«¿Tú quién eres?» Juan Bautista sabe quién es y cuál es su misión. Le preguntaban a Juan por su identidad; le preguntaban por qué bautizaba si él no era el Mesías. Pero él insistía en que él bautizada con agua que el que venía detrás de él no merecía ni desatarle las sandalias. Y todo eso ocurría en Betania, al otro lado del Jordán.
Como bautizado, como hijo de Dios, como sacerdote, profeta y rey, estoy llamado a gritar, aunque sea en el desierto. Soy y debo ser voz que grita, que anima, que prepara el camino para que Jesús pueda hacerse vida en los hermanos. Voz que hable de Dios. Tenemos que dar razón de nuestra identidad, de nuestro ser discípulos. Dar razón de nuestra vocación, de nuestra respuesta a su llamada. Se da con el compromiso, con la presencia en 'los desiertos' como hombres y mujeres de esperanza, como constructores del reino. No bastan las palabras, son los compromisos los que dan razón de nuestra identidad y pertenencia. El amor será señal, el servicio y el cuidado del hermano, signos de nuestra fe en Él.
Somos mensajeros de aquello que nos lleva y nos habita. Mensajeros de esperanza o de tristezas. De palabras de ánimo o de miedo. Contagiamos no lo que decimos, sino lo que profundamente oramos y vivimos. Por eso que al comienzo del nuevo año podamos regalar lo mejor de nosotros. Con alegría, con confianza, con sencillez. Que vivir no sea un esfuerzo agotador. Que amar no se convierta en obligación y deber. Que todo en general no lo vivamos como hostilidad y sufrimiento, sino que compartir sea nuestro forma habitual de ser. Que también nosotros seamos testigos del que viene a mostrarnos el rostro de Dios en el amor que nos tiene y que debemos llevarlo a los demás para que abriendo los ojos se llene el corazón de su presencia entre nosotros.
Ayúdanos, Señor, a ser humildes como tú esperas que lo seamos, ya que en esa sencillez residirá nuestra grandeza, Y a ser dignos de anunciar tu Evangelio como Juan, el Bautista.
Señor, ayúdanos a preparar tu camino con un corazón humilde y disponible para reconocer tu presencia cada día del nuevo año.
Que no calle, Señor, que no me quede mudo, que sea valiente para hablar de ti, para llevarte en mi corazón y en mis labios, para decir que tú eres el sentido y la razón de mi vivir.
“Cantad al Señor un cántico nuevo” (Sal 97) A esto me llamas. A cantar a lo largo de este año que acaba de comenzar un cántico nuevo, un canto de mayor generosidad, de mayor desprendimiento, de mayor disponibilidad, un cántico desinteresado, un cántico que aproveche la melodía de tu evangelio y la armonía de tu vida, entregada por amor para nuestra salvación.
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