Cuando ponemos a Jesús en el centro, nuestra vida deja huella y se convierte en testimonio. Mirarlo de verdad, como Juan, nos lleva a descubrir quién es y a anunciarlo con alegría y ardor. No miremos solo nuestro ombligo: compartamos la fe.
Juan sabe quién es él, y quien es Jesús. Lo define de cuatro formas. La primera, el Cordero que quita el pecado del mundo. La segunda, quien existía antes que yo. La tercera, el que bautiza con Espíritu Santo. Por último, da testimonio de que es el Hijo de Dios.
Juan Bautista da testimonio de Jesús. El testimonio parte de una experiencia de encuentro que le cambia la vida. Lo ha descubierto como Hijo de Dios, como el que todo el mundo espera, sabe por el Espíritu Santo que es quien va a bautizar con Espíritu. No basta el testimonio, necesitamos responder al mismo con el seguimiento, poniéndonos en sus manos y respondiendo 'aquí estoy'.
Que cada uno de nosotros pueda decir, como Juan: “He visto al Señor obrando en mi vida, y quiero anunciarlo.”
Pidamos al Espíritu Santo que nos convierta en testigos humildes, valientes y fieles, que sepamos señalar a Cristo en un mundo que necesita encontrarse con Él. Que como Juan tengamos el coraje de seguir anunciando con palabras y con nuestras vidas que Jesús es Dios y es la palabra de amor del Padre para el mundo.
El Evangelio de hoy pone en boca de Juan Bautista estas palabras que revivimos en cada eucaristía: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Señor Jesús, Cordero de Dios, gracias por venir a mi encuentro y cargar con mis debilidades para hacerme libre. Como Juan el Bautista, quiero aprender a señalarte con mi vida y mis palabras.
Juan Bautista lo señala e indica que es el esperado, es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La humanidad está harta de injusticias, mentiras, guerras y violencias... Pero el Cordero presentado por Juan el Bautista es quien acabará con los pecados de todos nosotros.
Ser testigo de Cristo es mostrar con nuestra vida la presencia transformadora de Dios. Él ha venido como siervo que se entrega en la humildad... y, mientras, nosotros pensando en poderes y grandezas.
te damos gracias por tu amor fiel y misericordioso,
porque en la Eucaristía nos alimenta con tu Palabra
Gracias por Jesucristo, el Cordero de Dios,
luz de las naciones y salvación del mundo,
que quita nuestro pecado
Te agradecemos por nuestra comunidad,
por la fe que nos sostienes cada día
y por la gracia de poder decir con confianza:
“Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.”
Ayúdanos a llevar a la vida lo que hemos celebrado,
a ser testigos de tu amor en nuestras familias,
en nuestro trabajo y en cada encuentro con los demás.
Todo te lo ofrecemos con corazón agradecido,
por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
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