Hacer nuevas todas las cosas

 «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos». 

(Mt 4,12-17.22-25). 


La luz de Jesús vence las tinieblas de la soledad, la desesperación y el alejamiento de Dios. Una luz que alumbra y no deslumbra. Que propone y no impone. Una luz que es Palabra profética en un mundo de sombras y miedos. Una luz que es salud y alivio.

Señor Jesús, luz verdadera, 
ayúdanos a acoger tu Reino convirtiendo nuestro corazón 
y llevando tu esperanza a quienes más lo necesitan.

Cuando comienza Jesús su predicación a orillas de Genesaret, lo primero que reclama a todos es la conversión, un cambio radical de vida por el que vivamos más centrados en Dios que en nosotros mismos. Ese cambio está exigido y causado por la cercanía del reino de los cielos.
La conversión es una mirada del Señor que nos hace buenos. Es una invitación a volvernos a Él. Vivir como Jesús, pensar como Jesús, sentir como Jesús y sobre todo actuar como él. Es hacer de Dios el centro de la vida, y vivir en consecuencia. Pedimos y confiamos en la ayuda que Él mismo nos da. Basta ponernos en camino.

En ti, Jesús, pongo mis ojos. 
Como la tierra, endurecida por el hielo, 
espera humilde que venga a ella el sol, 
así espero cada día que venga tu Reino.


Conversión en griego es "metanoia", que literalmente significa: "ir más allá de la mente". Vivir más allá de lo que sabemos, de lo que pensamos, de lo que controlamos. Es la invitación a vivir más allá de lo razonable, de lo calculable, y decidirnos a vivir en la cercanía de Dios. Su Reino es su presencia en nuestras vidas. Cuando la alegría de Dios se hace presente en nuestras vidas nos descubre posibilidades inéditas en la vivencia del tiempo. Hace nuevas todas las cosas y dejamos de vivir en el temor y nos abre a la entrega de lo que somos.

Un reino donde todos tienen sitio. Un reino que comienza con Jesús, que se basa en el encuentro con Él, en la justicia, la paz, y la fraternidad entre todos los hombres y mujeres de este mundo. Para esto necesitamos comenzar desde una profunda conversión personal. Con Él en el centro, seremos hombres y mujeres nuevos, hombres y mujeres del reino de Dios. Esta es su enseñanza, que corroboraba con la acogida y curación de los enfermos que le acercaban.

En el centro de mi vida
Si acaparo el centro de mi vida
solo habrá música en clave de yo.
Mis anhelos y dudas, mis problemas,
mis tristezas y miedos, mi alegría.
Mis batallas de dentro,
mis heridas de fuera.
Hay un ego insaciable
reclamando atención.
¿Qué exigencia me mueve?
¿Qué necesito ahora?
¿Qué me duele? ¿Qué falta?
¿Qué me llena?
Siempre hay algo que añadir
a esa lista infinita de desvelos.
Un constante reclamo de mejoras.
Una sordera crónica ante lo ajeno.
Hasta a Ti te intento controlar
para apresarte en mis esquemas.
Si Tú estás en el centro de mi vida
todo encuentra su sitio.
El prójimo aparece en el paisaje.
El amor es historia y no trinchera.
Las tristezas y dichas se comparten.
La fe es la luz que rasga las tinieblas
y descubre horizontes diferentes.
El yo es solo un pronombre entre otros muchos.
La mirada se nutre en la belleza
que se oculta a los ojos de Narciso.
La amistad es regalo y no cadena.
Solo hay que descentrarse
y devolverte a Ti el centro de la vida.

(José María R. Olaizola, SJ)
 

 



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