Un leproso se acerca a Jesús, con fe y esperanza, pidiéndole ser sanado. Es una persona impura que tiene que permanecer alejada de todos. Rompe la distancia y busca ser limpiado. Sin exigencias ni imposiciones. Aquel enfermo de lepra sabe que no hay solución. Reconoce su mal y busca la mano y compasión de Jesús. Dirige a Jesús su súplica como quien quema su último cartucho: "Si quieres, puedes limpiarme". Lo pide y Jesús quiere dejarlo limpio. A lo que el Señor le responde: "Quiero, queda limpio". La respuesta de Jesús es inmediata, llena de compasión: extiende su mano, lo toca y lo sana. Este gesto nos enseña la importancia de acercarnos a los demás, especialmente aquellos que la sociedad ha marginado. La curación del leproso muestra que Jesús cura y además salva.
Dios quiere cuidarnos y limpiarnos. Sabe que nuestra humanidad es frágil y que no es autosuficiente. Necesitamos que nos ayuden a salir de nuestra invalidez. Como un bebé que depende del cuidado de otros, para sobrevivir, toda vida humana vive gracias a los vínculos que crean cuidado y acompañamiento. Jesús nos enseña que lo más divino es también lo más humano. Y ser compasivos y comprometerse con lo vulnerable del otro es lo que nos acerca con más nitidez al corazón de Dios.
La fe es ser capaz de dirigirnos a él y saber que él es quien nos salva no por nuestros méritos sino por su grandeza y amor, no es hacer ni pedir lo que queramos, es creer y crecer en la confianza de aquel que da lo que necesitamos y nos acompaña.
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