La gran noticia no puede quedar escondida: hay que salir a los caminos y senderos para comunicarla, para insistir que todos acudan a la boda del hijo del rey. No caben disculpas ni aplazamientos. No asistir no es buena opción; tampoco, asistir sin el traje adecuado. Urge asistir.
Salir a los caminos, invitar a los otros, la mesa está preparada, todos tienen sitio, no hay que comprar entrada, no hay sitios reservados, es una mesa con sitio para todos. Es un banquete, es una fiesta, es una boda, celebramos el amor. No hay excusas ni requisitos. La puerta abierta, la entrada libre, el anfitrión es Él, nosotros los que invitamos, también somos invitados. Estamos convidados a celebrar, que se note que estamos con Él.
Recibir una invitación a un plan maravilloso y rechazarla, solo puede suponer, que somos unos necios. O que desconfiamos de las intenciones de quien nos hace la propuesta. Eso nos pasa con Dios. No intuimos la grandeza de lo que nos propone, por nuestra miopía, por nuestra autosuficiencia, por vivir apegados a nuestras seguridades, a nuestros tesoros que nos pueden quitar. Dios nos quiere introducir en un banquete de bodas permanente. La celebración diaria de la alianza eterna que Dios ha querido vivir con la humanidad.
El banquete está preparado y muchos aún se excusan. Pero el Dueño llama a los pobres, cojos y ciegos: a los que esperan en silencio. La parábola de la gran cena se cumple en la Eucaristía de la comunidad cristiana. Jesús te invita a sentarte a su mesa junto a muchos hombres y mujeres de rostros y culturas diferentes.
"Ninguno de aquellos convidados probará mi banquete” Puede pasar que creamos que por ser hijos de Dios ya lo tenemos todo hecho, cuando nos pide que le acompañemos le rechazamos porque damos más importancia a las cosas del mundo y olvidamos que hay una misión que llevar a cabo.



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