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De la mano de María





"LOS PASTORES FUERON CORRIENDO HACIA BELÉN 
Y ENCONTRARON A MARÍA Y A JOSÉ, 
Y AL NIÑO ACOSTADO EN EL PESEBRE”  (Lc 2,16).  


Empezamos el año 2017 pidiendo la bendición de Dios con una antigua fórmula que nos lleva a los tiempos del Éxodo. 
Han pasado muchos siglos, pero también hoy somos Pueblo de Dios en camino hacia la patria definitiva, necesitados de la mirada y la protección del Señor.

Dedicamos también la jornada de hoy a rezar por la paz, que siempre va codo a codo con la justicia y se establece allí donde los seres humanos toman conciencia de la fraternidad que los vincula y los hace solidarios todos con todos.

Empezamos el año, sobre todo, concluyendo la octava de Navidad con un día dedicado a contemplar la maternidad de María. Ella, junto con José y los pastores, forma la pequeña asamblea congregada alrededor del niño, acostado en un pesebre. 
Cada uno lo mira con sus propios ojos, pero María es la única de quien se dice que conservaba estos recuerdos en su corazón y los meditaba.


Ponen al niño el nombre de Jesús, según les indicó el ángel. 
Un nombre que define claramente su identidad y misión: 
«Dios salva».


José y María muestran a Jesús. 
En una cueva de Belén enseñan la Ternura. 
Dicen que su hijo trae la paz a las naciones. 
Los pastores miran admirados, adoran al Dios hecho Niño. 
Vayamos también nosotros a adorar en silencio. 
En el amor los silencios hablan más que las palabras.  


“Las familias abiertas y solidarias hacen espacio a los pobres, son capaces de tejer una amistad con quienes lo están pasando peor que ellas” (AL 183).  
 

Al estrenar el año, queremos desearnos lo mejor. 
También Dios nos felicita. 
Apoyándonos en las lecturas de la Misa de hoy, bien pudiera ser ésta la felicitación de Año Nuevo de nuestro Dios:
Yo te creé por amor en las entrañas de tu madre.
Te protegeré en el año nuevo y todos los días de tu vida.
No temas, porque no me alejaré de ti, mis pasos no se separarán de los tuyos.
Te protegeré, hasta cuando tú no me sientas cercano.
Te protegeré, también cuando te alejes de mí.
Te protegeré cuando hagas daño a tus hermanos, mis hijos, y me hagas sufrir.
Te protegeré incluso cuando te sientas probado y machacado.
Te protegeré hasta cuando veas sufrir con impotencia a las personas que quieres.
Siempre estaré contigo. Te lo prometo. No seas orgulloso. Acércate a mí. Déjate proteger.
Y haz con tus hermanos lo mismo que yo hago y haré contigo.

En este nuevo año yo te bendigo, digo bien de ti.
Te digo que tú eres importante para mí, vales mucho ante mis ojos.
Te digo que tú eres, pobre criatura, mi hija amada, mi hijo querido.
Te digo que en tu corazón no anida sólo la venganza y el egoísmo;
en tu corazón está el mismo Espíritu Santo, que te recuerda que tú eres mi hijo,
que te anima a rezar, a llamarme: Padre, papa, querido papá.
Te bendigo y te pido que hables bien de mí, en tu familia y con tus amigos.
Guardarte de la crítica, no maldigas, habla bien de tus hermanos, aunque se equivoquen.

En este nuevo año, yo seguiré fijándome en ti.
Nunca dejaré de mirarte. Te miraré con cariño, con comprensión.
Te miraré, como una madre mira a su hijo recién nacido.
Te miraré, como un padre que espera que su hijo le diga “papá”
Te miraré, para que siempre que vuelvas tus ojos hacia mí
encuentres los míos mirándote, sonriéndote, acogiéndote, amándote.
Mírame como un niño, feliz y seguro, cuando su padre lo mira.
Y mira con amor a tus hermanos, especialmente a los que no se sienten queridos.

En este año nuevo, te seguiré concediendo mi favor:
muchas personas buenas te ayudarán y te amarán.
Cuando te rodee la mentira, te ayudaré a madurar, a crecer como persona y como cristiano.
Seguiré ofreciéndote mi Palabra, la palabra de la vida y la felicidad.
Seguiré regalándote mi Iglesia, tan pobre como necesaria, para que me sigas.
Seguiré alimentándote con el Cuerpo de mi Hijo, con su amor.
Seguiré saciando tu sed con su sangre, con su vida entregada.
Seguiré perdonando con misericordia tus pecados y errores.
Te daré todo lo mejor que tengo. Yo mismo seré tu regalo.
Acércate a mí, para que yo pueda seguir concediéndote mi favor.

Y comparte todo lo que yo te doy con tus hermanos.
En este año nuevo seguiré concediéndote la paz,
la paz de tu corazón, de tu familia, de la Iglesia, del mundo… para siempre.
Seguiré concediendo el don de la paz, a pesar de que demasiadas veces no es bienvenida.
Seguiré ofreciendo la paz con paciencia hasta que todos busquéis la justicia,
hasta que todos sepáis perdonar y vivir reconciliados,hasta que todos viváis en paz.
Acoge mi paz. Busca la justicia. Sé pacífico y pacificador.
Da a cada uno lo que necesita para vivir con la dignidad.

En este año nuevo, seguiré diciéndote:
Ahí tienes a tu Madre, la Madre de mi hijo Jesús, vuestra Madre.
Junto a ella será más fácil acercarte a mí.
Junto a ella será más fácil bendecir y sentir mi bendición.
Junto a ella será más fácil que tu rostro se ilumine con mi mirada.
Junto a ella será más fácil sentirte favorecido y querido por mí.
Junto a ella será más fácil vivir en paz conmigo, con tus hermanos, con amigos y enemigos.
Junto a ella será más fácil ser instrumento de mi paz.

De parte de tu Padre, Dios, que te quiere, FELIZ AÑO NUEVO.

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