ATARDECER

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Remar mar adentro

10/1/14

MANOS ANÓNIMAS, SONRISA DE DIOS

MANOS ANÓNIMAS, SONRISA DE DIOS
El caballero que me dio el dinero para comprar la silla de ruedas para Carlos Alberto, lo primero que me dijo fue: “Padre, disculpe que no le dé mi nombre. Quiero que esto quede entre usted y yo.”
Quise respetar su anonimato hasta donde fuese posible. No le pregunté por su nombre, pero dentro de mí pensaba: ¡Qué maravillosas son las manos anónimas, las manos que no llevan nombre ni apellido para la prensa! De todos modos, sonriendo me atreví a decirle: “Hermano, siento mucho defraudarte. Lo de tu nombre que quede ahí. Pero que esto que acabas de hacer, quede “entre nosotros dos” sí que lo veo bien difícil."
¿Por qué? Me pregunta preocupado. "¿No dijo el Señor que no sepa una mano lo que hace la otra?" "Tranquilo, hermano. Te digo que esto no puede quedar entre tú y yo, por una razón muy sencilla. Porque ése mismo que ha dicho que una mano no se entere de lo que hace la otra, se va a enterar, mejor dicho, ya se ha enterado… Y Carlos Alberto también se va a enterar cuando vea la silla."
Mi buen hombre se echó a reír y feliz se fue. La caridad que lleva demasiadas firmas y sellos tiene el peligro de ser más vanidad que caridad. La caridad que invita a la prensa pudiera ser la manera de pretender un poco de figuración, siempre se gana “alguito”. Pero cuando las manos que dan son manos anónimas, sin nombre ni apellidos, de ordinario suelen llevar la firma de Dios.
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Esto pude verlo en la sonrisa de Carlos Alberto cuando vio entrar a su casa de esteras una preciosa silla cromada, su emoción le impedía decir nada, pero su sonrisa colgada de su cara dijo lo suficiente. ¡Qué fácil es hacerle sonreír a Dios en la sonrisa de los hombres! ¡Qué fácil es hacer sonreír el corazón humano!
Unos dineros anónimos. Unas manos anónimas. Y una silla cromada que es todo un sueño que se hace realidad. Un corazón que no busca publicidad, que no busca votos, que no compra ascensos. Un corazón que simple y llanamente conecta y sintoniza con otro corazón. Y todos con la central de los corazones: el corazón de Dios. Aquel día fue un día feliz. Había visto sonreír a Dios en la sonrisa de Carlos Alberto.
 Clemente Sobrado C. P.

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