Jesús todo lo que predica y enseña lo vive. Si nos anuncia que Dios nos cuida, Él presta su humanidad para cuidar a la suegra de Pedro. Se acerca, nos coge la mano, nos ayuda a levantarnos. Su amor no sé queda en palabras, se convierte en intervención, en acción, en decisión. Y cuando encontramos un amor así la única respuesta posible es la generosidad. La alegría de quedar sanado, se traduce en actitudes de cuidado, de cariño, de ayuda para los demás.
El Evangelio nos relata cómo, después de orar, Jesús continúa su misión, recorriendo los pueblos y predicando en sus sinagogas, llevando el mensaje de esperanza y sanación a todos los rincones. Este incansable deseo de servir es un recordatorio de nuestra misión. Jesús comienza su vida mesiánica lleno del Espíritu Santo, anunciando la salvación y curando a los oprimidos por el mal. Una misión que solo se puede sostener desde la oración. No se pierde en el activismo. La liberación que sus palabras y acciones provocan en las personas no tienen parangón. Todos quieren encontrarse con él. Le dicen: "Todo el mundo te busca".
No se deja seducir por las búsquedas de la gente. Es un hombre libre que invita al desapego para ser para todos. Cuantas veces lo buscamos porque hemos oído hablar de los milagros que parece que lo arregla todo, pero no tantas por la fe que nos recuerda que lo importante es sabernos acompañados en la dificultad y el dolor con un corazón abierto y necesitado de amor.
Quiero ir contigo, Jesús, en silencio escuchar tu voz.
Quiero ir contigo, Jesús, a anunciar a los que encuentre en el camino el Evangelio de la salvación.
Gracias, Señor, por llevarme de tu mano y permite que, al igual que la suegra de Pedro, me ponga a servir a los demás.
Dame la gracia de identificarme contigo para pensar como Tú, sentir como Tú, amar como Tú y vivir como Tú.

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