Inmediatamente

 


"A los que habitaban en tierra 
y sombras de muerte, una luz les brilló." 
(Mt 4,12-23).

En el Domingo de la Palabra volvemos a las Escrituras, memoria viva de la Historia de la Salvación y fuente de esperanza. En medio de tantas voces, que resuene en el corazón la llamada de Jesús: “Venid en pos de mí”. Hoy más que nunca...



"A los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló."
Jesús es la verdadera luz, 'una luz grande', que vence para siempre 'la tierra de sombras de muerte'. Se acabaron las tinieblas y la espera. Es Él, es la Luz verdadera, el sentido de la vida, la Vida misma. No hay que esperar a nadie más. Él es a quien todo hombre y mujer quiere encontrar, la verdadera Luz.


La oscuridad distorsiona y caricaturiza la realidad. Cuando no hay luz la rama de un árbol nos parece una garra amenazadora y confundimos molinos con gigantes. Cuando aparece la luz todo se llena de claridad, se difuminan los miedos, despertamos a la confianza, caminamos en compañía. La vocación de Jesús, su llamada, solo busca llenarnos de su luz. Nos llama para que aprendamos a descubrir la luz que nos habita y que solo con Jesús se ilumina y alumbra a otros.

Con Jesucristo ha irrumpido el reino de los cielos en la historia humana. ¿Podemos permanecer inalterables? Imposible. Si nos llega, de repente, la noticia de que hay futuro, hay salvación, imposible continuar como si nada ocurriera. Ese cambio ineludible lo llamamos "conversión".

Jesús pasa, ve y llama. Una invitación dentro de las tareas cotidianas. Una llamada que cuenta con talentos y dificultades. Una propuesta abierta y libre para realizar la misión. Una Palabra que precisa respuesta, desde la escucha, el discernimiento y desprendimiento.


Inmediatamente. 
Inmediatamente dejan las redes y te siguen. 
Inmediatamente dejan la barca y a su padre y te siguieron. 
Inmediatamente, con prontitud, sin demora, sin transición.  
 
El poder de tu mirada misericordiosa, de tu llamada. 
La seducción de tu amor. 
Me llamaste. 
Me sedujiste con tu amor. 
Me recreaste en ti. 
Gracias, Señor.

Señor Jesús, nos llamas, nos convocas, desde nuestros trabajos cotidianos, 
desde nuestras actividades de cada día, nos llamas a seguirte 
para proclamar contigo la Buena Noticia del Reino.   
Dejaremos nuestras barcas y nuestras redes para seguirte, Señor.
Tú eres la luz que iluminará las tinieblas que inundan nuestras sociedades. 
Contigo podremos vencer los rencores con más perdón, 
podemos vencer los odios con más amor y podemos iluminar las tinieblas del egoísmo con más solidaridad y servicio. 
Te seguimos, Señor, para ayudarte en la construcción del Reino.
Te seguimos para curar las enfermedades que tienen a nuestra sociedad con dolores y angustias, para sanar y curar las dolencias de la gente. 
Te seguimos para ser ahora pescadores de hombres, confiados en que Tú nos acompañarás siempre. Amén.


 

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