Un programa

 

'Bienaventurados'
  
(Mt 5,1-12a).  


Jesús anima a abrirnos a la misericordia infinita de Dios y a su reino de los cielos. Abramos el corazón con docilidad para dejar entrar a Cristo hasta lo más hondo del alma. Él nos propone un nuevo estilo de vida: el camino de las bienaventuranzas, donde la verdadera felicidad nace de imitar su vida. 

Las bienaventuranzas son el corazón del reino de Dios, son como 'su constitución', en ellas descubrimos a aquellos que en la sociedad cuentan poco pero para Dios lo son todo, bienaventurados.

Las Bienaventuranzas no son un programa abstracto lleno de buenos deseos. Es la concreción del reino de Dios en nuestra realidad. Sin salirse de la cotidianidad ni las relaciones. El reto de vivir dando vida y sembrando semillas de bien, bondad, belleza y felicidad.


'Bienaventurados'
Así llama y considera a Dios a los que nadie quiere. Está cercano y cuida. Está al lado y protege. Está con ellos y pueden verlo. Les da la tierra, son herederos. Su relación es de bondad, no de pruebas, ni de persecución, ni de dejar fuera.

Señor, ayúdame a vivir cada día con un corazón humilde misericordioso y comprometido con la paz.


Pedimos que la felicidad profunda que nos conecta a la Vida toda, esa que Jesús nos enseñó, esté en cada uno, que habite en nosotros para procurarla cada día, que podamos cultivarla aún en medio de aquellas situaciones difíciles, complicadas y dolorosas para mantener y compartir la esperanza.

Guardar la vida
No puedo guardar mi vida
en una caja de seguridad,
ni en la cuenta secreta
de un paraíso fiscal,
ni entre paredes vigiladas
por cámaras y espejos,
ni en el frágil papel
de las crónicas de moda,
ni en la aprobación social
que pronto se evapora.
Yo solamente puedo guardar mi vida
en el corazón de los pobres,
en los cuencos de los ojos
que tantean las aceras,
en la inhóspita exclusión
de emigrantes sin papeles,
en la soledad helada
de los que viven entre rejas,
en el tedio de los últimos
que nadie roba ni codicia.
Porque ahí, en pobres, ciegos,
solos, últimos,
al entregar mi vida
donde se pierde,
la estoy guardando en ti,
Dios pobre y cercano.


(Benjamín González Buelta)


 


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