El problema de nuestro tiempo radica en que muchos, por distintos motivos, han dejado pedir, de buscar, de llamar. Han muerto las utopías, y con ello hemos perdido la esperanza. Sin esperanza, lo humano se diluye hasta desaparecer. Pero la esperanza en Dios, nunca defrauda.
Jesús nos enseña a orar, a pedir a Dios con insistencia y con confianza. Si un amigo ayuda a otro amigo, si un padre mantiene a su hijo, ¡Cuánto más cuidará Dios de los discípulos de Jesús, su Hijo! La cosa buena por excelencia, que el Padre da a los orantes que quieren orar, vivir y actuar como Jesús, es el don del Espíritu Santo.
Cuando le pedimos a Jesús que nos enseñe a orar lo primero que nos dice es: se consciente de que eres un ser incompleto. La humildad de quien reconoce los propios límites es lo que abre las puertas a la necesidad de pedir, de buscar y de llamar. Todo es don y tarea. Y nuestra principal colaboración con Dios es necesitarle. Ir por la vida sin mostrar nuestra vulnerabilidad es autoengañarnos y falsear la realidad. Somos como niños que necesitan cuidado y el gran regalo es tener un Dios que nos cuida diariamente.
Saber hacer el bien. Dar más que esperar servirse. Perseverar ante la falta de resultados. Todo un cambio de actitud. Una posición que nos hace buscadores, pedigüeños y llamadores en medio de una sociedad de satisfechos, conquistadores e individualista.
“Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro”. (Sal 27,8s) Nuestro Dios se hace el encontradizo, ¿lo buscas?, ¿forma parte de tu proyecto de vida estar atento a las señales de su presencia? Para encontrarlo, para hacer que nuestra relación crezca, sea fuerte y sólida... tenemos que buscarle con ahínco, con decisión. Llamarle es dejarle sitio, aceptar su presencia, disfrutar del encuentro. Nuestro Dios, nuestro Padre, no es indiferente a lo que vivimos, a lo nos sucede o necesitamos.




Comentarios
Publicar un comentario