Valorar a alguien o despreciarlo depende de las expectativas que depositamos en esa persona. A lo largo de la vida vamos conociendo personas que nos deslumbran, nos enseñan aspectos importantes de la vida, de Dios, de nosotros mismos. Pero fácilmente dejan de ser importantes cuando pasa el tiempo. Buscamos la permanente novedad y cuando hay "santo nuevo", al viejo no le pedimos milagros. Jesús también vivió esa experiencia de vivir el desprecio y el abandono. Jesús sufre la desconfianza de sus vecinos: su cercanía, el hecho de conocer a su familia, no les permite identificar al enviado de Dios. Jesús crea desconcierto entre sus familiares y conocidos. Creen conocerlo, aunque lo que saben de él es limitado. Cuestionan su sabiduría porque se resisten a aceptar su autoridad. Se escandalizan de él porque viven atrapados en sus prejuicios y miedos. Les falta fe. La gente de Nazaret no podía ver más allá del joven carpintero que conocían, limitando así su capacidad de fe. Hasta de sus discípulos más íntimos. Eso le unió más a su Abba, Padre
“No pudo hacer allí ningún milagro.” También nosotros corremos el riesgo de cerrar el corazón cuando Dios se presenta en lo común. El Señor sigue obrando en silencio y ofreciendo su gracia a quien confía. Cuando abrimos los ojos de la fe, lo cotidiano se convierte en lugar de encuentro con Dios y de misión compartida.
.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)
Comentarios
Publicar un comentario