lo que nos separa de Él, de lo que le deja fuera. 
Un ayuno que conduce a un vacío que debe llenarse de, por y con Él.
Que lo llene el amor, el abrazo y el encuentro.

Ayunar se puede entender desde el sentido muy reducido de dejar de comer.
Jesús amplía el significado y le da todo su sentido pleno: liberar de injusticias, compartir el pan, hospedar a pobres e inmigrantes, vestir al que ves desnudo.
Este es el ayuno de Jesús.
 
Si nuestro ayuno cuaresmal no se queda solo en privación de comida o de cosas, sino que lo llenamos con la escucha de la Palabra de Dios y con obras de misericordia, estaremos apresurando, con nuestra conversión, la venida del Esposo.
 
"¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos?"
Qué regalo se recibe al comprobar que cada día es una 'fiesta de bodas', una invitación cotidiana a un banquete en el que el amor lo hace todo nuevo, y abre la puerta a un presente eterno.
 
Cuando las alegrías de otros tiempos hayan desaparecido
y tesoros una vez míos, no pueda ya exigir,
que esta verdad alimente mi debilitado corazón:
¡Señor, TU PERMANECES AQUI! ¡TÚ eres todavía el mismo!

Cuando los arroyos de agradable frescura se hayan secado:
Amistades bendecidas ya no estén;
cuando los cielos bañados por el sol cedan a las nubes,
¡Señor, TU PERMANECES AQUI!
Todavía mi corazón te tiene a TI.

Cuando las fuerzas hayan fallado,
y los pies, cansados y rendidos,
ya no puedan realizar felices diligencias,
¿por qué he de suspirar, y hacer los días tristes?
¡Señor, TU PERMANECES AQUI! ¿Acaso necesito algo más?

Así por los días de la vida, lo que pudiera fallarme,
amigos, amistades, goces, en grado mayor o menor;
el canto puede ser mío, ninguna pena ha de asaltarme,
¡Señor, TU PERMANECES AQUI! Todavía estás en mi corazón.
María José Silva


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