Jesús plantea la novedad del amor al prójimo. Un «habéis oído» frente a un «yo os digo». Más allá de lo normal, lo lógico o lo cómodo. Se adentra en el imposible de Dios. Amar al enemigo, rezar por los que persiguen, amar a los que no aman. Buscar la perfección del amor.
A Jesús no le parece suficiente cumplir la ley (Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo); él pide lo máximo: Amad a vuestros enemigos. Creemos, a veces, que el odio soluciona el problema de la violencia. Tan sólo es una autocondena. Lo que de verdad sana es el amor.
Amar sí, pero ¿a los enemigos? Es muy complicado. Esta es la novedad y al mismo tiempo la dificultad del Evangelio. Todo hombre y mujer de este mundo tiene la dignidad de poder ser perdonado, acogido, perdonado. Tenemos que abrir nuestra mirada y el corazón. Tenemos que amar y rezar por todos, también por los que nos son de los nuestros, por los que nos persiguen, por los que no nos aceptan.
En el corazón de nuestra fe yace un llamado a vivir de manera radicalmente diferente a lo que el mundo nos enseña. La enseñanza de amar a nuestros enemigos, nos invita a reflexionar sobre la esencia misma de lo que significa seguir el camino que nos ha mostrado el Maestro.
Dios es pura generosidad y pura gratuidad. Nos ha dado la vida a todos. Los que se la agradecemos y los que no. Pero su amor no depende de nuestra respuesta. No modula ni cambia su derroche de amor según le mostremos gratitud y obediencia. Nos ama porque si. Aprendamos nosotros a amar así. Con sus mismas características. Sin cálculos, sin reciprocidades. Sin esperar del otro nada. Nuestras grandes decepciones suelen venir de las expectativas que nos fabricamos. Amemos porque si.
Cuando oras mirando a tus enemigos como Dios los mira, se te cambian los valores. Lo que nos hace buenos a los que seres humanos, es el cariño que Dios siembra cada día en nuestro jardín y el agua que cada día pone en nuestro pozo. Apúntate a esta apuesta atrevida de Jesús, es una salida para las crisis, una forma nueva de afrontar los conflictos.
La santidad en el día a día es amor vivido en lo concreto. El camino más alto es amar más y mejor. ¿Te atreves a recorrerlo?

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