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"Dio orden de cruzar a la otra orilla."
 
(Mt 8,18-22).

No quiere Jesús que nos quedemos en la orilla de lo conocido, de lo que dominamos. No nos quiere instalados en lo cómodo que nos adormece y quita el asombro. Nos quiere vigilantes, atentos, emocionados. Y es verdad que los retos nos inquietan, lo desconocido nos activa, esperar en lo incierto nos enerva. Pero la necesidad de Dios se percibe frente a la evidencia de nuestro no saber. Benditas situaciones en la vida de desconcierto e inquietud. Porque nos hacen buscar más a Dios y confiar en él.


El Señor no busca sabios, ni expertos, ni perfectos... Busca discípulos. Hoy sobran sabiondos y faltan perdonas que quieran aprender. Como creemos saberlo todo, nuestra ignorancia es mayor, y por eso nos cuesta tanto seguir al Maestro y ser sus discípulos. La humildad es decisiva.

Jesús no nos promete ninguna seguridad. Él asumió su vida terrenal en la pobreza y el desprendimiento, sin un lugar donde reclinar la cabeza y orientando todo hacia el Reino de Dios. Jesús no engaña. Quien quiera seguirlo tendrá que aprender a entregar la vida y a caminar sin casa ni techo fijo.


«Maestro, te seguiré a donde vayas»
Una respuesta sin condiciones, pero después vienen las limitaciones y no nos atrevemos a dejar todo atrás, nos falta confianza plena y sobre todo no nos creemos que él estará siempre con nosotros y aliviará nuestros agobios.

Señor Jesús, tú nos llamas a seguirte como discípulos, 
y nos deseas radical y totalmente tuyos.  
Juntos andemos, Señor. 
Por donde tú vayas, iré yo.

El seguimiento tiene una radicalidad. La incondicionalidad hay que asumirla desde el desprendimiento y la opción por la desposesión. No tenemos nada, ni a nosotros mismos. Es la entrega total a Dios por seguirlo. Sin anteponer nada. Sin demoras ni entretenimientos.


No hay tiempo para las formalidades de la vida cotidiana; el llamado de Jesús es inmediato y total. Los seguidores deben estar dispuestos a abandonar todo, incluso las obligaciones familiares más sagradas, para embarcarse en la misión divina. La promesa es salvación y juicio.

 

Orden de partida

Nos dijiste: poneos en camino…
(A quien se queda en casa y a lo suyo
no le da el corazón para más incumbencias
que tristear a solas).
Nos dijiste: poneos en camino…
(Y como explica el otro: a aquellos que no andan
les suena el corazón como un cencerro).
Oh, pobres de nosotros.
Un par de cosas bastan para no ir tras de ti:
el perfil de una flor, el canto de algún pájaro…

Nos dices todavía: dejad a un lado
tantos bultos inútiles,
los deseos vacíos, las querencias de nada.

Andar es lo que importa.
No quedarnos ahí en la cocinilla
a recontar los días de abstinencia
y otras devociones.
¡Señor, que te sigamos
con la intemperie a cuestas!


(Valentín Arteaga)


 

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